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¿MUSULMANES Y JUDÍOS CREEN EN EL “DIOS ÚNICO” DE LOS CRISTIANOS?-

Si lo dice hasta el Papa... Pero el sensus fidei no puede aceptarlo

La enésima declaración ecuménica

La enésima y vinculante declaración oficial sobre la fraternidad ecuménica que la Prima Sedes se obstina en promover, desde hace unos cuarenta años, entre las denominadas "tres grandes reli­giones monoteístas" (a las que pone en el mismo plano, como era de esperar), se verificó el 16 de marzo pasado. L'Osservatore Romano del día siguiente, 17 de marzo, consagró la pág. 5 a re­producirla en su tenor literal, y la dotó de una traducción italiana. El original figura en len­gua inglesa, puesto que se trataba del saludo que dirigió el Santo Padre a una de las muchas de­legaciones hebreas que hace ya años que acuden al Vaticano en visita oficial con cierta frecuen­cia. En el caso en cuestión, era una delegación del American Jewish Committee. El pasaje que más llamó nuestra atención es el siguiente, que tomamos de la versión italiana susodicha:

"Judaísmo, cristianismo e islam creen en el Dios único, creador del cielo y la tierra; de ahí que las tres religiones monoteístas estén llamadas a cooperar por el bien común de la humanidad, sirviendo la causa de la justicia y de la paz en el mundo".

¿Qué dice al respecto el sensus fidel del creyente de a pie?

¿Conque nosotros, los católicos, creemos en el "Dios único, creador del cielo y la tierra" en que creen moros y judíos? ¿Y ellos, por su parte, creen en el "Dios único" en que creemos noso­tros?

¿De veras tenemos la misma fe en el Dios único?

Este periódico ya refutó en el pasado tamañas afirmaciones, objetivamente lesivas del dogma de la fe, cuya base "doctrinal" la constituye la celebérrima declaración conciliar Nostra Aetate, del 28 de octubre de 1965, sobre la relación de la Iglesia con las religiones acristianas, uno de los textos más ambiguos del Vaticano II, hecho un zaque de errores (1). Querríamos proponer a nuestros lectores, en la misma línea de nuestras intervenciones pasadas, una serie de considera­ciones sencillas y lineales, comenzando por el judaísmo.

Los judíos no creen en el "dios único" en que creen los cristianos

¿Creen los judíos "en el Dios único" en que creemos nosotros? Si eso es verdad, ¿por qué nie­gan la Sma. Trinidad y consideran que dicho dogma no es otra cosa que una horrenda blasfemia? ¿Y por qué rechazaron y siguen rechazando a Ntro. Señor, la segunda persona de la Sma. Trinidad, cuya divinidad la repudian como si se tratara de otra horrenda blasfemia? En el Talmud, que co­difica todavía hoy las creencias del judaísmo posterior a Cristo, a Ntro. Señor se le moteja abiertamente de mago, blasfemo y pseudo profeta (*). Son los mismos cargos falsos que le imputa­ron los fariseos, y que nunca han rechazado los judíos. A los cristianos se les considera herejes del judaísmo, malditos y condenados (**). Y tampoco faltan graves ofensas a la Sma. Virgen. Los judíos creían, es verdad, en el "Dios único, creador del cielo y la tierra", pero antes de Cristo. Al repudiar a Éste la mayoría de ellos, seducida por sus jefes, se excluyeron del cum­plimiento final y fundamental de la revelación, que se cerró con la muerte del último Apóstol, según ha enseñado siempre la Iglesia.

Con ese terrible rechazo es como si hubieran apostatado de la ley y los profetas, o sea, de la religión de sus padres. La revelación nos demuestra que el Dios verdadero es uno y trino: "Fides catholica haec est, ut unum Deum in Trinitate et Trinita­tem in Unitate veneremur" ("La fe católica es ésta, que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad"; Denz. 39); "Confitemur et credimus sanctam et ineffabilem Trini­tatem, Patrem et Filium et Spiritum Sanctum, unum Deum naturaliter esse unius substantiae, unius naturae, unius quoque maiestatis atque virtutis. Et Patrem quidem non genitum, non creatum sed ingenitum profitemur: Filium quoque de substantia Patris sine initio ante saecula natum, nec tamen factum esse fatemur: quia nec Pater sine Filio, nec Filius aliquando exsistit sine Pa­tre [...] Spiritum quoque Sanctum, qui est tertia in Trinitate persona, unum atque aequalem cum Deo Patre et Filio credimus esse Deum, unius substantiae, unius quoque esse naturae; non tamen genitum vel creatum, sed ab utrisque procedentem, amborum esse Spiritum" ("Confesamos y creemos que la santa e inefable Trinidad, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, es naturalmente un so­lo Dios de una sola sustancia, de una naturaleza y también de una sola majestad y virtud. Y confesamos que el Padre no es engendrado ni creado, sino ingénito [...] Confesamos asimismo que el Hijo nació de la sustancia del Padre sin principio antes de los siglos, y que, sin embargo, no fue hecho; porque ni el Padre existió jamás sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre [...] Tam­bién creemos que el Espíritu Santo, que es la tercera persona en la Trinidad, es un solo Dios e igual con Dios Padre e Hijo; no, sin embargo, engendrado o creado, sino que procediendo de uno y otro, es el Espíritu de ambos"; Denz, 275-277: se trata del concilio toledano del 7 de noviem­bre del 675).

El día en que crucificaron a Ntro. Señor el velo se desgarró en los penetrales del templo "de arriba abajo en dos partes" (Mt 27, 51), y desde aquel momento el rito hebreo cesó de constituir el culto que se tributaba en honor del Dios verdadero, a cuyo Hijo, Dios verdadero de Dios ver­dadero, consustancial con el Padre, que se había encarnado para la salvación de los hombres (verdadero Dios y verdadero hombre, por tanto), precisamente las autoridades judías habían hecho que los romanos lo condenaran a muerte como a un malhechor, al cabo de un proceso ilegal del cual sólo una minoría se había disociado (Lc 23, 50). Un velo denso nubla hasta hoy la vista de los judíos, el cual se levantará sólo cuando le plazca a Ntro. Señor. "Pero sus entendimientos estaban embotados, y hasta hoy existe el mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento sin desvelarse, porque sólo en Cristo desaparece" (II Cor 3, 1.4-16). Y la conversión del pueblo hebreo a Cristo sucederá en los últimos tiempos, según la interpretación tradicional de Rom 11, 26 (***).

Así las cosas, ¿cómo se puede afirmar que los judíos "creen en el Dios único" en el que cree­mos los católicos y que ellos adoran al "Dios único" que adoramos nosotros? Esta afirmación se­ría verdadera si se hubiesen convertido al cristianismo, cosa que, todos los sabernos, no ha sucedido hasta ahora. Y no sólo no ha sucedido sino que, según la jerarquía actual, ni siquiera debe suceder, visto que, en la práctica, dicha jerarquía ha vedado el "proselitismo" a su respecto. Y así parece que se ha secado por completo aquel sutil reguerito de conversiones espontáneas al cristianismo que a lo largo de los siglos no había dejado nunca de manar del lado de los judíos (una de las últimas y más famosas, que se verificó hace unos sesenta años, fue la del rabino de la comunidad judía romana, Eugenio Zolli, profundo conocedor de los textos bíblicos). ¿De ese modo coopera la jerarquía católica actual a la conversión de Israel? ¿Prohibiendo el "proselitis­mo" en nombre del "diálogo" y dejando así que Israel continúe endureciéndose en su pernicioso error? "Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?" (Rom 10, 14). Y qué destino final es el que le espera a aquellos que no quieren predicar ya nos lo recuerda la propia revelación. "Si diciendo Yo al im­pío: Morirás sin remedio, tú no se lo intimas, ni le hablas, a fin de que se retraiga de su im­pío proceder y viva, aquel impío morirá en su pecado; pero Yo te pediré a ti cuenta de su san­gre" (Ez 3, 18).

Ni tampoco los moros

Lo mismo debe decirse de los seguidores de Mahoma, visto que la entidad que, al decir de ellos, gratificó a Mahoma con sus revelaciones no puede ser ni por pienso "el Dios único" en el que creen los cristianos, no puede ser en modo alguno el Dios verdadero: lo impide el principio mismo de no contradicción.

En efecto, Mahoma, que vivió unos seis siglos después de Cristo, Mahoma, decíamos, sostuvo que Dios se valió del arcángel Gabriel para efectuar una serie de revelaciones con base en las cua­les estamos obligados a profesar las siguientes "verdades reveladas":

1) Jesús, "hijo de María", a la que se llama erróneamente "hermana de Aarón" (se trata de la profetisa hermana de Moisés, que vivió unos trece siglos antes de la era cristiana), no es el Hijo de Dios, sino un mero hombre, que ha de considerarse un profeta del islam porque, al pare­cer, anunció la venida de Mahoma en lugar de la del Espíritu Santo. Tal anuncio, no se sabe por qué, lo ocultaron sus discípulos, al decir de la morisma. Se infiere de dicha ocultación que los evangelios son textos falsificados que los moros se deben guardar de leer. Y son falsos asimis­mo porque presentan a Jesús como Hijo de Dios. Cargos similares se imputan también a los judíos, cuyos libros los islamitas no deben leer. Ellos también, a lo que parece, silenciaron la predi­cación relativa a la venida de Mahoma y divinizaron, además, al sacerdote Esdrás: "Los judíos dicen: “Uzayr es el hijo de Dios”. Y los cristianos dicen: “El Ungido es el hijo de Dios”. Eso es lo que dicen de palabra. Remedan lo que ya antes habían dicho los infieles. ¡Que Dios los maldiga! ¡Cómo pueden ser tan desviados!" (Cor 9, 30) (2).

2) Así que Jesús, "hijo de María", es un hombre dotado por Dios de poderes excepcionales, pero no es en absoluto el Hijo de Dios, no tiene naturaleza divina. Creerlo constituye una grave blasfemia que merece la muerte. No murió en la cruz; había otro en su puesto o una semejanza su­ya (es la herejía docetista, asumida por los agarenos). Fue asunto al cielo y volverá el día del Juicio para testimoniar contra los cristianos inmediatamente antes de morir (pues éstos lo repu­tan por Hijo de Dios, por lo que irán a la perdición eterna: las penas infernales son eternas sólo para los no musulmanes; también en el Talmud son eternas para los no judíos).

3) El dogma de la Sma. Trinidad es una horrenda blasfemia, igual que para los hebreos. Se nos enseña que la Sma. Trinidad se compone de "Dios, Jesús y María". ¡Claro que sí! ¿Qué María? La madre de Jesús, a quien, sin embargo, se la llama al mismo tiempo "la hermana de Aarón": "¡Gen­te de la Escritura! [...] ¡No digáis “Tres”! ¡Basta ya! Será mejor para vosotros. Dios es sólo un Dios Uno. ¡Gloria a Él! ¡Tener un hijo... !” (Corán 4, 171). "Y cuando dijo Dios: “¡Jesús, hijo de María! ¿Eres tú quien ha dicho a los hombres: “¡Tomadnos a mí y a mi madre como a dioses, además de tomar a Dios!”? Dijo: “Gloria a Ti! ¿Cómo voy a decir algo que no tengo por verdad?” (...)" (Corán 5, 116).

También fue el arcángel Gabriel quien, en opinión de la morisma, dictó a Mahoma su famosa azora antitrinitaria, que parece concebida justamente en antítesis con el dogma que nos manifiesta la auténtica naturaleza del Dios verdadero, Uno y Trino:

1 “Di: “Él es Dios, Uno,

2 Dios, el Eterno.

3 No ha engendrado, ni ha sido engendrado.

4 No tiene par”".

A esta azora, la número 112, se la denomina "La fe pura". Nos hace ver cuál es el culto que, con toda sinceridad, debe rendir la morisma a quien se le presenta como el Dios único y verdade­ro. Nos evidencia con claridad meridiana que lo que los moros entienden por este concepto es ab­solutamente incompatible con lo que entendemos nosotros, los cristianos. ¿Cómo se puede decir, entonces, que creen, igual que nosotros, en el "Dios único"? ¿Qué tenemos, pues, en común con su fe en el "Dios único"?

Esta azora se inicia con la expresión "Di", que se halla asimismo en otras azoras: se trata del mandamiento que, según se dice, le dio el arcángel Gabriel a Mahoma de referir lo que iba a conocer gracias al mismo Gabriel.

Esto nos enseña que, al decir de los agarenos, el arcángel Gabriel comunicó una "revelación" que dice todo lo contrario de cuanto hay en el evangelio. En efecto, la entidad que daba a conocer dicha "revelación" parece que nos hizo saber que "Jesús, hijo de María", no era el Me­sías, no era el Hijo de Dios, no murió en la cruz, no resucitó: que en su lugar murió otro que el hombre Jesús, precursor de Mahoma y de su monoteísmo antitrinitario, fue asumido a los cielos para volver en el último día a testimoniar contra los cristianos, culpables de creer en su natu­raleza divina; que la Sma. Trinidad se compone, para los cristianos, de Dios, Jesús y María, "hermana de Aarón" y "madre de Jesús": una construcción triteísta, pagana y blasfema, que, a los ojos de la morisma, pone a los cristianos en el mismo plano que a los politeístas.

Conque el arcángel Gabriel de los moros propala toda clase de herejías sobre las verdades del cristianismo: es arriano, docetista, antitrinitario y parece confundir mucho las cosas tocante a la historia sagrada. Más aún: acusa a los autores de ambos testamentos de ser unos impostores. ¿Puede tratarse entonces del mismo mensajero celestial que anunció a la Sma. Virgen la divina concepción del tan esperado Mesías, del Hijo de Dios? ¿Puede ser esta sombra el mismo arcángel, que se contradice tan burdamente al negar la naturaleza divina de aquel Salvador que él en per­sona le había anunciado a Ntra. Señota unos seis siglos antes? No puede. Y no lo puede porque un mensajero celestial es imposible que se contradiga. Y es imposible que se contradiga porque no puede contradecirse el que lo envió si éste fue el Dios verdadero. Y si se contradice, ense­ñando toda clase de doctrinas falsas y propalando mentiras sobre Cristo y su Iglesia, entonces es que no viene del Dios verdadero. Y si no viene del Dios verdadero, aunque pretenda hacerse pasar por un enviado de Éste, entonces es que no es un ángel, sino un enviado del "padre de la mentira".

¿Quién ayudará a los musulmanes a liberarse de sus tremendos errores y salvarse de la ira del Dios verdadero en el día del juicio si "no quiere ya predicar" quien ha recibido de Ntro. Señor la misión sobrenatural de convertir a los incrédulos? Y no sólo no quiere ya predicar, sino que induce sin más a error al descreído enemigo de Cristo y de su Iglesia al dejarle creer que su religión es verdadera, que rinde culto efectivamente al "Dios único, creador del cielo y de la tierra"? ¿Y quién ayudará a los católicos a mantener su fe, tan gravemente comprometida por pastores que han oscurecido en la práctica todas las verdades fundamentales por el mero he­cho de repetir obsesivamente que los católicos creen en el mismo Dios en el que creen las demás religiones? ¿Cómo pasmarse de que las profesiones de una "fe" semejante, que ofenden sobremanera al Dios verdadero, les preparen de hecho a muchos católicos el camino que lleva a la apostasía en vez de traer a Cristo a los demás, de que los induzcan a creer en las divinidades que adoran estos?

El sofisma de los novadores

Sabemos cómo responderían los novadores, dominantes hoy en la jerarquía, a estas sencillas y elementales observaciones nuestras, que se fundan en el sensus fidei y en el sentido común de los católicos: el monoteísmo, la fe en un Dios único, creador del mundo, es objetivamente el elemento común a las tres religiones, monoteístas a carta cabal; tan sólo cambia el modo de adorar al Dios único. Unidad, pues, en la fe en Dios, salva la pluralidad en el modo de adorar­lo, modo que a cada uno debe dejársele en libertad de mantener; una unidad en la pluralidad que ha de conservarse y mantenerse en aras de la causa de la paz (y de la democracia) en el mundo, así como del progreso de la humanidad en la tolerancia recíproca y en el "diálogo".

El sofisma nos parece manifiesto: el modo de adorar al Dios único es distinto en las tres re­ligiones, y distinta es también la concepción de la vida ética que se deriva de él, precisamente porque es diferente por completo, en cada una de ellas, la fe en el Dios único. Y la fe es dis­tinta porque distinta es la idea de la unidad de Dios que constituye el objeto de esta fe. Dis­tinta e inconciliable, en efecto, porque ningún compromiso cabe entre el monoteísmo rígidamente antitrinitario de moros y judíos y el monoteísmo trinitario de los cristianos. Y tampoco es co­rrecto, en nuestra modesta opinión, poner de hecho en el mismo plano (como hace la Iglesia "con­ciliar") el monoteísmo de los judíos (del Talmud) y el de los agarenos: el primero constituye el error de quien continúa entendiendo al revés el significado de una revelación que se dio, en efecto, y que comportó la elección de Israel como pueblo inicialmente elegido; el segundo, en cambio, no es más que el producto de elucubraciones humanas, ya fuesen inspiradas o no por "vi­siones" de procedencia incierta y tenebrosa; de ahí que se revele como absolutamente descarria­dora la cantinela, que se repite sin cesar, según la cual es justamente la fe en el "Dios único" la que constituye el elemento que tenemos en común con las otras dos religiones monoteístas. Lo que nos separa de ellas en realidad y ante todo es, precisamente, la fe en el Dios único, dado que las contraposiciones en el modo de concebir la naturaleza intrínseca del Dios único son ra­dicales e inconciliables, cosa esta de una claridad meridiana para quien haya mantenido dicha fe según la enseñanza tradicional de la Iglesia: lo que es absolutamente verdadero para los cris­tianos es completamente falso para moros y judíos, y viceversa. No se trata, por tanto, de modos diversos de adorar al Dios único, visto que ellos y nosotros concebimos de manera opuesta a ese "Dios único" al que se adora, por lo que no constituye el mismo Dios ni para ellos ni para noso­tros. La diversidad en el modo de adorar al Dios único no es un producto de la historia, sino de la fe deriva del modo en que se entiende la naturaleza intrínseca del Dios único, del modo en que se interpreta la revelación, es decir, dicha diversidad guarda una relación profunda con la fe, con lo que constituye el dogma en las respectivas religiones.

Falta toda perspectiva sobrenatural en el documento del vaticano

Es significativo el hecho de que mientras moros y judíos no han cambiado de hecho el modo de adorar a su Dios, la jerarquía católica, en cambio, ha modificado el nuestro profundamente con las innovaciones doctrinales y litúrgicas que conocemos bien, las cuales fueron promovidas por el Vaticano II y a las que se había concebido precisamente en función del "diálogo" con los cristianos disidentes (herejes y cismáticos) y las demás religiones; esto es: se las había concebido -por llamar a las cosas por su nombre- ni más ni menos que a tenor de un deísmo que constituye de suyo una grave desviación doctrinal y pastoral, porque deística es la idea de que en las tres religiones monoteístas se da una fe común en el Dios único, salvas las diferencias en aquello que antaño se llamaba el elemento positivo de las propias religiones, que lo integra cuanto hay de positum en ellas, es decir, lo consolidado en sus instituciones (ritos, ceremonias, creen­cias, costumbres...), todo lo cual se pretendía que había nacido exclusivamente de la historia y que estaba destinado, por ende, a desaparecer o a modificarse frente a la afirma­ción de la pura idea racional de Dios, que era, según parece, el contenido auténtico de la fe en cuestión, aunque a menudo se careciera de conciencia de ello. En esta óptica deísta, las tres religiones se reducían al cabo a una sola, una nueva superreligión caracterizada por una fe en una divinidad única y aligerada, por decirlo así, de todo elemento doctrinal y litúrgico específico, particular: la religión, a lo que parece, de un Dios depurado, por obra de la razón, no sólo de todo elemento factual, históricamente concreto, sino, además, de todo elemento auténticamente sobrenatural, de toda revelación autén­tica; o sea: la religión de un Dios reducido, en nombre de la tolerancia y del diálogo, a una mera idea puesta por la razón del hombre como garantía del "bien común de la humanidad", es de­cir, de la realización "de la justicia y de la paz en el mundo", como reza el documento vaticano susocitado.

Un "Dios único" concebido de tal suerte, al que se asimila en los hechos a una idea de la ra­zón, no es ya el Dios vivo. Su idea se pervierte: es herencia de un postulado kantiano de la ra­zón práctica, que el hombre siente la necesidad de afirmar para justificar el hecho de conferir­le a su vida fines exclusivamente terrenales, constituidos por el "bien común" en el sentido "de la paz y la justicia en el mundo"; una fórmula que, todos lo sabemos, expresa de manera concisa el mito político de la democracia universal, que ha de procurarse en la nivelación y en la masi­ficación de todos los pueblos bajo un gobierno único mundial, político y "religioso". Este "Dios único" así concebido (y éste es hoy el modo en el que se tiende a concebirlo cada vez más en el ámbito católico), este "Dios único", decíamos, cuadra, pues, perfectamente con la idea de los deístas, ya sean masones o racionalistas.

Pero esta idea de Dios no es la del Dios verdadero, y eso creemos que contribuye a explicar por qué la presencia de lo sobrenatural casi ha desaparecido de la pastoral actual de la jerarquía católica, o, para ser más precisos, lo que casi ha desaparecido es la presencia del fin sobrena­tural, que es precisamente el de la Iglesia, para el cual la fundó Ntro. Señor. Y este fin, que muchos parecen haber olvidado, lo constituye la conversión de las almas a Cristo con la predicación y el ejemplo para hacerles obtener la vida eterna. Lo demás no cuenta, y aunque contara se­ria secundario de todos modos. ¿Qué me aprovecharía la "paz en el mundo" si luego, al final de mis días, me hallo condenado por toda la eternidad por haber vivido mal, como pecador que no se enmendó ni arrepintió? ¿Para qué existe la Iglesia? ¿Para procurarme la paz en el mundo y la justicia social, bienes de naturaleza siempre política, frágiles y caducos cuales no hay otros porque se reducen siempre a ser la paz del mundo y la justicia del mundo, cuya consecución no figura en modo alguno entre los objetivos institucionales de la Iglesia? ¿O bien existe la Igle­sia para procurar la salvación eterna de mi alma con la obra asidua y constante de su predicación, de su ejemplo, de aquel cuidado pastoral y doctrinal, orientado rigurosamente al plano re­ligioso y moral, que me exhorta y conforta de continuo, pero que también me advierte, conjurán­dome a que no me abandone jamás a mis instintos y a mis limitadas luces, casi siempre víctimas de falsas apariencias, sino a que observe hasta el fin, solicitando cada día la ayuda de la gracia, los mandamientos de Ntro. Señor?

Además, ¿de qué "paz" se habla en el documento vaticanista? ¿Del bien de la paz que garantiza la prosperidad de una sociedad realmente cristiana, fundada en la religión, en la familia, en el sentido del deber y de la patria, en el espíritu de disciplina y laboriosidad? ¿O bien de la "paz" de una sociedad cada vez más anticristiana, en la cual prosperan protervamente todos los vicios, dominada cada vez más por toda clase de irracionalismos, irreligiosidades, ateísmos, hedonismos, la paz de Sodoma y Gomorra impenitentes, que la ira divina anonadó con toda justicia? ¿No debería aclarar el Papa qué se debe entender de hecho por la "causa de la paz", que es un modo de hablar profano, particularmente caro a la mitología laicista y progresista ("la causa de la paz y del progreso de la humanidad")? Pero, sobre todo, ¿no debería volver a proponer a la santa Iglesia su auténtico cometido, en el ejercicio de su auténtica finalidad, que es la sobre­natural de ganar para Cristo a los pueblos y los individuos (Mt 28, 19), sin preocuparse del odio del mundo, sino abandonándose por entero a la Providencia?

Canonicus

Notas:

(1) V. si si no no (edición italiana): 15 de octubre de 1990, pp. 1 ss.: Non abbiamo lo stesso Dio degli Ebrei (No tenemos el mismo Dios que los judíos); 15 de junio de 1991, pp. 1 ss.: Perché non abbiamo lo stesso Dio degli Ebrei (Por qué no tenemos el mismo Dios que los ju­díos); julio de 1999, pp. 1 ss.: Il tradimento ecumenico/L'Islam e il Cristianesimo (La trai­ción ecuménica: el islam y el cristianismo); 15 de septiembre del 2002, pp. 2 ss.: Sinossi de­gli errori imputati al Vaticano II/ L'erronea e fuorviante rappresentazione delle religioni non cristiane (Sinopsis de los errores imputados al Vaticano II/ La errónea y descarriadora repre­sentación de las religiones acristianas).

(2) El Corán, versión española de Julio Cortés, Editorial Herder: Barcelona, 1999, pág. 245 (edición bilingüe). La expresión "¡Que Dios los maldiga!" reza, traducida literalmente: "¡Que Dios combata contra ellos!"; constituye, como se ve, una fórmula de maldición. A propósito de la tan presunta cuanto inexistente divinización de Esdrás, recuerda Bonelli (traductor italiano del Alcorán) que no hay rastro de ella en la literatura hebrea post-bíblica (igual que no lo hay en la Sagrada Biblia, como es natural): "Tal vez se trate de un motivo polémico que Mahoma podría haber recibido de los samaritanos, junto con otros préstamos que, al decir de algunos, influye­ron mucho en la formación del sistema religioso de Mahoma" (Il Corano, versión italiana de Bonelli, reimpresión en Hoepli: Milán, 1983, p. 167). Todos los pasajes coránicos citados en el tex­to provienen de la versión de Julio Cortés.

Notas del traductor:

(*) He aquí un texto talmúdico sobre el Señor: "La víspera de la Pascua colgaron a Jesús y el heraldo estuvo ante él durante cuarenta días, diciendo: va a ser lapidado, porque practicó la brujería y la seducción y conducía a Israel por el mal camino. Todo el que pueda decir algo en su defensa, que venga y lo defienda. Pero no hubo nada que pudiera esgrimirse en defensa suya, y lo colgaron la víspera de Pascua" (Sanhedrín 43 a, baraita; se trata de un tratado de la Gema­rá, no del texto homónimo de la Misná): texto citado por Moisés Orfali, catedrático de Historia del Pueblo de Israel en la universidad de Bar-flan, Ramat-Gan (Israel), en su obra "Talmud y Cristianismo", Riopiedras Ediciones: Barcelona, 1998, pp. 53-54).

(**) Dice Moisés Orfali: "Alrededor del año 90, el Sínodo Judío de Yavne sancionó la ruptura al prohibir a los judíos de la diáspora griega que leyeran la Biblia en la versión de los Setenta o Septuaginta que los cristianos utilizaban para sus fines catecumenales, litúrgicos y misioneros. Es muy probable (...) que también date de ese período la excomunión que dictó el judaísmo contra los judeo-cristianos que insistían en seguir concurriendo a la sinagoga. (...) el Sanhedrín de Yavne reglamentaba las relaciones de los judíos con los minim [herejes] y los nazarenos: “Que no haya esperanza para los apóstatas, y arranca de golpe el reino de la insolencia, ya en nues­tros días. Que perezcan en un instante los nazarenos y los minim, que sean borrados del libro de la vida y que no sean contados entre los justos. Bendito seas, Señor, que humillas al insolen­te”. La referencia a los nazarenos se halla solamente en la recensión manuscrita de los fragmen­tos de la Guenizá de El Cairo" (Orfali, op. cit., pp. 36 y 46). El texto de Yavne se denomina "birkat ha minim", es decir, "la bendición de los herejes" (!), aunque, como se ve, constituye una maldición pronunciada contra los herejes en general y contra una clase particular de éstos: los cristianos; se echa de ver enseguida el gran cariño, todo ecumenista, que nos profesan "nuestros hermanos mayores en la fe" ...

(***) Sobre el efecto absoluto o universal de la conversión de los judíos al fin de los tiempos, nos parece interesante reproducir unos pasajes del "Diccionario Enciclopédico de Teología" de Bergier:

"VII. De la conversión futura de los judíos. La última cuestión es sobre si está anunciado por los autores sagrados que todos los judíos deben convertirse al fin del mundo: esta es una opi­nión bastante común entre los comentadores modernos, que no disgustó a los judíos. Este dictá­men, dicen, de los doctores cristianos, viene sin duda de que conocieron que las antiguas pro­fecías que anuncian que todos los judíos se reunirán al Mesías, cuando se verifique su venida, no se cumplieron cuando vino Jesucristo: así, pues, es un subterfugio que encontraron para atacar las esperanzas de los judíos, y para evadir las consecuencias que se siguen evidentemente de estas mismas profecías: Amica collat., pág. 133.

Es verdad que San Pablo en la Epist. a los Rom., cap. 11, v. 25 y siguientes, manifiesta que espera la conversión de los judíos, fundándose en una predicción de Isaías que dice que vendrá un redentor para Sión y los de Jacob, quienes vuelven de sus prevaricaciones, cap. 59, v. 20. Estas últimas palabras ponen una especie de restricción a la promesa de Dios, que impide poder extenderla a todos los judíos.

San Pablo no da tampoco más extensión a su profecía. 1º Dice que si los judíos no perseveran en la incredulidad, volverán a su antiguo tronco, y que Dios es bastante poderoso para ingerir­los de nuevo: luego cuando añade que entonces se salvará todo Israel, es lo mismo que si dijera, con tal que no persevere en la incredulidad. 2º Advierte a los gentiles que no se envanezcan por su vocación, sino que mas bien teman: que si Dios reprobó una parte de los judíos, a pesar de sus promesas, puede también permitir que los gentiles vuelvan a caer en su incredulidad, a pesar de su vocación: luego la conversión futura de los judíos es condicional como la perseverancia de los gentiles. 3º San Pablo funda su esperanza en que Dios nunca se arrepiente de sus dones ni de su vocación; pero cuando los hombres hacen inútiles sus dones con su resistencia e infideli­dad, no se infiere que Dios se hubiese arrepentido. Parece, pues, que San Pablo no habla de una conversión general de los judíos al fin del mundo, sino de una conversión sucesiva y muy lenta como lo acredita el suceso. El Apóstol escribía a los romanos hacia el año 58 de nuestra era, doce años antes de la ruina de Jerusalén, y en aquella época se convirtió efectivamente un núme­ro muy considerable de judíos.

En vano se quieren entender de una conversión general de los judíos al fin del mundo, otras profecías de Miqueas, de Oseas y de Malaquias, que dicen lo mismo que la de Isaías: estas pre­dicciones, que sin duda deben entenderse de la vuelta de los judíos de su cautiverio de Babilo­nia, no pueden aplicarse a un suceso mas remoto, sino en un sentido figurado y alegórico, y en este caso no hacen una prueba fuerte. Este mismo método autoriza la terquedad de los judíos y les hace esperar con un Mesías futuro, un cumplimiento mas perfecto de las promesas de Dios, que el que se verificó en la venida de Jesucristo.

Los que añaden las predicciones de una segunda venida del profeta Elías, se olvidan que el mismo Jesucristo previno ya este argumento. Cuando los discípulos le representaron que el profe­ta Elías debía volver a este mundo, le respondió que esta predicción debía entenderse de San Juan Bautista. San Mat., cap. 11, v. 14: cap. 17, v. 10. Evang. de San Lucas, cap. 1, v. 17. Lo que se saca del Apocalipsis para ilustrar los acaecimientos que deben preceder al fin del mundo, lejos de disipar la oscuridad solo sirve para aumentarla.

Tal fue, dicen, el sentir de los padres e intérpretes de la Sagrada Escritura: en el cristia­nismo hay sobre esta materia una especie de tradición, de la cual no es lícito separarse. Pre­facio sobre Malag. en la Biblia de Aviñon, tom. 11, pág. 766 y siguientes: tom. 16, pág. 748 y siguientes. Por desgracia no citan más que tres santos Padres y otros tres o cuatro comentado­res modernos: ¿bastará esto para fundar una tradición? Demasiado sabemos lo que se abusó en nuestro siglo de esta pretendida tradición.

Aun cuando la profecía de la futura conversión de los judíos fuese más clara y más expresa, ninguna ventaja sería para los rabinos. Las profecías que prometían a los judíos su vuelta de Babilonia, eran generales, absolutas, sin excepción ni limitación alguna: sin embargo, muchos no volvieron porque no quisieron. ¿Una promesa de la redención general de los judíos por el Me­sías probaría más que la promesa de la vuelta de los judíos en general después del cautiverio? Toda promesa de Dios supone que el hombre no pondrá voluntariamente obstáculo a su entero cum­plimiento: esto es lo que hicieron los judíos a su vuelta del cautiverio de Babilonia, y a la venida del Mesías: seria un absurdo el suponer que en la venida de su pretendido Mesías futuro, ningún judío será libre para permanecer en el judaísmo, y que los que están establecidos en América abandonarán sus posesiones y su estado para ir a reunirse con el Mesías en la tierra prometida (...)" (Bergier, Diccionario Enciclopédico de Teología, Imprenta de don Tomás Jordán: Madrid, 1832 tomo V, pp. 508-511, voz "judíos").

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