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FAMILIA SIN HISTORIA

La Iglesia, al predicar el evangelio, ha impelido siempre a todos sus hijos a la santidad con la gracia de Jesucristo, que el Espíritu Santo concede a todos los que creen en Él. En esto no ha hecho jamás distinción alguna entre hombres y mujeres, seglares y religiosos, jóvenes y viejos, blancos y negros, por lo que el pasado concilio no descubrió nada cuando habló de la vocación universal a la santidad. Todos, antes, habían hablado de ello, acaso hasta mejor.

Con todo, lo que me asombra es que, pese a haber descubierto el Mediterráneo, el concilio no tenga muchos santos que mostrarnos, pues incluso los beatificados o canonizados en serie son todos santos “preconciliares”; quizás para enmascarar este vacío sea por lo que se proclaman tantos santos, y será también por eso mismo por lo que se quiso canonizar a Balaguer a toda costa, quien parece de hecho (sólo hasta cierto punto) el primer fruto “santo” del concilio.

Por suerte, la Iglesia no esperó al último concilio para producir frutos de santidad, por lo que me gustaría proponer hoy a los padres y a las familias el ejemplo de una familia “preconciliar”. Mi exposición no será nada teológica, pero la historia que voy a narrar vale por todas las disquisiciones teológicas sobre el matrimonio y las incluye.

En esta familia el padre era militar y la madre... madre de familia. Tenían once hijos en 1939. A despecho de la guerra, las privaciones y otras grandes preocupaciones, los hijos llegaban a catorce en 1944. Dichos padres ganaron el premio que merecía su generosidad porque, de sus tres hijos, tres se hicieron monjas y uno sacerdote.

Menos mal que mi historia no transcurre después del pasado concilio, porque entonces nada tendría que contar, merced al descubrimiento de la “paternidad responsable” y la difusión en el mundo católico de los denominados métodos “naturales”, que pretenden enseñar a los padres a “amarse” sin amar a los hijos, sin ofender con esto a la ley divina -así se dice-, y en conformidad también con el derecho canónico renovado para el cual la alianza matrimonial es un consorcio «ordenado, por su misma índole natural, al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole» (Código de Dercho Canónico de 1983, c. 1055, §1). En cambio, los padres cuya historia estoy por contar creían en lo que enseñaba el derecho canónico no renovado: «La procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio; la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario» (C.D.C. de 1917, c. 1013, §1). Por eso, dichos padres se amaban mucho y se ayudaban, prodigando desvelos, con vistas a tener y educar a los hijos según la voluntad de Dios, a fin de llevarlos a todos al amor de Jesús y María, a la virtud y la santidad. Menos mal que no hicieron esos cálculos dictados por un egoísmo que no tiene ni pizca de católico, y que hoy vemos se hacen, por desgracia, en las familias, tocante al número de hijos y al modo de no tener demasiados: y digo menos mal dado que el hijo sacerdote y una de las monjas de que hablamos antes se contaban entre sus tres últimos hijos.

En la casa, nada de frigorífico, agua potable, agua caliente, calefacción, lavadora automática, lavaplatos, radio, coche... pero, en cambio, mucha alegría de estar juntos y compartir lo poco que había. Y la mayor alegría, aunque inconsciente, era sin duda la de tener siempre a los padres en casa. Así los hijos tenían lo único necesario para su felicidad, la cual no estriba en los juguetes, ni siquiera en el pan, sino en la certeza de ser amados personalmente.

No había miseria, ni tampoco pobreza, hablando con propiedad, sino ausencia de toda superfluidad, excepción hecha de aquella cosa superflua (aunque sólo en apariencia) que, no obstante, forma parte de lo necesario, la cual reinaba por doquiera: la sonrisa de la madre. A ésta no se le habría ocurrido jamás salir a trabajar para ganar dinero, o so color de desarrollar la propia personalidad; pero, en cualquier caso, tampoco los hijos se lo habrían permitido nunca, pues la necesitaban demasiado para amar y ser amados sin inquietud, al paso que ella precisaba harto de ellos para llegar a su verdadera nobleza y grandeza: la de la madre glorificada en sus hijos. Cuando la comida no era suficiente para todos, la mamá recorría la mesa para llenar los platos sin detenerse ante el suyo, que se quedaba vacío. Nadie decía nada, pero todos veían brillar el amor de la madre en este hecho concreto. No se guardaban miramientos con los caprichos de los hijos, por lo que si uno no quería comer algo, estaba seguro de que lo encontraría en su plato a la comida siguiente, hasta que desapareciera en el estómago. Así todo se volvía sabroso, al menos por la virtud, y ésta crecía.

El domingo iban a la iglesia todos juntos, y a pasear por la tarde, siempre todos juntos, o bien, si el tiempo no lo permitía, se representaban escenitas en casa, o se cantaba en coro, o se daba un concierto. Entraba entonces en función el único lujo de la familia: los instrumentos musicales. La madre se sentaba al piano, el padre cogía el violín, el hermano mayor tocaba la flauta, una hermana el violoncelo, etc., y los más pequeños... ¡a cantar, con más o menos armonía! No había necesidad de la televisión ni de la radio para divertirse, y, de todos modos, tales trastos no formaban parte del moblaje de aquella casa: la música más bella y educativa es la que hace uno mismo, no la que oye tocar a otros.

Había también un momento privilegiado para cantar a coro, y era cuando se fregaban los platos. Todos se ponían a ello, desde el padre a la benjamina, para escamondar, aclarar, secar y permitirle a la madre descansar un tanto y divertirse un momento con aquel espectáculo. Entonces la cocina no tenía nada que envidiar al teatro Scala de Milán, al menos en su opinión. En todo caso, lavar los platos no era ya un trabajo ingrato, y los corazones de los cantores eran más eficaces que los lavavajillas más modernos. Tales momentos de concordia dejaron en los corazones una impronta tal, que, aún hoy, cuando los hijos se reúnen, afloran a sus labios aquellos cantos ante el fregadero para celebrar la alegría de estar juntos.

Las vacaciones eran algo desconocido para los padres, que siempre estaban en casa. Mandaban a los hijos de vacaciones a casa de los padrinos o de las madrinas, o bien a un campamento; pero ellos se quedaban en casa para que los hijos, al volver, la encontraran siempre presta y acogedora. A veces visitaban a los amigos, pero siempre se llevaban a los hijos consigo. Y como los amigos de los padres tenían asimismo muchos hijos, se puede imaginar cómo transcurrían las jornadas que pasaban juntos. Los hijos de los amigos de los padres se hacían amigos de los hijos de éstos, por lo que nada tiene de extraño que se fraguara así algún matrimonio, de una manera natural y sin complicaciones.

Por Navidad, luego de la misa del gallo oída en familia, esperaba la sorpresa de los regalos que había traído el niño Jesús (no el horrible y pagano “Papá Noel”), que habían sido depositados ante el pesebre mientras todos estaban en la Iglesia celebrando su cumpleaños: pequeños recuerdos, hechos a mano con frecuencia; santicos; libritos; caramelos, u otras cosas... Nada valioso, a no ser lo más valioso de todo: la manifestación de la ternura de Jesús para con sus pequeños hermanos, junto con la ternura de los padres.

La gloria del muchacho estribaba en crecer lo bastante para heredar los pantalones del hermano mayor; la de la muchacha, en crecer lo bastante como para tener una cama para sí sola, y la de los padres, en que se les siguiera por la senda de la sencillez y la alegría en el cumplimiento de los deberes del propio estado. El sentido del deber, la generosidad y el olvido de sí, la atención a los otros, el desprecio de la mediocridad o del trabajo hecho a medias, en compañía del amor hacia las cosas bellas y grandes, ejecutadas sin rechistar, era lo que se transmitía así, sin palabras, pero con más profundidad.

En todo esto, nada de teología, nada de consideraciones moralistas, sino una vida de fe y un amor vivido en el don de sí sin muchos discursos. El padre no hablaba mucho, pero poseía una mirada que decía cosas que la lengua no sabía expresar. Se le respetaba y acaso se le temía, pero se le amaba con gran admiración porque sabía unir la autoridad a la ternura. Su pudor la ocultaba, mas cuando tocaba el violín, o cuando se leían los poemas que componía (¡un militar poeta!), algunos de los cuales ganaron premios (los más bellos, aunque no premiados, fueron los que escribió para su mujer), o cuando iba uno a pedirle consejo o ayuda para las tareas escolares, su corazón se volvía ternísimo. Inflexible si un hijo merecía que lo castigasen, lo era también cuando algún hijo sufría una injusticia. ¡Ay del maestro que la hubiese cometido! Aquel mismo día el coronel desembarcaba en la escuela para exigir una reparación, que obtenía indefectiblemente. Murió sin decir nada, solo y silencioso. Treinta años después, los hijos aún lo añoran y suspiran por recabar algún consejo suyo y la ayuda de su rectitud.

Las últimas palabras de la madre cuando, después de enviudar, hubo de guardar cama por vez primera y vio en torno a sí a todos sus hijos, que habían acudido para estar con ella, fue para darles las gracias: «Qué buenos habéis sido viniendo todos... ¡Todos aquí! ¡Qué amables sois!». Los había amado mucho a todos, aunque sin mimar a ninguno, y se asombraba de que la mimaran todos en sus últimos momentos. ¡Cómo si no se lo hubiera merecido luego de 48 años de entrega de sí en la maternidad! Murió feliz, premiada, antes que con el paraíso, con la alegría de ver el fruto de sus sacrificios en estos hijos tan buenos. A decir verdad, no he visto jamás una mujer más digna que aquélla, cuya gloria fue la maternidad y la total dedicación a su familia.
“Los tiempos han cambiado, ya no es posible vivir así hoy, las condiciones sociales y materiales no permiten ya tener tantos hijos”; “¿De qué sirve tener muchos hijos si no podemos criarlos bien?”; “Es mejor tener pocos hijos y educarlos bien”, etc. Son muchas las objeciones que oigo a esta propuesta de vida.

Ante todo, respondo que no son los tiempos los que han cambiado, sino los corazones. Los tiempos han venido cambiando desde el principio del mundo, pero fue menester llegara nuestro siglo de progreso y modernidad para ver a los corazones de los padres vaciarse de generosidad, la cual desaparece con el bienestar, mas crece con la pobreza. Es el egoísmo el que debe cambiar, o mejor dicho, el que debe ser desterrado de los corazones cristianos. ¿De qué sirve tener televisión, computadora, equipos de alta fidelidad, coches potentísimos, si no se goza de más compañía que de la del perro o del gato? Además, es una estulticia, del mismo nivel que la que consiste en decir que es mejor rezar poco pero bien, el afirmar que se educa mejor a los hijos cuando son pocos (!). Jesús, en cambio, nos dijo que rezáramos siempre. Dios necesita, o por mejor decir, quiere necesitar mucha materia para poder darle una forma adaptada a los efectos deseados. El cometido de la plegaria es suministrarle a Dios esta materia. El hará luego lo que sabe que es mejor. Además, cuando rezáis poco, ¿estáis seguros de que lo hacéis realmente bien? ¿Se puede rezar bien cuando se escatima con Dios la generosidad o el tiempo con la excusa de que hay demasiadas cosas que hacer? ¿Tenemos algo mejor que hacer sino rezar? Asimismo, ¿los esposos tienen algo mejor que hacer que respetar la libertad del acto creador de Dios? ¿Se puede hablar todavía de amor a Dios cuando se le impide crear nuevas almas?

Por último, puedo atestiguar que no hay educación mejor y más equilibrada que la que se brinda en una familia numerosa, porque no hay alegría cristiana más profunda que la que se imprime en los corazones de los hijos cuando están seguros de que se les ama personalmente: cuando ven que los padres no buscan su propio bien, sino únicamente el de los hijos: cuando sienten que no son sólo un medio para la satisfacción de los padres, un medio del que se usa mientras dé placer, y del que se desembaraza uno apenas amenace con causar fastidio. La familia numerosa es la mejor escuela para aprender a olvidarse de sí propio y a amar al prójimo, no embargante sus defectos.

No cabe duda de que no soy un santo, pero sé que si hay algo de virtud dentro de mí, alguna capacidad de amar al prójimo, se lo debo, después de a la gracia de Dios, a la generosidad de mis padres, a quienes no pude nunca darles las gracias como querría hacerlo hoy, cuando no están ya. En efecto, esta familia sin historia es la mía, y sólo quiero agregar lo siguiente:

¡Gracias, padre! ¡Gracias, madre! Dios os bendiga a ambos. ¡Hasta la vista... en Dios!


Un sacerdote

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