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UN HOMENAJE INVOLUNTARIO A LA TRADICIÓN: LA PRETENDIDA CONTINUIDAD ENTRE EL “VIEJO” Y EL “NUEVO” RUMBO ECLESIAL

Un lector nos escribe:

«Rvdo. Sr. Director:

Leo su revista con interés y reconocimiento cada vez mayores, y saco de ella luz y aliento para seguir adelante en esta ‘noche’ tan oscura.

Me gustaría muchísimo un comentario suyo sobre lo que los ambientes denominados ‘conservado­res’ o ‘moderados’ saludaron como un acontecimiento memorable, es decir, la publicación por la editorial Ares del libro de Luigi Negri: Pio IX - Attualitá e Profezia. Se dijo lo siguiente al respecto en varios círculos, sobre todo en los más críticos con el, por así llamarlo, rumbo postconciliar: ‘¡Por fin un texto que hace evidente la continuidad sustancial entre el pontificado de Pío IX y el de Juan Pablo II, entre el Sílabo y la Dominus Iesus!’.

Creo que la operación, más allá de la buena fe del autor, es sólo un espejuelo para cazar alondras, y esconde un grave peligro para todos los ‘perplejos’, muchos de los cuales creerán, llevados de su ingenuidad, en la continuidad que así se finge. Pero espero un comentario suyo que aclare cómo están las cosas en realidad...».

Carta firmada

Una tentativa desesperada

No hemos leído el libro sobre el que nuestro suscriptor nos llama la atención, pero leímos otro que intenta lograr la misma cuadratura del círculo, esto es, hallar una continuidad allí donde la ruptura da en los ojos.

Pensamos que conocemos lo bastante a Pío IX y el nuevo rumbo eclesial para poder dar por seguro que los autores de esta desesperada tentativa no podrán demostrar jamás que los principios inspiradores del nuevo rumbo eclesial son conciliables con los principios católicos tradicionales, de los cuales fueron campeones y defensores incansables Pío IX primero, y todos los romanos pontífices después, hasta el concilio Vaticano II exclusive.

En cuanto a nosotros, como no podemos escribir un libro, nos detendremos en algunos puntos fundamentales, suficientes para probar la “curva en U” que trazó el concilio (la expresión no es nuestra, sino de un “conciliar”, el padre Sesboüe, S. I.).

Pío IX y le liberalismo político

Pío IX fue un enemigo incansable del “liberalismo político” y, en particular, del “liberalismo” que daba entonces los primeros pasos y que celebró en nuestros días su triunfo en el Concilio y lo sigue celebrando en el postconcilio.

Reconoció en el liberalismo político, que propugnaba la separación de la Iglesia y el Estado la pretensión de dar vida a una “civilización” sin Dios, no fundada ya en el derecho divino na­tural y positivo, sino en la libertad para el error y el mal (excepción hecha tan sólo de las más ineludibles exigencias del orden público); quienes quieren al Estado separado de la Iglesia -dijo- «abren el camino a la separación del orden natural y el sobrenatural, y preparan así la ruina de las costumbres de los pueblos y de todos los estamentos sociales» Alocución Consisto­rial del 9 de diciembre de 1854), porque «una vez quitada la religión de la sociedad civil y repudiada la doctrina y la autoridad de la divina revelación, se ofusca y se pierde también el concepto de justicia y de derecho natural, que tiene el mismo origen que aquéllas» (Alocución Consistorial del 11 de diciembre de 1862).

Lo que se está consumando en nuestros días, diríamos con el cardenal Siri, le da toda la razón  a Pío IX (carta a Monseñor Piolanti de adhesión a la Asociación de Promotores de la causa de Pío IX); ¡tan incapaz se muestra el hombre, sin la gracia de Dios, hasta de respetar el orden ins­crito en la naturaleza y, por ende, de vivir como hombre!

Por eso Pío IX se mostró incansable y firme en recordar a los soberanos de su tiempo los deberes que tenían para con Dios y el bien común de sus pueblos, y señaló en la separación de la Iglesia y el Estado la causa de todos los males que afligirían cada vez más a la sociedad y aca­barían derrocando de los tronos a los propios reyes.

¿Puede pensar nuestro suscriptor que Pío IX aprobaría el texto conciliar Dignitatis Humanae, que pretende, en nombre de la conciencia subjetiva, que los Estados, los católicos inclusi­ve, aprueben que se profesen públicamente las religiones falsas, y les reconoce a los que yerran el “derecho” a propagar sus errores, excepción hecha tan sólo de las más ineludibles exigencias de orden público?

Pío IX y el “catolicismo liberal”

Pío IX ve también con claridad en el “catolicismo liberal”, que quería oficiar de mediador en­tre la Iglesia y la sociedad moderna” (léase: liberal) y se oponía por eso a toda definición dogmática y a toda prescripción disciplinar que contrariase al “espíritu de los tiempos”, ve en el “catolicismo liberal”, decíamos, al enemigo interno de la Iglesia, al que temía más que a los “demonios” de la comuna de Paris. No vaciló en llamar por su nombre a las “razones” de los sedi­centes “católicos liberales”: «temor de sufrir los reproches de la que hoy llaman opinión públi­ca» y «amor a la popularidad y a los aplausos» (Discurso del 24 de mayo de 1 870).

Pío IX se percató de que los “católicos liberales” estaban dividiendo profundamente al mundo católico: «ellos -dijo- son mucho más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados [...] porque, retrayéndose de profesar ciertas opiniones reprobadas, aparentan probidad y pureza doctrinal, las cuales fascinan a los imprudentes amadores de la conciliación y engañan a los ho­nestos, que se opondrían al error declarado, y así dividen los ánimos, desgarran la unidad y enervan aquellas fuerzas que se deberían oponer unidas a los adversarios» (Per tristissima, 6 de marzo de 1873).

A Pío IX no le pasó inadvertido que los propios cardenales no se hallaban exentos del todo del “veneno pernicioso” del liberalismo (cardenal Pie); de ahí que les recordara lo siguiente, al res­ponder a las norabuenas del colegio cardenalicio con motivo de su 25º año de pontificado: «A vo­sotros y a mí Dios nos constituyó centinelas para velar día y noche por la seguridad de Sión [...] queremos decir de la Iglesia», pero «hay centinelas que creen, aduciendo vanos y especio­sos pretextos, que pueden acercarse al mundo y mostrarle que le aman [...] Los que desean ten­derle una mano amiga a este mundo, para establecer convenios con él, olvidan lo que el Apóstol San Juan nos dice claramente, a saber, que el mundo no conoce a Jesucristo [...] Y si el mundo no conoce a Jesucristo, o finge no conocerlo, ¿cómo es posible rendirle pleito homenaje y buscar sus favores?» (Discurso del 17 de junio de 1870).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado la “apertura al mundo” que quiso Juan XXIII? ¿Piensa que habría pronunciado alguna vez el discurso de apertura del Vaticano II, en el que el Papa Roncalli reprobó la lucha contra el liberalismo de todos sus predecesores? Se dis­tanció en dicho discurso (Gaudet Mater Ecclesia) de los «profetas de calamidades» que «no ven otra cosa que prevaricación y ruina en los tiempos modernos», y que no se percatan de que «es preciso reconocer los arcanos designios de la providencia divina en el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas»; exaltó, pues, como francamente ventajosa la separación de la Iglesia y el Estado, cosa que habían condenado sus predece­sores.

La “peor injuria” a la revelación divina

Con este discurso de apertura quedaba ya trazado el camino que iba a seguir el concilio: el del liberalismo político y del denominado “liberalismo católico”, que Pío IX había combatido y que acariciaba el propósito ni más ni menos que de conciliar la Iglesia con el “nuevo orden de cosas”, aunque éste se moviera en la línea del «alejamiento de un orden cristiano del mundo», según había advertido, en tiempos de Pío IX, incluso un anglicano como Benjamin Disraeli, famoso político inglés (Cf. si si no no del 15 de abril y 30 de abril del 2001: El Pontificado de Pío IX. Una Luz para nuestros Tiempos] ).

He aquí, en efecto, lo que pensaba Pío IX de los Estados aconfesionales (o pluriconfesiona­les), que el Vaticano II propugnó años adelante: «La igualdad de los derechos y de las confesio­nes religiosas [...] si se la quiere entender en el sentido de reconocer todas las religiones y tratarlas de mismo modo, infiere la peor injuria

que pueda hacerse jamás a la religión católica, única verdadera, fuera de la cual no hay salvación, y encierra el absurdo de revolver la verdad con el error, la luz con las tinieblas, con lo que pone por obra el monstruoso y fatídico prin­cipio del indiferentismo religioso, el cual [...] conduce necesariamente al ateísmo» (Carta al Emperador Francisco José del 19 de febrero del 1864).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado la Dignitatis Humane y la consiguiente liquidación de los últimos Estados católicos, entre los cuales se contaba Italia?

Pío IX y el ecumenismo

Pío IX escribió lo que sigue, al anunciar a todos los protestantes y acatólicos la convocato­ria del concilio Vaticano Iº: «Y en verdad, nadie puede negar ni poner en duda que Cristo, para aplicar a todas las generaciones humanas los frutos de su redención, estableció en la tierra sobre Pedro una sola y única Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica, y que le dio todo el poder necesario para que el depósito de la fe se conservara íntegro e inmaculado, y para que esta misma fe se comunicara a todos los pueblos, gentes y naciones [...] Empero, el que ahora considere y estudie atentamente la situación en que se encuentran las va­rias e incoherentes sociedades religiosas, separadas de la Iglesia católica [...] se convencerá fácilmente de que ninguna otra sociedad particular, ni todas juntas reunidas, constituyen ni son en manera alguna esta Iglesia una y universal que Cristo Nuestro señor estableció, constituyó y quiso que existiera, y de que ninguna de ellas puede considerarse tampoco como miembro o parte de esta misma Iglesia, pues que están visiblemente separadas de la unidad católica [...] Aprovechen, pues, todos los que no poseen la unidad y la verdad de la Iglesia católica, la ocasión de este Concilio, en que la misma Iglesia Católica, a la cual pertenecían vuestros padres, da una nueva prueba de su estrecha unidad y de su invencible vitalidad; y satisfaciendo las necesi­dades de su corazón, esfuércense por salir de ese estado, en el cual no pueden estar seguros de su propia salvación» (Iam vos omnes, 13 de septiembre de 1868).

El doctor Cumming, de Escocia, hizo preguntar si los disidentes podían presentar sus argumentos en el concilio. Pío IX respondió que «la Iglesia no puede permitir que se vuelvan a debatir errores que ya fueron cuidadosamente examinados, juzgados y condenados» y señaló en el Primado «el quid de la cuestión debatida entre los católicos y los protestantes; de tal disen­sión -dijo- fluyen como de su fuente todos los errores de los acatólicos» (Per ephemerides acce­pimus, dirigida a Monseñor Manning, 4 de septiembre de 1869).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado el diálogo ecuménico que puso en marcha el decreto Unitatis redintegratio, así como el diálogo interreligioso que empezó la declaración Nostra Aetate? ¿Piensa que habría aprobado el “malbaratamiento” ecuménico del Primado que se viene proyectando en las altas esferas desde hace algunos años?

Admisiones calificadas

Mas ¿por qué seguir documentando la ruptura? Ésta la admiten muchos sostenedores del concilio. Además del testimonio que referimos antes, el del jesuita Sesboüe, quien habla de “curva en U”, tenemos también el del entonces cardenal Ratzinger en Les principes de la théologie catholique, ed. Tequi, 1985. Escribe Ratzinger que la Gaudium et Spes (a la que se considera cada vez más como el «verdadero testamento del concilio») «es una revisión del Sílabo de Pío IX, una especie de contra-Silabo» (pp. 426 ss.); y luego de recordar que el Sílabo “trazó una línea de separación” con respecto al liberalismo imperante en el siglo XIX, precisa que la Gaudium et Spes (y, por ende, el concilio, cuyo “testamento” es) «desempeña», por el contrario, «el papel de un contra-Sílabo en cuanto que constituye una tentativa ofi­cial de reconciliación de la Iglesia con el mundo cual había llegado a ser éste después de 1789» [año de la Revolución Francesa], es decir, con el «espíritu de los tiempos

modernos» (vide sì sì no no, 31 de enero de 1986, ed. italiana, pp. 1 ss.: Vaticano II: Rottura o continuitá?).

Queda probado así que mientras que Pío IX declaraba al liberalismo inconciliable con la doc­trina católica (el Sílabo es un texto doctrinal), con lo que le cerraba el paso -igual que hi­cieron su predecesor Gregorio XVI y sus sucesores los Romanos pontífices todos hasta el concilio exclusive-, el Vaticano II, en cambio, fue una “tentativa oficial de reconciliación” con el mismo liberalismo. Las ruinas que se van acumulando en el mundo católico desde hace mas de 40 años evidencian la magnitud de su fracaso.

Así y todo, los esfuerzos que se realizan para hallar una continuidad allí donde es patente la ruptura tienen un significado: son un homenaje involuntario a la Tradición, cuya memoria se reconoce que la Iglesia católica no ha perdido ni perderá jamás.


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