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Carta: Un sacerdote escribe a nuestra redacción española.

«Muy admirados amigos y doctos colaboradores de la revista:

 

Mucho me sirve para repasar temas teológicos y filosóficos su preciosa revista antimodernista. Hay temas que por no ser actuales en materia de historia de la Iglesia, o no caer fácilmente en las contradicciones doctrinales que estamos padeciendo, no tiene uno a mano esos preciosos datos escolásticos e informaciones oportunas al caso que aclaren más y mejor el contraste d e lo que se dice o se calla ahora y lo que la doctrina inmarcesible de la Iglesia Católica  siempre ha de defender con uñas y dientes. Incluso no me canso de leer lo que ya se sabe pero tan bien expuesto y con datos tan a la mano; es una delicia recibir su revista. Mejor título no lo han podido poner. Lo simple, no quiere decir sencillo, pero es incontestable. Es una vergüenza que los modernos “perros mudos” a que aludió el profeta Isaías, hagan la vista gorda a la evidencia y respondan con dos palabras diplomáticas, de cumplido, como eludiendo la caótica realidad, como me pasó recientemente cuando este año, mi obispo me prohibió (a través del párroco de San Marcelo de León) decir mi misa solemne, toda en latín, de Réquiem, por Franco, José Antonio y los gloriosos caídos, el 20-N como todos los años. Le escribí una carta de antología (ya publicada por Siempre P’adelante) con acuse de recibo. No tuvo valor para abrirla y me la rehusó. Se la envié al Nuncio y este se limitó a contestarme que “tomaba buena nota de mis escritos” y se limitó a felicitarme las Pascuas. Le repliqué diciéndole que no se moleste en escribir cartas así, que eso parece estar más escogido para diplomático que para pastor y que esa técnica solo tiene un nombre: ‘perros mudos’. Soy el capellán de la falange de León. Llevo muchos años diciendo esa misa en el centro de la capital (que tiene la placa de José Antonio en su frontispicio). Cada año, asisten más feligreses a esa misa.

 

Como en mis tiempos libres me dedico a la buena música, se me ocurrió componer ese último motete para tres voces graves. Y se me ocurrió por incluir al final esa hermosa frase Ubi Veritas et Justitia, ibi Charitas. Ciertamente donde hay amor, allí está Dios, pero es que el cimiento de ese tejado que remata la sobrenaturalidad del amor, está en la Verdad, pues el primer fruto del amor es la Justicia, el segundo la caridad y el tercero la poesía; no a la inversa. Espero les guste la “originalidad” de incluir esa expresión más necesaria y anterior a la caridad. Hoy, no se ama la Verdad y así nos luce el pelo. Hacemos mala teología porque nos apoyamos en malas filosofías.

Aquí, el clero baila al són de los tiempos. He dejado su revista a varios compañeros. No dicen nada. Aquí soy una isla que  o necesita islas a su alrededor. Mis superiores me evaden; otra cosa no pueden hacerme.

 

Felicitándoles el nuevo año, las nuevas publicaciones y su valor en la defensa de Dios y de su Iglesia, les saluda cordialmente en Cristo Rey y en María Reina, este cura raso»

 

Carta firmada

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