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NOTAS DE UN CATÓLICO PERPLEJO (III)

El bautismo

Después del concilio, el bautismo parece tan sólo un rito que nos une a Dios, o, mejor dicho, que nos hace miembros de la comunidad. Esto explica el “rito de bienvenida” impuesto en algunas zonas como paso inicial, a título de primera ceremonia. No se trata de una iniciati­va privada, porque, a juzgar por las publicaciones del Centro Nacional de Liturgia Pastoral francés, esta ceremonia forma parte del «bautismo por etapas». Después de la “bienvenida” vie­ne la “progresión”, la “búsqueda”. El auténtico sacramento se administrará (o no) cuando el niño sea capaz de elegir libremente, y esto puede suceder a cualquier edad, incluso a los die­ciocho años o más tarde.

Un profesor de teología dogmática, muy estimado en esta “nueva iglesia” (en la cual no me reconozco), estableció una distinción entre aquellos cristianos cuya fe y cultura religiosa pueden verificarse y los otros, más de los tres cuartos del total, a los que se les supone la fe cuando piden se bautice a sus hijos. Al decir de él, a estos cristianos «de la religiosi­dad popular» debería identificárseles durante los encuentros preparatorios para disuadirles de continuar el camino bautismal, a fin de que se contenten con sola la ceremonia de “bienve­nida”. Añade que «este método es más apropiado a la situación cultural de nuestra civiliza­ción».

Se pueden leer patochadas tocante al sacramento del bautismo en cualquier revista católica de las que se venden hasta en las iglesias, como Famille Chrétienne. Se pudo leer hace algunos años, en una revista católica francesa, que «el bautismo no es un rito mágico que nos salvará milagrosamente del pecado original. Creemos que la salvación es total, libre y para todos: Dios en su amor, ha elegido a todos los hombres, en cualquier condición, o, por mejor decir, sin condiciones. Para nosotros, el bautizarnos es decidir cambiar nuestra vida, es un compromiso personal que nadie puede asumir por nosotros. Constituye una decisión plenamente consciente, que supone una instrucción preliminar», etc.

Asistí en octubre del 2002, por pura casualidad, a parte de una ceremonia semejante, que se celebraba en Dublín, en la parroquia de San Salvador, regida por los padres dominicos. No creo que se tratara de un bautismo auténtico porque no logré comprender el significado de aquel extraño rito, desconocido para mí; mas, sea de ello lo que fuere, el caso es que el ce­lebrante nunca habló del pecado original, sino que centró su intervención en el ingreso de un nuevo miembro en la comunidad. Hace poco, durante un bautismo en la iglesia en que se ubica en la sede de mi orden tercera, el celebrante se deshizo en declaraciones de “bienvenida” para con la bautizanda, pero sin pronunciar jamás las palabras “pecado original”, salvo una sola vez, y porque una plegaria litúrgica lo obligaba a ello. Además, el término “diablo” se trans­formó en “mal” a la hora de formular los votos bautismales (¡?). Al parecer, el diablo ha desapa­recido oficialmente en esta Iglesia (¡felizmente para ellos!). Sucedió también que, en Francia, precisamente en el Departamento de Somme, un sacerdote pidió la partida de bautismo, como de ordinario, de dos hermanos que se preparaban para la primera comunión. Encontró que uno de los dos no estaba bautizado de hecho, sino que tan sólo había recibido la “bienvenida”, sin que sus padres cayeran en la cuenta de ello, pues creían que ambos había sido bautizados regularmente. Éste es el resultado de ciertas prácticas: dan una vaga impresión de bautismo, mientras que, por el contrario, son burlas que algunos identifican de buena fe con el sacramento autén­tico. Y Roma calla. ¿Por qué?

El matrimonio

En algunos países se da asimismo algo parecido tocante al sacramento del matrimonio. Exis­te en Francia la ceremonia de “bienvenida” para las parejas. En el Departamento de Saone-et-Loi­re se dijo, para justificar dicha “liturgia de la bienvenida” que los sacerdotes querían dar a las jóvenes parejas el deseo de volver más tarde para casarse plenamente (sic!). ¡Tras dos años y unos doscientos pseudomatrimonios, ninguna pareja ha vuelto para regularizar su situa­ción!

Una estadística oficial de la Iglesia ha revelado que, en Paris, el 23% de las parroquias ha celebrado ya matrimonios no sacramentales, incluso para parejas de descreídos. En Italia y otros países se discute si se ha de permitir o no a los divorciados el acceso a la eucaristía (cosa que pasa de hecho, porque ¿quién vigila?, ¿quién aplica sanciones?). ¿Dónde está la serie­dad en todo esto? ¿Dónde, la autoridad de la Iglesia?

La extremaunción

¿Sigue existiendo el sacramento de la extremaunción, rebautizado como sacramento de los enfermos? ¿Continúa teniendo el mismo significado que tenía antes del concilio? De hecho, no parece ya el sacramento de los enfermos, sino el de los viejos: algunos sacerdotes lo adminis­tran a pensionistas que no presentan síntoma alguno de hallarse en peligro de muerte. He aquí el texto de la invitación que cursó una iglesia parisina a todos los fieles para que asistieran a la siguiente extremaunción colectiva: «Para aquellos que aún son activos, el sacramento de los enfermos se administrará, en presencia de toda la comunidad, durante la celebración euca­rística. Fecha: domingo, en la misa de las 11h00».

En Italia se llama muchas veces al cura cuando el enfermo ya ha muerto, por desgracia; en Francia, por el contrario, mucho antes. Si el asunto no fuera tan serio, sería para echarse a reír. Habría que ver qué pasaría en el sur de Italia si a un sacerdote se le ocurriese hacer lo mismo que a sus colegas parisinos. ¡En el mejor de los casos, escaparía a duras penas de un linchamiento en masa por aojador confeso!

La confesión

Por lo que hace al sacramento de la confesión, que ahora llaman de la reconciliación, no quiero hablar de hechos de los cuales fui “víctima”, por desgracia. Me limitaré a presentar al­gunos ejemplos. El periódico católico británico The Universe (que se puede adquirir también en Irlanda) apoyó hace años un movimiento impulsado por dos obispos para traer de vuelta a la Iglesia a quienes hacía mucho se habían desentendido de las prácticas religiosas. Visto así, todo parece lícito y digno de estima, pero... el llamamiento de los obispos se parecía a los mensajes que difunden los padres de adolescentes desaparecidos (“Fulanito, vuelve a casa, por favor; nadie te regañará”): «Tus obispos te invitan, durante esta cuaresma, a regocijarte y a alabar. La Iglesia brinda a todos sus hijos el perdón de sus pecados, a imitación de Cristo, libremente y sin restricciones, sin merecerlo y sin que lo pidan. Los invita a aceptar y les ruega que vuelvan a casa. Hay muchos que desean volver a la Iglesia después de años de separa­ción, mas son incapaces de confesarse. Podrán hacerlo más tarde, sin prisa alguna». Y también: «Se invita a aceptar el perdón de sus pecados a todos los asistentes a la misa que celebrará el obispo en vuestro decenazgo». ¿Y el arrepentimiento? ¿Y la penitencia?

También en Francia, el Periódico de la Gruta, la revista bimensual de Lourdes, publicó una curiosa carta pastoral titulada: «Absolución general: comunión ahora, confesión después», con la siguiente excusatio: «Nuestros lectores se habrán dado cuenta del profundo espíritu evangé­lico que la inspira, así como de la comprensión pastoral que manifiesta por la situación actual de la gente». Algo parecido está ocurriendo en Irlanda. Esta llamada hecha a los “hijos pródi­gos” nació en el ambiente protestante local, fuertemente calvinista, la iglesia católica local adoptó dicha práctica, aunque, por desdicha, mantuvo ciertos aspectos nada católicos al dejar a los fieles en la mayor libertad y concentrarse en el hecho de que Dios es tan misericordioso, que basta aceptar su amor, y sanseacabó. Se acuerda de San Agustín sólo para citar la célebre frase: «ama y haz lo que quieras», y olvida todo el resto, así como su celo por la verdad con­tra las herejías. La idea de una vaga adhesión a la persona de Cristo, sin tener en cuenta su doctrina, es una idea protestante, que jamás ha tenido nada que ver con el catolicismo... (hasta ahora, por desgracia).

El Orden

Me abstengo de todo comentario sobre el sacramento del orden: salta a la vista la profun­da crisis que se creó sobre todo después del concilio, el cual, no obstante, se las había pro­metido muy felices y había albergado esperanza sobre Dios sabe qué triunfos. El ministerio sa­cerdotal ha perdido todo significado en el actual marasmo teológico. El cura no es ya quien debe «ofrecer a Dios el sacrificio incruento y administrar los sacramentos de la Iglesia» (Catecismo Tridentino), ni tampoco le cuadra cuanto afirma, de manera detallada y más complicada, el Nuevo Catecismo, sino que se ha convertido en el presidente de la asamblea eucarística, una especie de asistente social y demás. ¿Cómo no comprender a esos pobres presbíteros que se sien­ten desplazados? Hoy hay laicos que ambicionan las prerrogativas de los curas, y curas que se contentarían con las de los seglares. Muchos jóvenes sacerdotes querrían ser misioneros en los países tercermundistas, no para evangelizar, sino para llegar a ser auténticos asistentes so­ciales, o hasta paladines políticos de sus asistidos: al obrar así se sentirían realmente úti­les, cosa que no pasa ni ocurre a pequeña escala, en nuestros opulentos países. Eso sucede porque hace tiempo que perdieron el sentido trascendente de su ministerio. No es culpa suya: la culpa la tienen los malos maestros que encontraron en los seminarios y en las aulas teológi­cas.

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