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EL BELÉN QUE ESCANDALIZA Y EL “TEÓLOGO” QUE LO DEFIENDE

Un lector nos escribe lo siguiente:

«Estimados amigos de sì sì no no:

Como publicaron los periódicos del 25 de noviembre pasado [2005], los artesanos beleneros de la famosa calle San Gregorio Armeno, de Nápoles (la calle de los pastores), no contentos con haber ideado desde hace años figuritas de terracota que representan a políticos, actores y personajes ajenos al ámbito del belén cristiano, ahora han colocado en él una mujer desnuda. Pero lo peor es que los defiende el teólogo napolitano don Gennaro Matino, párroco, publicista y autor de varias obras “progresistas”, el cual, con una exégesis enteramente personal, cita hasta la conocida sentencia de Jesús: ‘En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios’ (Mt. 21, 31 ss.).

Agrego una apostilla que no carece de significado: Matino es el que relevó a Bruno Forte como colaborador del diario I1 Mattino cuando a Forte lo consagraron obispo».

Carta firmada

El Corriere del Mezzogiorno presenta a Matino como un «teólogo de cultura refinada» (25-XI-2005). Tan “refinada” que, a decir verdad, ni siquiera se la ve. En efecto, dice lo siguiente: «Sin la explicación de los artistas [o sea, los artesanos autores del belén] habríamos hablado de ofensa a la sacralidad del belén; mas las razones aducidas despejan toda sospecha». Pero, nos preguntamos, ¿qué es lo que vieron los fieles de las dos iglesias en que se expuso el belén (San Severo al Pendino, de Nápoles, y San Giacomo in Augusta, de Roma): el belén con las mujeres desnudas, los “afeminados”, etc., y, por consiguiente, la “ofensa a la sacralidad del belén”, o verán las “razones” y las “explicaciones” de los “artistas”? Unas explicaciones que, por lo demás, no valen un comino: “es más escandaloso” poner a políticos y cantantes en el belén –dicen (pero ¿desde cuando lo más grave exculpa a lo menos?) que un desnudo femenino, porque «estas escenas pertenecen a la realidad» (Corriere della Sera, 25 de noviembre del 2005). ¿Pues qué?, preguntamos, ¿acaso los políticos y los cantantes pertenecen a la irrealidad?

«Así pues, ¿van bien en el nuevo belén las mujeres en cueros, los afeminados y los camorristas?», insiste el periodista. Y Matino responde: «Me gustaría antes recordarme a mí mismo [un poco de humildad no le hace daño a nadie] que Jesús dijo que las prostitutas y los publicanos nos precederán en el reino de los cielos».

¡Más despacio! volvamos a colocar la frase de Jesús en su contexto, del cual la sacó Mattino.

Era la mañana del martes santo y Jesús estaba enseñando en el templo, del cual había echado a los vendedores. Sus enemigos cayeron sobre él: «¿Con qué poder haces tales cosas? ¿Quién te ha dado tal poder? Respondió Jesús y les dijo: Voy a haceros también yo una pregunta, y si me contestáis, os diré con qué poder hago tales cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde procedía? ¿Del cielo o de los hombres?». Los adversarios, desconcertados, guardaron silencio: «Ellos comenzaron a pensar entre sí: Si decimos que del cielo, nos dirá: ¿Pues por qué no habéis creído en él? Si decimos que de los hombres, tememos a la muchedumbre, pues todos tienen a Juan por profeta». Para salir del apuro contestaron: «No sabemos. Y Jesús les dijo a su vez: Pues tampoco os digo yo con qué poder hago estas cosas» (Mt. 21, 23-27).

Jesús no se sustrajo a la pregunta. Les había respondido cien veces sobre el asunto en cuestión, y a pique estuvo de morir lapidado por ello. Mas no hay peor sordo que el que no quiere oír: no quisieron aceptar su testimonio, igual que no aceptaron el de San Juan Bautista sobre Él. Jesús, entonces, les puso delante su doblez y culpabilidad con la breve parábola de los dos hijos, el mayor de los cuales le dijo «no quiero» a su padre cuando le mandó que fuera a trabajar a la viña, pero «después se arrepintió y fue»; el segundo, en cambio, le respondió: «Voy, señor; pero no fue». «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?», les preguntó Jesús. «El primero», le contestaron sus enemigos, que aún no comprendían bien a dónde quería ir a parar. Y se lo explicó: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de la justicia, y no habéis creído en él [¡aquí está el busilis!], mientras que los publicanos y las meretrices creyeron en él. Pero vosotros, aun viendo esto, no os habéis al fin arrepentido, creyendo en él» (Mt. 21, 28-32).

Así, pues, los publicanos y las meretrices de que hablaba Jesús no eran ya ni publicanos ni meretrices, sino pecadores que trocaron su “no quiero” a Dios en “voy, señor”, como el primer hijo, al creer a Juan y hacer penitencia por sus pecados; y por esto, por ser pecadores arrepentidos y penitentes, no por el mero hecho de ser publicanos y meretrices (mejor dicho: no por el mero hecho de haberlo sido), es por lo que precedían a los fariseos, quienes aparentaban con hipocresía que le decían a Dios “voy, señor” cuando en realidad le habían respondido “no quiero” al rechazar, primero, el testimonio de Juan, que Dios había acreditado, y, luego, a Nuestro Señor Jesucristo, bien que el Padre había puesto su “sello” en Él con milagros que ningún otro hizo jamás. Y esta negativa que le habían dado a Dios los arrastró hasta el deicidio, que Jesús les profetizó, a sólo tres días de distancia de su ejecución, valiéndose de la parábola siguiente, la de los “viñadores homicidas” (Mt. 21, 33-46).

Se trata de textos evangélicos transparentes, que no necesitan exégesis (salvo para ser tergiversados), pero cuyo significado obvio parece haberse perdido en el mare magnum de la “cultura refinada” de Matino. Éste añade que quien se escandaliza del belén de marras muestra que no ha entendido «a dónde vino Cristo a encarnarse». ¡Oh, no! Vemos hoy demasiado mal en derredor nuestro así como en nosotros para que sea menester colocar en el belén a mujeres en cueros y pervertidos sexuales con objeto de que comprendamos «a dónde vino Cristo a encarnarse». Para lo único que sirve esta “novedad” es para escandalizar a la gente sencilla y a la instruida, que muestra tener, una vez más, más sentido común, humano y cristiano, que sus “pastores”

actuales. El belén tradicional se atiene al evangelio al poblar el paisaje de gente sencilla (no de pervertidos), y recuerda no “a dónde vino Cristo a encarnarse”, sino cuáles son las condiciones que se requieren para gozar de los frutos de su venida: volverse humilde y sencillo de corazón, justo como las “meretrices” y los “pecadores” que creyeron a Juan e hicieron penitencia. Pero ¿comprenden todavía estas verdades elementales del cristianismo los “neoteólogos”, que se las echan todos de poseedores de una “cultura refinada” y que quieren mandarnos a todos al paraíso a la fuerza: a los que quieren y a los que no, demonios inclusive?

Hirpinus

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