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NOTAS DE UN CATÓLICO PERPLEJO

Extravagancias en los catecismos

Hablaré ahora de algunas extravagancias con que se topa uno en la catequesis y en los catecismos.

Hace tiempo, un cura se desplazaba de un lugar a otro predicando una nueva cristiandad, en la cual «se combatirá esa preciosa trascendencia que hace de Dios un monarca (...). De haber nacido en una familia cristiana, el catecismo que hubieseis estudiado no habría sido más que un mero esqueleto de la fe (...). Nuestra cristiandad parecería neocapitalista en la mejor de las hipótesis». El cardenal Suenens exigió a voz en grito, después de haber reformado la Iglesia a su sabor, «la apertura al más vasto pluralismo teológico». En 1973, en la archidiócesis de Paris, el Padre Feillet impartió un curso de doctrina para adultos, en el cual afirmo repe­tidamente que «Cristo no venció a la muerte. Murió a manos de ella. Cristo fue vencido en el plano de la vida, como lo seremos todos nosotros también. El caso es que la fe carece de justificación; debe ser un grito de protesta contra el universo feneciente, como hemos dicho, un grito que brote de la percepción del absurdo, de la conciencia de la condenación y de la rea­lidad de la nada».

E1 francés Pierres Vivantes (Piedras Vivientes) procura por todos los medios no explicar nada clara y distintamente, salvo el hecho de que no quiere tener nada que ver con la Tradición. Usa el método comparatista de la disciplina denominada “Historia de las de las Religiones”: cuando menciona los dogmas, los trata como creencias particulares de una sección de la humanidad, a la que el propio libro se digna llamar “cristianos” (¡favor que nos hace!), con lo que los pone al mismo nivel que a los judíos, los protestantes, los budistas y hasta los agnósticos y ateos.

a. Se ruega a los catequistas en muchos cursos que hagan elegir a los muchachos una religión cualquiera, no importa cual. Será bueno para ellos que escuchen incluso a los “incrédulos”, pues tendrán mucho que aprender de estos. Lo importante es la pertenencia a un grupo, la ayuda recíproca entre compañeros de clase, la habituación a las dificultades futuras. Pierres Vivan­tes pone como ejemplo edificante a la comunista Madeleine Delbrel; otro “santo” es Martin Luther King, junto con Marx y Proudhon, considerados “grandes defensores” de la clase obrera. Pierres Vivantes no es un libro de educación cívica, de historia u otras materias profanas, sino que se las echa de catecismo católico. He aquí como trata el pecado original: «E1 pecado original es una enfermedad congénita (...) una enfermedad que proviene de los orígenes de la humanidad». No me alargo sobre otras bobadas.

b. A mi hija Clara, que frecuenta la Dominican Secondary School de Wicklow, es decir, una escuela “católica” (?), la obligan a estudiar la historia de las religiones con criterios “comparatistas”. Fue la única que eligió a Jesucristo como objeto de estudio. No les cuento todo lo que me veo obligado a rectificar en la enseñanza que recibe. Es una auténtica vergüenza.

c. E1 texto para catequistas Behold the Man (“Detrás del hombre” - con imprimatur, como es obvio) reza así: «Jesús no pretendió legar a la posteridad un sistema moral, político, sexual o de cualquier otro tipo. Insistió en el amor recíproco». Después de haber explicado, enmendándole la plana al Génesis, que el vestido apareció mas tarde, «como signo de rango social o de dignidad (...) una propues­ta de simulación», declara que «ser puros significa estar en orden, ser fieles a la naturale­za (...). Ser puros significa estar en armonía, en paz con los hombres y con la tierra; signi­fica estar de acuerdo con las fuerzas de la naturaleza sin resistencia ni violencia (...) ¿Es compatible con la pureza de los cristianos una pureza del tipo dicho? No solo lo es, sino que resulta necesaria para una verdadera pureza humana y cristiana. Jesucristo jamás negó o rechazó ninguno de los descubrimientos y adquisiciones que son fruto de las grandes investigaciones de la humanidad. Todo lo contrario; vino a conferirles una extensión extraordinaria: No he venido a destruir, sino a completar».E1 texto aduce como pretexto, en sostén de su tesis, la figura de la Magdalena: «En tal contexto, la pura es la Magdalena por amar tan profundamente»; tesis que, en cierto sentido, podría reputarse por correcta. ¡Lástima, con todo, que se silencie el perdón de los pecados y la exhortación de Jesús a no pecar más! Los autores se preguntan: «¿Se pueden mantener relaciones sexuales con una muchacha?». Respuesta: «Plantear el problema en estos términos es indigno de un hombre verdadero, de un hombre que ama, de un cristiano. ¿No significa la imposición de una camisa de fuerza, de un yugo intolerable?». Los catequistas no enseñaban eso en mis tiempos, ¡todo lo contrario! Siempre lo he dicho: ¡nacer en Italia fue mi ruina! Es broma, naturalmente.

d. Las cosas van peor aun en Canadá, tanto en el ámbito político, por los ataques sistemáticos anticlericales y radicales contra los valores éticos de la familia, eclesial: se trata de hechos denunciados hasta por periódicos católicos irlandeses. Algunos catecismos canadienses no tratan más que de las relaciones sexuales, y con letras muy gordas: “Sexualidad vivida en la fe”; “Promoción sexual”, etc. Uno de ellos (siempre con el impri­matur) insta a los jóvenes a que «rompan con todo, para que redescubran su personalidad, a la que todos estos lazos traen sofocada, y se liberen de las coerciones impuestas por la sociedad o la familia». Los redactores de estas inmundicias se justifican citando el evangelio, y sos­tienen que también Cristo consumó tamañas rupturas al revelarse como Hijo de Dios; por eso es deseo suyo que le imitemos.

e. Si mis hijos se viesen obligados a manejar tamaña inmundicia de texto, y si yo tuviera acceso a alguno de sus autores, inclusive el obispo que le dio el imprimatur y que tan indignamente apacienta su rebaño, me olvidaría de ese precepto de la caridad que obliga a soportar a los hermanos molestos y los trataría como el seráfico Padre trató a fray Juan de Florencia. Pero ¿cuando tendremos un Papa que barra fuera de la Iglesia esta escoria?

f. Las obras de misericordia espiritual son seis en el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia (n° 2447). Pero ¿no eran siete: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y difuntos? (compendio del catecismo de San Pío X). ¡Que cu­rioso! En el Nuevo Catecismo falta precisamente “corregir al que yerra”; y “rogar a Dios por los vivos y difuntos” (que ya no esta de moda) se sustituye por “confortar”. ¡Y todavía hay quien osa sostener que nada ha cambiado, que seguimos transitando por la senda de la Tradición!

Teorías teológicas

¡Cuántas teorías “teológicas”, y de qué jaez, se han desarrollado en el seno de la Igle­sia después del concilio! Un sacerdote de mi parroquia, precisamente el viejo cura de la igle­sia de Kilcoole, exhibió sus dudas sobre el dogma de la Asunción en la homilía de la misa de dicho nombre. Como hacen todos los “modernistas”, no negó directamente el hecho, pero puso de manifiesto que las Escrituras no hablan de el (olvidándose de que existe una santa tradición), y dijo que era probable que Pío XII hubiese sido mal aconsejado. Es habitual en estos cobardes tirar la piedra y esconder la mano para no incurrir en sanciones eventuales, bien que impro­bables. El decano de la Facultad de Teología de Estrasburgo, ya citado en otra ocasión, quien parangonó la presencia de Nuestro Señor en la misa a la de Wagner en el festival de Bayreuth, se enoja cuando oye definir la eucaristía como “un signo eficaz”. Afirma «que es ridículo (...) no podemos seguir diciendo ciertas cosas; carece de sentido en nuestros días».

A propósito de la eucaristía, asistí hace pocos años a una retransmisión de la televisión pública irlandesa dedicada a la “querelle” (disputa) que se suscitó porque el presidente irlandés había participado en una función anglicana y comulgado en ella pese a ser católico. No les cuento lo que tuve que presenciar: teólogos y seglares, comprometidos en la iglesia local, negaron la presencia real de Cristo; una misionera católica (por desgracia) declaró, echando mano de una antiguo caballo de batalla protestante, que admitir la presencia real de Cristo en la eucaristía sería como decir que cada vez que comulgamos hacemos acto de caniba­lismo (!).

Tanto abundaron las memeces heréticas que hasta la Conferencia Episcopal hubo de correr a poner remedio, acaso bajo presión de Roma, y dar a la luz una circular titulada One Bread One Body (Un solo pan, un solo cuerpo). No se que efecto tuvo este documento, ya que a menudo los acatólicos, sobre todo los acatólicos de parejas mixtas, siguen comulgando en iglesias católicas. Pero ¿quien controla?, ¿quien sanciona? Por otra parte, el texto del documento nada tiene de satisfactorio: «‘Distribución sacramental - Casos excepcionales [¡que son la regla, en reali­dad!] - Otros cristianos en la eucaristía católica’: 1. A los cristianos ortodoxos se les puede admitir a la sagrada comunión, a título de excepción, si la piden espontáneamente y tienen las debidas disposiciones; es de rechazar toda sugestión de proselitismo. 2. A los cristianos de otras denominaciones que se vean impotentes para contactar con un ministro de su comunidad y lo deseen por propia iniciativa, puede admitírseles a la sagrada comunión en una iglesia católica, en circunstancias excepcionales, de una necesidad grave y apremiante, después de cons­tatar que comparten nuestra fe en la naturaleza del sacramento y tras recibir el consentimiento del obispo local, o de su delegado. E1 caso de necesidad podría extenderse a las veces a un tiempo de alegría o de dolor en la vida de un individuo o de una familia».

La Iglesia ha considerado siempre las cátedras teológicas y la ley canónica como órganos de su magisterio, o al menos de su predicación. Al presente, es casi seguro que ninguna universidad católica, o poco menos, enseña ya la fe ortodoxa de la Iglesia. Smulders, de la Facultad Teológica de Amsterdam, sospecha que San Pablo y San Juan inventaron el concepto de Jesús hijo de Dios, con lo que rechaza el dogma de la Encarnación. Schillebeeckx expuso las mas afrentosas ideas en la universidad de Nimega: se invento la “trans-significación”, con la consiguiente supeditación del dogma a las condiciones de cada periodo histórico; también impartía una explicación social y temporal de la doctrina de la salvación. Kung, en Tubinga, antes de que le prohi­biesen la enseñanza de la teología católica, impugnó el misterio-trinitario, la Virgen María, los sacramentos, y describió a Jesús como un narrador de historias, carente de estudios teológicos (¡pobre Iglesia!). Snackenburg, de la universidad de Wurtzung, acusa a San Mateo de haber alterado la confesión “Tu eres el Cristo” para dar patente de autenticidad al primado petrino. Rahner, ya difunto, minimizaba la Tradición en sus clases en la universidad de Mónaco de Bavie­ra; negaba la Encarnación, al menos virtualmente; hablaba del Señor como de un hombre concebido de manera natural; negaba el pecado original, la Inmaculada Concepción, y recomendaba el plura­lismo teológico. Kung, Schillebeeckx y Rahner fueron los peritos mas consultados y seguidos por los obispos “del Rin”, todos del partido “modernista”, vencedor en el pasado concilio.Los últimos Papas han recordado a veces los límites de las competencias teológicas, pero es­tos  teólogos no han sufrido jamás sanción alguna, aun siendo gravísimo lo que enseñaban y siguen enseñando. A monseñor Lefebvre lo excomulgaron ­por sostener la Tradición y consagrar cuatro obispos para mantener viva su obra al servicio de las almas necesitadas, aunque se declaró siempre y hasta el final fiel a la Iglesia y al Papa; mientras que los susodichos teólogos y muchos otros, que no enseñan ya la doctrina católica, sino todo lo contrario, siguen sien­do miembros de pleno derecho de la Iglesia. ¡Qué cosas tan extraordinarias puede hacer el “plu­ralismo” en sentido único! A Monseñor Capucci, el obispo melquita a quien el ejercito israelí cogió con las manos en la masa cuando transportaba armas para los palestinos en su auto, lo as­cendieron y trasladaron a Roma como castigo; a Monseñor Gaillot (espero recordar el nombre con exactitud), obispo francés, defensor declarado de la sodomía, que enseñaba doctrinas abier­tamente contrarias al magisterio, lo removieron de su sede, pero en realidad, es libre de andar por el mundo predicando sus inmoralidades y “herejías”. Monseñor Milingo, que se casó en una secta sincretista del Extremo Oriente, puede desempeñar su ministerio después de haber hecho acto de arrepentimiento (¡y menos mal!). E1 obispo Lefebvre, en cambio, fue excomulgado. Es probable que se considerara su desobediencia mucho más grave, porque no quiso someterse a las “novedades”, contrarias a la Tradición, del concilio Vaticano II, el único dogma verdadero e intocable de la “iglesia” actual: No obstante, al concilio Vaticano II se le consideró un concilio pastoral y no dogmático precisamente en razón tanto de la intención de los padres conciliares como de los dos pontífices que lo iniciaron y concluyeron declarándolo magisterio “auténtico”. También Ratzinger lo afirmó, hablando a la Conferencia Episcopal Chilena: “La verdad es que el mismo concilio no definió dogma alguno y quiso conscientemente expresarse a un nivel más modesto, como mero concilio pastoral”. ¡No obstante eso, se ha convertido en el intocable “becerro de oro” y en el único autentico dogma de la catolicidad moderna!

El Santo Oficio

Antaño existía el Santo Oficio, pero con la renovación que trajo el concilio era impensa­ble un tribunal que vigilara y tutelara la fe: eso habría bloqueado el pluralismo. La transformación del dicasterio romano fue fundamental. La Congregación para la Doctrina de la Fe no es ya un organismo que vigile y sancione, sino que se ha convertido en un coordinador de la investigación teológica . De hecho, se autodefinió Oficina para la investigación teológica. En realidad, las posiciones asumidas por la congregación susomentada carecen de un impac­to inmediato, porque las decisiones que toma eventualmente no las impone ya, sino que las deja al albedrío de los pastores y teólogos. Comprendí así por qué algunos clérigos me respondían: “esas son las opiniones de Ratzinger o del Papa, pero no del obispo tal o del teólogo cual”.

La Conferencia Episcopal Francesa, con Lustiger en primera fila, criticó con dureza al Papa cuando promulgó el Nuevo Catecismo, porque lo consideraba una injerencia indebida y un retorno al pasado. La susodicha Conferencia Episcopal no es nueva en duras críticas a la Santa Sede y en presiones contra ésta. A comienzos de 2001, cuando de una posible reconciliación de la Hermandad San Pío X con Roma, el episcopado francés, guiado por los cardenales Lustiger, Billié y Eyt, se desencadenó contra el Vaticano; se difundió la noticia de que 65 obispos franceses estaban prontos a desobedecer si la Santa Sede recono­cía a la dicha Hermandad. El cardenal Eyt, obispo de Bordeaux -que murió poco después-, escribió también un famoso comunicado. E1 cardenal Martini, jesuita, un año antes de jubilarse, criticó al Pontífice, reo de mantener un fuerte centralismo romano, y propugnó una reforma del Papado. Es casi cómico constatar que fue precisamente el Papa Juan Pablo II quien lo nombró arzobispo de Milán (a propósito: ¿no tenían los jesuitas el 4º voto de ‘obediencia al Sumo Pontífice’?).

Se llegó al punto de una crisis grave cuando el pontífice actual obligó a los obispos tedescos, con una severidad que no se había mostrado nunca antes con una Conferencia episcopal, a retirar su sostén a los consultores católicos que asistían indirectamente incluso a las mujeres que querían abortar [sì sì no no, 15 de mayo de 2001, pp. 1-3, edic. ital.]. No puedo pasar por alto la recogida de firmas en las parroquias austríacas contra la doctrina del Papa Wojtyla, considerada demasiado tradicionalista y anticuada.

El ecumenismo

Experimento un sentimiento de rechazo al oír pronunciar las voces “teólogos”, “teología” y “ecumenismo”. No consigo asimilar la concepción actual de ecumenismo por más esfuerzos que haga. Dijo Juan XXIII al emprender esta peligrosísima aventura, acaso movido por su bondad natural (os ruego me permitáis añadir que la bondad y la capacidad no siempre corren parejas): “Busquemos lo que nos une, no lo que nos separa”. A1 susodicho programa se le puede responder que no es mío, sino que lo tomo en préstamo: ¿Cómo reaccionaría un pa­ciente si el médico le hiciera el siguiente diagnostico: “Mire, usted tiene un grave tumor en preocupe: el 90% restante de su cuerpo esta sano”? Las diferencias que nos separan de los “hermanos separados” son tan grandes y tan variadas, que es imposible aun­que no pasa nada: También son gravísimas las diferencias con los “ortodoxos”, aunque meno­res en número que las que median con los protestantes.

Hay muchos puntos que estimo contradictorios y nada claros en la encíclica Ut unum sint, pero, por motivos de espacio, me detendré solo sobre algunos de ellos:

a. «Los teólogos católicos deben proceder, en el dialogo ecuménico, con amor a la verdad, con caridad y con humildad, sin dejar de permanecer fieles a la doctrina de la Iglesia al investigar con los hermanos separados [cita del decreto conciliar sobre el ecumenismo] (...)».

Caridad para con el interlocutor, humildad para con la verdad que se exigir revisiones de afirmaciones y de actitudes.Por lo que toca al estudio de las divergencias, el concilio exige que toda la doctrina se exponga con claridad. Pide al mismo tiempo que el modo y el método de enunciar la fe católica «no constituyan un obstáculo para el dialogo con los hermanos» (Ut unum sint, n° 36).

Me permito observar humildemente que en este pasaje se echan de ver tres discrepancias: 1) los teólogos católicos deben investigar con los hermanos separados, aunque sin dejar de ser fieles a la doctrina de la Iglesia, etc.; 2) en la humilde búsqueda de la verdad, los teólogos podrían descubrir que deben revisar ciertas afirmaciones y actitudes; 3) la manera y el método de enunciar la fe católica no debe constituir un obstáculo para el dialogo.

¿Qué significa todo eso? ¿Significa que la verdad que se descubre podría exigir revisiones de afirmaciones y actitudes? ¿Qué podría descubrirse que parte de la teología católica es errónea? ¿Que debemos asimismo andar con ojo y silenciar algún punto de nuestra doctrina para no obstaculizar el dialogo con los hermanos separados?

b. Paso al segundo punto:

«[...] es por el deseo de obedecer realmente a la voluntad de Cristo por lo que me reconozco llamado, en tanto que obispo de Roma, a ejercer tal ministerio [...]. Que el Espíritu San­to nos de su luz e ilumine a todos los pastores y teólogos de nuestras iglesias, a fin de que podamos buscar, juntos evidentemente, la manera en que este ministerio pueda realizar un servi­cio de amor reconocido por unos y otros» (Ut unum sint, n° 95).

¿Adonde quiere ir a parar este discurso? ¿Acaso se tiene en mente reformar asimismo el minis­terio petrino, para dar gusto a los acatólicos? ¿La unidad a toda costa? Este también me parece un discurso ambiguo: salta a los ojos que se revalida nuestra doctrina, pero luego se premia con un azucarillo a los acatólicos. Como de costumbre, se le da la razón a Dios y al diablo. ¿Cual es la verdad? ¿Cristo quiso el ministerio petrino o no? En caso afirmativo, esto debería poner punto final a la discusión, mal que les pese a los hermanos separados. ¿Que hay que dis­cutir, investigar o reformar?

c. Tercer punto: el Papa afirma, igual que el pasado concilio, y en contra por completo de la doctrina precedente, que las comunidades o iglesias de los hermanos separados están unidas a la Iglesia Católica, si bien de manera imperfecta, por lo que también ellas son Iglesia (nº 42). En otro pasaje llama iglesias hermanas a las ortodoxas (nº 55). Pero si están unidas a la Iglesia Católica, bien que imperfectamente, ¿cómo pueden ser hermanas suyas? Los hermanos no son una sola cosa por muy semejantes que sean, sino individuos distintos. No sé si el Papa opina, por un lado, que la Iglesia Católica y las ortodoxas son hermanas, y, por el otro, que, sin perjuicio de ello, forman parte todas ellas de una iglesia universal, superior a la propia Iglesia Ca­tólica (teología que ya había desarrollado la High Church de la iglesia anglicana, la cual se autoincluye en el grupo y denomina “iglesia romana” a nuestra Iglesia Católica para diferenciar­la de la verdadera Iglesia Católica, que agrupa a las tres confesiones), o si, por el contrario, opina otra cosa.

Continuará

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