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En Saviano igual que en Asís. Ecumenismo y diálogo interreligioso.

In Dialogo, boletín mensual de la diócesis de Nola (Nápoles), enero-febrero del 2002: En Saviano igual que en Asís. Ecumenismo y diálogo interreligioso. «Diversas iglesias cristianas» [sic] y «varias religiones» [sic] se congregaron el 24 de enero del 2002, en el Auditorio municipal, para reflexionar sobre el ídolo del día: la paz.

“Reflexionaron” al respecto un exponente de la Asociación de la Amistad Hebreocristiana; un “pastor” de la Iglesia Adventista del Séptimo Día; el obispo de Nola, su Excelencia Monseñor Beniamino Depalma (en tercer lugar, por “humildad ecuménica”); un “pastor” metodista valdense; el presidente de la comunidad evangélica luterana; un representante de la “iglesia ortodoxa”, otro de la comunidad hebrea y otro más de la comunidad Baha'i. Una auténtica arca de Noé, o torre de Babel, según se prefiera, en la cual faltó, por desgracia, a causa de un contratiempo, la participación del representante islámico, quien, con todo, no dejó de hacer llegar igualmente su “reflexión”.

En la reunión, o mejor dicho, en el hacinamiento, «no pudo por menos de advertirse la gran cantidad de puntos de unión que había, incluso en la diversidad» [¡menudo descubrimiento!, hace años que el ecumenismo nos lo viene repitiendo]; una diversidad entendida, naturalmente, no ya como contraste o divergencia, sino como inocua variación de una religión única, ó por mejor decir, de la religiosidad natural única. En efecto, entre dichos “puntos” de unión figura en primer lugar «la confirmación de que Dios es uno y el mismo para todos, sea cual fue­re el nombre que se le dé». Pero, preguntamos, ¿no se reveló a los hombres ese Dios único? ¿Y no reveló que, aunque es uno en naturaleza, es también trino en personas? Y a este Dios único, que quiere se le adore «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 22 55.), ¿puede serle indiferente que se le llame “Alá” o “Trinidad”? Y entonces, ¿con qué conciencia un obispo de dicha Iglesia única, que tiene orden de enseñar a todas las gentes la revelación divina, bautizándolas «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), con qué concien­cia puede aprobar, en compañía de todo linaje de descreídos, tamaña declaración de indiferentismo religioso y publicarla, por añadidura, en el boletín mensual de su diócesis?

Pero hay más; acto seguido, el obispo de Nola pidió a ese Dios, tratado tan indignamente, “un gran milagro”: «Que esta tarde, hoy 24 de enero [hora y fecha: no era broma], el Espíritu del Señor Jesús haga un gran milagro: que se pueda realizar el deseo del mesías resucitado: la paz sea con vosotros; como yo fui enviado, así os envío». Con esta última cita estamos en pleno evangelio, con la salvedad de que Jesús “mandó” a sus fieles Apóstoles, no a los hebreos incrédulos, los moros, los luteranos, los adventistas, etc., etc., y los mandó “como” El había sido mandado, es decir, para dar testimonio de la verdad, no del indiferentismo religioso. Pe­ro Monseñor Depalma no se detuvo aquí: en su arranque profético añadió al evangelio lo siguiente: «gritad a todos los hombres que los tiempos están ya cumplidos [¿?]; que Dios, el Eterno, hace siempre y en todas partes cosas nuevas». Así es: para el obispo de Nola, Dios no «hace nuevas todas las cosas» (Apoc 21, 5), restaurándolas según su designio, sino que “hace siempre y en to­das partes cosas nuevas”, como tomado de la manía de novedades, a la traza de los neomodernistas. Conque ¿por qué diablos no había de hacer también “siempre y en todas partes” “nuevas revela­ciones” y “nuevas iglesias”? Lógico, ¿no? Con “lógica”modernista, como es natural.

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