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UN HEREJE EN SUS TRECE: EL PRIOR ENZO BIANCHI

En una entrevista concedida al Corriere della Sera, el 20 de agosto de 2003, Enzo Bianchi, prior de la Comunidad de Bose, con motivo de su nuevo ensayo Cristianos en la sociedad, no ha tenido apuro en declarar una serie de afirmaciones políticamente correctas, dentro de la actual fiebre ecuménica, pero sin duda alguna inaceptables desde el plano teológico.

La entrevista se titula: Bianchi: ‘Cristianos, ya no tengáis miedo de los demás’. Muchos no aceptan la existencia de otras morales a pesar del cambio del Concilio.


1.- Bose, comunidad mixta y ecuménica («setenta monjes, hombres y mujeres, mayormente católicos, aunque también hay ortodoxos y protestantes»), la compara Bianchi a los «desiertos en los que se refugiaron determinados monjes del siglo IV como reacción al hecho de que su Fe se había convertido en religión oficial del Imperio Romano: acontecimiento que inauguró el poder temporal de la Iglesia, paralelo al cual se ha ido sucediendo una secular decadencia en la vida espiritual».

Comentario


a) Históricamente es falso que la razón por la que los primeros monjes se retiraron al desierto sea la presentada por Bianchi.

b) La idea de que el poder temporal de la Iglesia sea o haya sido en sí algo negativo no tiene ningún fundamento en la tradición teológica católica.

c) Igualmente es absurdo afirmar que este poder haya sido la causa de una “secular decadencia en la vida espiritual”; esta decadencia existe sólo en la imaginación de Bianchi: la lista de los santos, místicos, teólogos, poetas medievales se hace interminable de suerte que hablar de decadencia parece más bien una broma de mal gusto ( a no ser que Dante, Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena sean considerados como ejemplos de “decadencia espiritual”).


2.- A continuación Bianchi afirma que «la época constantiniana» del poder temporal se ha acabado con el Concilio Vaticano II y que «la Iglesia, fuera ya de una posición defensiva respecto al mundo, es el punto de referencia. Hasta el Papa Juan, y sobre todo durante los últimos siglos, más concretamente a partir de la Reforma, la Iglesia ha mantenido siempre un espíritu apologético, de lucha contra el mundo, para acabar sintiéndose asediada, siempre con enemigos a lo lejos: desde la herejía protestante al laicismo de la Revolución francesa, llegando hasta el comunismo. Con el Papa Juan esta actitud se acaba y comienza a haber un verdadero diálogo con la sociedad [?], un diálogo que este Pontífice mostraba como un compromiso de confianza con el otro, distinguiendo entre el error y la persona».


Comentario

El inicio de la frase es interesante pues señala que hasta el Vaticano II la Iglesia luchaba contra el mundo, mientras que acabado el Vaticano II ya no lucha. Así pues se admite que hay como dos “Iglesias”, separadas por una ruptura clara: la Iglesia “antigua”, la de siempre y que siempre luchó contra el mundo, y la Iglesia del Vaticano II que, al contrario, ya no lucha. Mas esto equivale a reconocer que el Concilio Vaticano II constituye una quiebra en el cuerpo de la Tradición: la Iglesia “conciliar” ha roto su vínculo vital con ella pues ha dejado de hacer algo que había hecho siempre y que siempre fue considerado, con el Evangelio como fundamento, santo y necesario: luchar contra el mundo.

Por lo tanto una de dos: o bien la Iglesia, durante casi dos mil años, se ha equivocado pues el Vaticano II nos ha descubierto una verdad que, incomprensiblemente, se había ignorado siempre, ajena al depositum fidei, y por lo tanto hay que seguir al Concilio (o a Bianchi), o bien el Concilio se ha alejado de forma culpable de la Tradición de siempre.

El prior Bianchi entra seguidamente en la aventura del reino de los sofismas, haciendo el falso razonamiento que sigue: “la Iglesia ha mantenido siempre un espíritu apologético de lucha contra el mundo, acabando por sentirse a veces asediada”.

La frase “acabando por sentirse” es realmente una perla de “relectura” de la historia: para Bianchi no ha habido enemigos de los que ha sido necesario defenderse; la Iglesia nunca ha estado rodeada y amenazada por la herejía, por la gnosis, por las falsas religiones, por los poderes de este mundo, por los cismas, etc... no. La Iglesia, para entendernos, no ha tenido nunca enemigos; nadie la ha odiado ni ha deseado destruirla; ¡sólo ha tenido enemigos imaginarios! Así que Papas y teólogos han sido unos paranoicos, unos depresivos que, nos preguntamos la razón, veían enemigos por todas partes. Es normal que con una interpretación tan absurda de la historia se llegue a pensar que la Iglesia ha acabado por “sentirse [¡sic!] asediada”.
No han sido los enemigos los que han asediado a la Iglesia sino que la Iglesia se ha imaginado enemigos, sintiéndose asediada.
¿Cómo se puede refutar una idea así? No se puede refutar una fantasía, una representación imaginaria de la historia que ha perdido cualquier contacto con la realidad objetiva de los hechos. Sólo la simple lista de los que, según Bianchi, fueron los enemigos imaginarios de la Iglesia (enemigos que Bianchi identifica sin dudarlo con la “sociedad”) nos deja estupefactos:

- Los protestantes, amigos declarados del Papa, de la Misa y de la doctrina católica (los insultos que Lutero profiere contra el Papa en determinados escritos, especialmente en «Cómo se debe instituir a los ministros de la Iglesia», son literalmente indecibles.


- El laicismo de la Revolución francesa, curioso eufemismo para señalar el episodio más despiadado y más diabólico de la persecución masónica contra el Catolicismo en Francia y en todos los países conquistados (a no ser que Bianchi no haya leído nada sobre el genocidio de los católicos en la Vendée, contra los cuales se llegó a pensar, sin llegar a hacerlo evidentemente por razones técnicas, en utilizar el gas y el envenenamiento de las aguas para exterminarlos (Al respecto se puede consultar El genocidio de la Vendée de R. Secher y Los falsos mitos de la Revolución francesa de J. Dumont).


- El comunismo: por supuesto, ¡qué tontos estamos! Nos olvidábamos de otro enemigo imaginario, una doctrina política que (¡oh coincidencia!) asesinó en la Unión Soviética al menos a 200.000 sacerdotes y que (¿tal vez por error?) ha buscado con todas sus fuerzas, en todas partes donde se ha aupado con el poder, a hacer desaparecer el Cristianismo valiéndose de cualquier medio, incluyendo la tortura y las matanzas.


Con el Papa Juan, nos dice Bianchi, comienza el “diálogo con la sociedad” (es decir con los enemigos ya citados, un diálogo con la confianza como base.


¿Acaso ignora Bianchi que Jesucristo ha fundado la Iglesia para enseñar e instruir y no para dialogar? Se trata de un principio sencillo: la religión cristiana no es una doctrina entre otras de origen puramente humano, no representa una posición filosófica susceptible de ser objeto de discusión como cualquier otra opinión humana. Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero, ha revelado completamente lo que hay que considerar como verdadero, y por mediación de la Santa Iglesia, su Cuerpo Místico, instruye a todos los hombres. El diálogo puede existir entre intelectuales y librepensadores, pero no entre la única religión y los que, con orgullo, la rechazan. «Corregir a los pecadores» y «enseñar al que no sabe» ¿no son quizá ya obras de caridad? ¿No constituye un deber de todos los cristianos anunciar la Buena Nueva de la Salvación que nos ha traído Jesucristo?

3.- «Actualmente muchos cristianos son conscientes de ser una minoría aunque pretenden que se les escuche como si fueran mayoría, queriendo incluso a veces constituir un grupo de presión, un grupo influyente de cara a la sociedad civil, en lugar de aceptar que hay no solamente muchas religiones sino también numerosas éticas y morales».

Comentario

Qué triste es oír no a un seglar cualquiera, o a un diputado ateo y socialista del Parlamento Europeo, sino a un monje que se dice católico, incluso un monje que es prior, prorrumpiendo en acusaciones tan superficiales.

Parece, según Bianchi, que los cristianos, por ser minoritarios, deben renunciar a luchar para que el mundo que les rodea asuma lo más posible, al menos en un plano moral, político y social, los principios de la religión católica.

Tal visión de las cosas no sólo carece de fundamento teológico sino que tampoco se mantiene en la buena dirección del sentido común puro y simple: en efecto los cristianos, bien sean mayoría o minoría, tienen todo el derecho, e incluso el deber moral, de organizarse para que sean tenidos en cuenta sus planteamientos y para orientar a la sociedad civil por lo que debe optar, y al actuar así no hace otra cosa que cualquier otro componente de un sistema democrático.


En la hipótesis de que una mayoría no cristiana impusiera una ley a favor de la selección eugenésica de los recién nacidos, ¿qué pretendería el prior de Bose que hicieran los cristianos? ¿Qué se resignen y renuncien a luchar por la verdad solamente porque son minoría? Llegamos al absurdo total ante la ausencia, al menos aparente, del sentido común y la buena fe.


A continuación Bianchi sugiere a los cristianos que “acepten la existencia no sólo de muchas religiones sino también de numerosas éticas y morales”. La frase aunque parece clara no lo es. ¿Qué entiende Bianchi por “aceptar”? Si quiere decir admitir, reconocer, confesar, no podemos más que estar de acuerdo con él; habría que ser muy cerrado, ciertamente, para no darse cuenta del relativismo moral y religioso que nos rodea. Si por “aceptar” Bianchi considera tales actuaciones como algo bueno, positivo, algo que no hay que combatir, en ese caso la frase es inaceptable, pues significaría renunciar a la vocación apostólica y misionera del Cristianismo, a su universalidad intrínseca, dicho de otra forma, significaría no creer ya. Además hay que decir que más bien que contemplar la presencia de “numerosas éticas y morales” lo que contemplamos es el derrumbamiento espantoso, durante estos últimos decenios, de la santa moral católica, así como la crisis sin precedentes del ethos cristiano que impregnaba en otros tiempos a toda la sociedad; somos testigos de la destrucción, en particular dentro de la juventud, de toda idea moral, de un deslizarse hacia la barbarie que tiene algo de apocalíptico (los datos sobre el aborto, el divorcio y la droga confirman esto). ¿Cómo un católico puede “aceptar” tal catástrofe? ¿Cómo puede aparentar que todo va bien y tener su corazón en paz?


4.-«Desgraciadamente la Iglesia habla a menudo un lenguaje muy alejado de los hombres de hoy, que sigue siendo muy moralista y que a veces tiene una connotación demasiado severa y poco misericordiosa».

Comentario



De las críticas generalizadas hacia los cristianos se pasa a las críticas dirigidas contra la Iglesia, acusada de hablar “un lenguaje muy alejado de los hombres de hoy”. Mas nos gustaría preguntar a Bianchi, ¿qué significa “hombres de hoy”? ¿Se trata de hombres especiales, diferentes a los de ayer, de una nueva especie? ¿Tal vez ha cambiado la esencia de la vida espiritual y moral de un hombre? ¿O tal vez no es ya cierto que podemos hacer resplandecer la Verdad inmutable en toda su belleza y ante todos los hombres, de ayer y de hoy, si tienen el deseo, la humildad y la voluntad de someterse a ella? El lenguaje es el lenguaje, tiene su gramática, su sintaxis, su estructura lógica: si se usa correctamente no puede dejar de ser comprendido; lo que no tiene sentido es hablar de lenguaje “próximo” y de lenguaje “alejado”, más bien hay que hablar de verdad y de mentira. Y así, si el lenguaje de la Iglesia aparece como “lejano” a los hombres de hoy no es a causa de una limitación o de un error de la Iglesia por predicar verdades ya superadas, sino que es a causa de los hombres, de sus costumbres, de sus ideas que, por su propia culpa, se han alejado de la Iglesia y de la Fe. No hay duda de que si mi forma de vida se opone a aquella que la Iglesia, tras las huellas de Cristo, ha propuesto siempre a los cristianos, el lenguaje de la Iglesia se me antojará “alejado”. De cualquier forma a nadie le está permitido invertir esta relación de causa a efecto.

Sin embargo el prior nos hace comprender el fondo de su pensamiento: el lenguaje de la Iglesia no conviene, pues tiene una connotación “demasiado moralista”, “demasiado severa y poco misericordiosa”; expresiones que una vez traducidas parecerían querer decir que la Iglesia debe, por ejemplo, dejar de condenar a los homosexuales y a los divorciados, que debería ser más flexible en lo concerniente a la moral conyugal, y en primer término la contracepción. Éste es el “moralismo” que aleja a la Iglesia de los “hombres de hoy” que querrían sin duda verse reafirmados, y no condenados, respecto a la legitimidad de sus deplorables costumbres de las que además se consideran los únicos jueces. Y así una Iglesia que deja claro, por ejemplo, lo ilegítimo de la homosexualidad, no es en absoluto “poco misericordiosa”, por el contrario pone en práctica «la caridad de la verdad»: exhorta no por moralismo sino para conducir a los homosexuales, también ellos, a la salvación eterna. Es cierto que si preferimos agradar al mundo escogeremos la falsa cercanía “caritativa” de numerosos pastores que se muestran abiertos y “flexibles” en el tema de la moral (siendo además la destrucción de la idea de una moral objetiva que la Iglesia puede enseñar con autoridad uno de los ejes centrales del modernismo y de los modernistas de hoy en día).

5.- «Comprobamos en la actualidad este extraño hecho: en la Iglesia se producen grandes concentraciones, reuniones importantes, pero no hay un debate interno ni de opinión pública; todavía hoy algunos tienen miedo de hablar, de decir que no están de acuerdo. Todo eso impide esta libertad que haría sentir a los demás que vivir en cristiano es una buena nueva».


Comentario



El ataque a la Santa Iglesia Católica se hace más preciso y pormenorizado. La acusación es la siguiente: la Iglesia no es todavía una institución totalmente democrática. El verdadero escándalo, para Bianchi, es que no existe una “opinión pública”.


¿Pero qué quiere decir cuando él reivindica una opinión pública dentro de la Iglesia? No se nos da una explicación. Lo que sabemos es que en realidad no hay nada más fácil de manipular ni menos digno de confianza que la opinión pública. ¿Tal vez Bianchi preferiría que la Iglesia tomase sus decisiones apoyándose en sondeos y encuestas hechos por ciertas empresas?

Por ejemplo, ¿decidir si hay que continuar o no la lucha contra el aborto a partir de la decisión de un jurado popular o de los participantes en un concurso televisivo? Tal vez debamos recordar al prior de Bose que existe en la actualidad una gran producción literaria (por ejemplo los trabajos de Talmon o de Zarcone) sobre el tema de la “democracia totalitaria”, las relaciones entre Rousseau, el padre moderno de la idea de democracia, y los sistemas totalitarios nazi y bolchevique. Además, ¿es posible que ignore Bianchi –o lo que es peor que no crea– que, de fide, la Iglesia es una institución divina y no simplemente humana y que Jesucristo Nuestro Redentor ha querido que sea una monarquía? Pastor Aeternus y los demás textos del Concilio Vaticano I, que establecen dentro de lo dogmático el Primado y la Infalibilidad, ¿no están ya en vigor en la comunidad de Bose?


Ya que Bianchi sale en defensa de la democracia en la Iglesia, que nos explique entonces cómo es posible que sea prior en Bose desde 1970 sin interrupción; efectivamente es más bien raro, dentro de un régimen democrático, estar en el poder durante tantos años seguidos; dada la simpatía que el prior muestra por la democracia, nos parece que es lógico pensar que habrá aprobado en su monasterio unas reglas especialmente avanzadas dentro del sentir democrático.


Que no nos venga ahora a decirnos que “todavía hoy algunos tienen miedo de hablar, de decir que no están de acuerdo”. La increíble libertad de un prior que muestra cómo hace uso de ella para recriminar a la Iglesia con acusaciones tan graves, lo que demuestra en primer lugar que las consecuencias que hay que sufrir por actitudes de este tipo son mínimas o inexistentes (sin hablar del “neo-monacato” que Bianchi se ha inventado, quedando los tres votos religiosos reducidos al de castidad).

En segundo lugar la Iglesia no es un club, una asociación cultural, un aula universitaria, en resumidas cuentas un lugar en donde se dialoga y en donde cada cual defiende sus opiniones personales dentro de una agradable anarquía, lugar en el que todo puede ser debatido o cuestionado (eso puede ocurrir y ocurre en muchas sectas protestantes). Así pues lo justo es formular críticas con toda prudencia y medida. De todas formas la Iglesia nunca ha predicado la obediencia ciega a la autoridad eclesiástica: por ejemplo ahí está la quaestio, de extraordinaria importancia, que Santo Tomás consagra en la Summa sobre el deber del fiel de reprender, incluso públicamente, a sus pastores cuando éstos ponen en peligro la salvación de las almas y el depositum fidei. Por lo tanto debo, e incluso debo, no estar de acuerdo y desobedecer a la Autoridad eclesiástica, incluso la suprema Autoridad, si ésta me aparta de los contenidos de la Fe de los que me consta que son objetivamente católicos, o si esa Autoridad los pone en duda. Pero esta libertad cristiana no tiene nada que ver con la “libertad de perdición” que tan apasionados tiene hoy tanto al mundo como a Bianchi.


6.- «Hay dos cosas que el Cristianismo debe aceptar: la primera es que nuestra Fe afirma que cualquier ser humano es imagen y semejanza de Dios, que cada hombre tiene el don del Espíritu Santo. Eso significa que en cada hombre, de cualquier cultura o religión que sea, habita el Espíritu Santo y, por lo tanto, su búsqueda de Dios está, de alguna forma, acompañada por el Espíritu. Así pues hay en él ciertamente determinadas verdades, hay una palabra de Dios que penetra sus Escrituras, lo que ha buscado y ha encontrado».


Comentario

La primera afirmación falsa sostiene a todas las demás; aquí está la demostración:


Todo ser humano es imagen y semejanza de Dios. Cada hombre tiene pues el don del Espíritu Santo. Consecuentemente en cada hombre habita el Espíritu Santo. Por lo tanto su búsqueda de Dios está de alguna forma acompañada por el Espíritu; así que en él hay ciertamente determinadas verdades, hay una palabra de Dios que penetra sus Escrituras (¡obsérvese la ‘E’ mayúscula!), lo que ha buscado y encontrado.

Todo se apoya en una confusión especialmente grave: asimilar el hecho de haber sido creados “a imagen de Dios” y el de recibir el don del Espíritu Santo. No sabemos en qué fuentes bíblicas ni en qué documentos de la Tradición se basa para fundamentar tal asimilación. En efecto, si fuera verdad que incluso después del pecado original el hombre es creado no sólo a imagen sino también a semejanza de Dios, es decir en estado de gracia y con el don del Espíritu Santo, no se comprendería por qué la necesidad de la Encarnación, de la Pasión y Muerte de Jesús, Nuestro Salvador. Todo el Cristianismo se volvería vano, y en consecuencia toda la vida sacramental, comenzando precisamente por el Bautismo, que no sería ya necesario para borrar el pecado original. ¿Nos encontramos aquí frente a una teología que intenta negar la realidad del pecado original? No lo sabemos. Pero si fuera éste el caso estaríamos en presencia de una verdadera herejía (desgraciadamente tenemos que decir que esto ha sido siempre un caballo de batalla del modernismo), estaríamos ante una violación del depositum fidei.Por encima del sofisma que venimos de exponer, esta exaltación acrítica y superficial de las religiones no cristianas se enfrenta tanto contra innumerables pasajes de la Escritura (ver el terrible pasaje de Romanos 1, 18-26) como contra la Tradición de la Iglesia, que ha sido constante hasta Nostra Aetate, documento conciliar que no tiene ningún fundamento ni en la Escritura ni en la Tradición (por ejemplo San Agustín que en los primeros libros de la Ciudad de Dios define a las religiones paganas como “culto de demonios”), y se enfrenta contra el sentido común: en efecto, ¿cómo puede afirmar Bianchi la existencia del Espíritu Santo en cultos y formas religiosas (de ayer y de hoy) particularmente repugnantes y obscuras, supersticiosas y sacrílegas, que incluso preferible es no describirlas? ¿Qué decir, como único ejemplo, de las prácticas de ciertas sectas satánicas, de obscuros e indecibles rituales practicados por personas que rinden, con una verdadera “fe invertida”, un auténtico culto religioso al Príncipe de las tinieblas? Sería realmente absurdo pensar que pueda haber una asistencia del Espíritu Santo en esos casos. Pero la cuestión clave es otra: ya que Bianchi habla de “admitir” ciertas cosas, ¿puede probarnos que esa opinión (el Espíritu Santo guiando y “asistiendo” también a los cultos y escrituras religiosas no cristianas) fue siempre aceptada por la Iglesia, que la Iglesia siempre ha pensado de forma tan optimista en cuanto a la relación entre el Espíritu Santo y las falsas fés o religiones? ¿No se trata más bien de una novedad teológica, inaudita y reciente, que no tiene más fundamento que los textos más discutibles y discutidos del Vaticano II?

7.- «La segunda cosa [que el Cristianismo, según Bianchi, debe “admitir”] es que, ya que la verdad plena es escatológica (la Iglesia no posee la verdad, pero es poseída por la Verdad que es Cristo y hacia esa verdad camina en la espera de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos), para encontrar más verdad tengo necesidad de compararla con la verdad de los demás: su verdad ayuda a la mía. No hay que tener miedo en este diálogo. Por ejemplo, sin ningún sincretismo, el budismo puede ser leído por el cristiano como una gran lucha contra la idolatría, en la que hay una búsqueda de Dios de una calidad y de un refinamiento no siempre presentes entre los cristianos. Así pues conocer el budismo y dialogar con él puede conducirme a estar siempre más cerca de Dios».

Comentario

Si la “Verdad plena es escatológica”, la Revelación divina no lo es: Cristo es «el que inicia y consuma le Fe» (Hebr. 12,2), y su Iglesia posee todas las verdades que Dios ha querido revelar al hombre y que son necesarias para su salvación; no tiene necesidad de mendigar “más verdad” a quien sea, y por supuesto nunca a las falsas religiones: «No tenéis más que un Señor, Cristo» (S. Mateo 23, 8-10). Y de hecho, en el ejemplo que nos da, Bianchi tiene necesidad de moverse del plano de la verdad objetiva al plano del conocimiento religioso subjetivo. ¿Acaso un cristiano tiene realmente necesidad de lavar sus ropas en el Ganges y aprender del budismo (una forma evidente de ateísmo y nihilismo) a no tener una concepción “idólatra” de Dios? Afirmarlo sería sencillamente ridículo si no fuese una ofensa a Nuestro Señor Jesucristo, a su Iglesia y a la tradición mística bimilenaria que nos precede.

Está claro que en lo que concierne a esta segunda “cosa” la Iglesia no tiene, al menos en esto, realmente nada que “admitir”. De hecho admitiría un error que ella misma ya ha condenado (cf. San Pío X, Pascendi): la herejía de los modernistas que, negando el hecho histórico de la Revelación divina, reducen ésta a una toma de conciencia progresiva y natural de lo divino por el hombre. Solamente en esta óptica herética puede decirse como Bianchi que un católico puede encontrar “más verdad” comparando con “lo que ha buscado y encontrado” un “creyente” de otra religión.

Finalmente ya que Bianchi encuentra que a los cristianos les falta “calidad y refinamiento” religiosos (que deberían aprender del budismo), le decimos con toda franqueza que su cristianismo (al menos en lo que se desprende de su artículo) es un pseudocristianismo dialógico en el que no aparece la necesidad de la santidad y adoración del Señor, al cual no hay que convertirse incesantemente y cuyo testimonio consiste simplemente en buscar y ofrecer vagamente “la libertad, la justicia y la paz”, programa humano idéntico al que puede tener un masón, un comunista, un ecologista o un anti-mundialista, programa idéntico al que reivindican los jacobinos ateos o deístas. Nos encontramos frente a una religiosidad que quiere tranquilizar y adormecer las conciencias, envolviéndolas en sonidos de melodías ecuménicas y dulzonas, acompañando el “sueño profundo” de los cristianos con la incesante letanía de la palabra “paz” y haciendo olvidar a todos que a veces la verdad vale más que la vida.

La esperanza en la vida eterna, esperanza que Bianchi quisiera que resonase con más fuerza en el corazón del Cristianismo, es sin ninguna duda el mensaje central que hay que anunciar al mundo; en esto el prior tiene razón pero a condición de que no se olvide de que esta esperanza se basa en la aceptación del Evangelio, reconociendo a Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre, en una humilde y sincera obediencia a la enseñanza de la Iglesia de siempre (¡y no la de los cuarenta últimos años en que se vuelve modernista!) y en el principio inquebrantable según el cual nunca se puede buscar a Cristo sin la Cruz.

Amicus

 

[1] Por supuesto los conceptos expresados por Bianchi no están transcritos entre comillas en este artículo-entrevista; no podemos por lo tanto saber con exactitud si su pensamiento ha sido expresado siempre con fidelidad, aunque es lógico pensar que haya sido así de una forma general.

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MAQUIAVELISMO Y TESTIMONIO

«¡Si la Iglesia no fuese divina, este concilio la habría sepultado!», escribió en su diario, el 19 de Septiembre de 1964, el cardenal Siri. Pero el juicio más duro que yo haya oído nunca sobre el Vaticano II es de una persona perteneciente a ambientes que, al hacer en público algunas críticas sobre la situación actual tienen un doble objetivo, maquiavélicamente diplomático: disculpar al Concilio Vaticano II, que –según lo que dicen públicamente– no tendría ninguna responsabilidad en el desastre postconciliar, y atacar (también denigrando) a los famosos “lefebvrianos”, con mucho… heroísmo.



No sé si estos sistemas, digamos ‘ausentes de prejuicios’, son compatibles con el poder  o también con el logro de algún buen fin; seguro que no lo son con la verdad y la justicia: non sunt facienda mala ut eveniant bona:  no se debe hacer el mal para obtener el bien (San Pablo).



Mientras, nos será útil, lejos del ansia de hacer carrera y de la complicidad de la mentira, esperar la hora de Dios, quizás ya próxima, con el Rosario en la mano y el espíritu de sacrificio en el corazón, y traer a la mente un edificante ejemplo, sacado del segundo libro de los Macabeos;



«Eleazar, pues, uno de los primeros doctores de la ley, varón de edad provecta y de venerable presencia, fue presionado para que comiera carne de cerdo, y se le quería obligar a ello abriéndole por fuerza la boca. Mas él, prefiriendo una muerte llena de gloria a una vida aborrecible, caminaba voluntariamente al suplicio, escupiendo la carne. Mostrando cómo deben comportarse (…) Pero los que se hallaban presentes, movidos de compasión, y en atención a la antigua amistad que con él tenían, tomándolo aparte, le rogaban que les permitiese traer carnes de las que le era lícito comer, para poder así aparentar que habían cumplido la orden del rey de comer carnes sacrificadas; a fin de que de esta manera se librase de la muerte. De esta especie de humanidad usaban con él a causa de la antigua amistad que le profesaban. Pero Eleazar, tomando una noble resolución, digna de su edad y de sus venerables canas (…), respondió rápidamente, conforme a los preceptos de la ley santa establecida por Dios, y dijo: Que prefería morir. ‘Porque no es decoroso a nuestra edad, les añadió, usar de esta ficción; la cual sería causa de que muchos jóvenes, creyendo que Eleazar, a la edad de noventa años, se había pasado a la vida de los gentiles, cayesen en error a causa de esta ficción mía, por conservar yo un pequeño resto de esta vida corruptible, además de que echaría sobre mi ancianidad la infamia y la execración. Fuera de esto, aun cuando pudiese librarme al presente de los suplicios de los hombres, no podría yo, ni vivo ni muerto, escapar de las manos del Todopoderoso. Por lo cual, muriendo valerosamente, me mostraré digno de la ancianidad a la que he llegado; y dejaré a los jóvenes un ejemplo de fortaleza, si sufriere con ánimo pronto y constante una muerte honrosa en defensa de una ley que es la más santa y venerable’. Luego que acabó de decir esto fue conducido al suplicio. (…). De esta manera, pues, murió Eleazar, dejando no solamente a los jóvenes, sino también a toda su nación, en la memoria de su muerte, un dechado de virtud y de fortaleza» (Macabeos 6, 18-31).

Observador

El avance del Islam

Recibimos y publicamos

«Muy Sres. míos de sì sì no no:

Me gustaría que se tuviera presente la página 29 de Avvenire del 26 de Febrero [2003] donde viene referida una valoración de Mondo e Missione (Mundo y Misión) acerca de la conquista del Islam en tierra africana.

Por citar algún dato, en los últimos 15 años, 30 millones de africanos se han convertido a Mahoma, y ahora en la región subsahariana un habitante de cada tres es musulmán. También en países tradicionalmente cristianos, como los del Africa Central y de los Grandes Lagos, aumenta la penetración del Corán. En Ruanda, después del genocidio de 1994, los musulmanes han pasado del 7 al 14 por ciento. Etcétera.

El origen del fenómeno, ¿no podría estar en el ostracismo dado a la civilización occidental –incluida la latina– y el ‘respeto’ excesivo de las culturas locales promovido en el post-Concilio? Y, sobretodo, el ‘nuevo’ modo de realizar la predicación cristiana que es una verdadera y real renuncia a la misión?».

Carta Firmada

¿EL VATICANO APRUEBA?

«Querido director,

Esta mañana, temprano, haciendo zapping entro lo canales de TV en busca de noticias sobre la guerra de Irak, he tropezado con la ‘lección’ de un tal Padre Alberto Maggi que, obviamente en chaqueta y camiseta, ofrecía en la red laica LA8 un sermón del tipo El Evangelio de la A a la Z.

La esencia del discurso era la siguiente: los peores encuentros que puede tener quien está afligido por cualquier desgracia son con las ‘personas pías’. Porque no saben decir otra cosa que ‘¡hágase la voluntad del Señor!’ y ‘cada uno debe llevar su cruz’. Nada más lejos del espíritu evangélico, ya que en un atento análisis del texto se descubre que ‘tomar la propia cruz’ significa sólo ‘perder la reputación’ que nos da la libertad de decir lo que realmente pensamos y no lo que dicen los otros.

Me he quedado estupefacto, porque no creía que se pudiera  avanzar tanto en la traición al mensaje cristiano. ¿Qué es? ¿Una invitación a la rebelión y a la blasfemia? He buscado noticias de este Padre Maggi y he descubierto que es admirador del centro Giovanni Vannucci (del nombre de un servita amigo de Balducci y Turoldo, gran hacedor del diálogo interreligioso), que se encuentra en Macerata y organiza cursos de lectura bíblica de carácter divulgativo en los que participan personas de todas las edades y de todas las clases sociales. Este Padre es también un solicitado conferenciante sobre temas bíblicos. También he escrito un mensaje electrónico a la redacción del emisor, solicitando ser invitado durante la transmisión para rebatir al menos las herejías más patentes, pero ya sé que esta solicitud será inútil: no hay nadie más intolerante que los ‘vaticanosegundistas’, para los cuales el propio verbo es ley, que no admite contradicción posible.

Quería también someterle el programa de un encuentro tenido en Roma el 21 de Marzo en la sede de la Provincia como conclusión de las conferencias impartidas en la Universidad del Duemila: Associazione, Cultura e Società, sobre las “religiones más significativas” de nuestro tiempo. Han hablado los siguientes ponentes: por el Shintoismo: Profesor Valdo Ferretti, investigador universitario, profesor de religión oriental en el Isiao; por el Hinduismo: Profesora Pia Tomasella; por el Budismo: Doctora Mariangela Falà, presidenta de la Unione Buddista Italiana; por el Islam: Sceicco Al Whalid Pallavicini, presidente del Coreis (Comunidad religiosa islámica italiana); por el Protestantismo: el pastor valdés Thomas Noffke, titular de la Iglesia Valdesa en Roma; por el Judaísmo: la Doctora Lina Calmieri Billig, World Conference Religion for Peace (Conferencia Mundial de la Religión por la Paz), vicesecretario europeo y representante para Italia de la Anti Defamation League (Liga Anti Difamación); por la Ortodoxia: el Padre Constantin Balauca; por el CATOLICISMO [¡por fin, el último...! n.d.r.]: el Padre Luigi Gambero, profesor  de patrística y de Historia de la Mariología en la Universidad Pontificia Marianum  y en la Universidad de Daytona (Estados Unidos). La introducción a cargo del Profesor Sabino Acquaviva, docente de sociología en la Universidad de Padua, y como moderador el Profesor Antonio Saccà, presidente de la Universidad del Duemila, organizador de los encuentros. Ha intervenido el presidente de la Provincia de Roma, Silvano Moffa.

No es el primero y no será el último congreso de este tipo, es verdad, pero extraña un poco verlo publicitado en el Secolo d’Italia, órgano de Alianza Nacional, que algún anticuerpo del contacto con el vaticanosegundismo y el sincretismo debía tener. Naturalmente, el Vaticano aprueba el evento.

FD»

JÓVENES Y MAYORES

Después del Encuentro Mundial de la Juventud en Toronto (2002) y de todas las manifestaciones que celebran los jóvenes del mundo, hasta el punto de dar a los “no jóvenes” (¿quiénes son? ¿Cuando se deja de ser joven?) ganas de desaparecer o de sonrojarse de la vergüenza por no ser lo suficientemente jóvenes para ser alabados por el Papa, quizás podamos reflexionar sobre este extraño fenómeno que querría hacer de la juventud una virtud.


 

Aun teniendo sesenta años, no me avergüenzo de rezar cada día en el momento de subir al altar, al Dios que “alegra mi juventud”. Y debo confesar que, cuando veo tantos jóvenes a quienes el heroísmo de la santidad da miedo, jóvenes que hacen cálculos para “ganar” su vida, mientras Jesús nos invita a “perderla” por El, jóvenes que escogen una vida mediocre con tal de que sea sin sorpresas y sin incomodidades, incluso con todas las comodidades de la técnica moderna, jóvenes que no saben escoger ni el matrimonio ni la vida consagrada o sacerdotal, por miedo a las renuncias necesarias, jóvenes sin entusiasmo, sin esperanza, sin ambición ni siquiera aquella de hacer mejor de “viejos”, jóvenes a los cuales se les pide siempre demasiado (“No se debe exagerar, Dios no exige tanto!. Es verdad, Dios no exige tanto, Dios lo exige todo para poder llenarse de su gloria!), jóvenes que fingen la felicidad, ya que solo saben gozar y para los que no hay más que los sentidos y los placeres sensibles. Como quiera que sea, cuando veo a estos jóvenes, decía, me vienen ganas de enorgullecerme de ya no ser joven.

 

 

Estoy contento de no haber sido un joven así, y de haber envejecido en mi juventud de hace cuarenta años, que me hace mirar al mañana con la sed de hacer que el mañana sea mejor que el presente, que mañana sea un paso más en el conocimiento y en el amor de Jesús; con el deseo de que haya siempre un mañana para poder profundizar lo poco que he aprendido y descubrir nuevas maravillas, comprendiendo que no podré nunca entender ni amar perfectamente y que es mejor para mí no entenderlo todo, porque así hay lugar para una adoración más bella, purificada por la humildad.


 

 

Sin pretender ser santo, ni tener todas las virtudes, siento dentro de mí la misma sed de mis veinte años: la sed de amar (y quizás también de ser amado para calmar un poco esta sed en la amistad de almas santas), la sed de hacer cosas bellas y bonitas para Dios y para los hombres, para que así todos los corazones puedan reposar en el orden y en la paz, la sed de dar mi vida por realidades más altas y más bellas que yo; el ansia de amar mejor y de dar todo aquello que tengo y soy, a pesar de mis límites, mis defectos, mis pecados, el ansia de dar lo que no he sabido dar todavía.

 

 

Esta sed la he recibido de la gracia de Dios, pero también de mis santos padres, porque no me han criado en el culto a mi juventud, pero sí en el culto a la caridad, en el culto al servicio por amor, en el culto a las cosas más bellas. Y esta sed, siempre viva y ardiente, nunca satisfecha, es mi tormento y mi gozo. Me atormenta porque nunca será satisfecha sobre esta tierra, y me alegra porque es la juventud de mi corazón y de mi alma, empujándoles a buscar siempre aquello que podría hacer para que el hoy sea mejor que el ayer. Estoy seguro, además, que es esta sed de amar hasta dar mi vida, este afán de vivir solo para amar de un modo absoluto lo que me ha hecho dejarlo todo para encontrar el Principio de todo, el Principio de la vida absoluta por amor. Me imagino que todos aquellos que han hecho lo mismo que yo, también lo han hecho porque no han encontrado en el mundo y en el amor humano, aun el más puro, el modo de satisfacer esta sed. Esta sed es un don de Dios, y le doy las gracias cada día, aunque el amor propio se hace notar todavía demasiado a menudo y me impide aumentar esta sed como crece la caridad con los actos.

 

Por todo esto me siento mucho más joven que todos estos jóvenes que bailan delante del Papa y creen ser la octava maravilla del mundo. Pobres jóvenes, engañados por verdaderos viejos que buscan rejuvenecerse con estos abrazos a los jóvenes del mundo, y con estos modos de actuar denominados “modernos”, ¡pero viejos como el pecado del mundo!

 

Escribía en 1935 E. Wilson, filósofo católico: «los jóvenes son fascinantes, son simpáticos, tienen todas las cualidades y todos los derechos que queráis; pero permitidme decir que entre todos los ídolos cuyo culto se envenena, entre todas las modas que siguen con ardor los que quieren a toda costa ‘estar a la moda’, el culto a la juventud es hoy uno de los más absurdos y de los más nocivos. Este es un punto sobre el que es necesario explicarse. No dejará de tener interés indagar por qué clase de primitivismo hemos llegado a esta extraña ilusión que nos hace esperar de los menores de veinte años la palabra que oriente nuestra vida. Hasta qué punto esto es ridículo, se ve bien en los relanzamientos que son la esencia del sistema, porque si son los jóvenes quienes poseen la verdad, nunca se será suficientemente joven, y también los veinte años pronto nos parecerán una edad avanzada. ¿Por qué no quince? ¿Por qué no diez? Un joven siempre encuentra uno más joven que admirar, y no hay ningún motivo para pararse. La abdicación total de los adultos ante los jóvenes es uno de los fenómenos más extraños de que nuestra época es testimonio, y nunca se dirá lo suficiente el daño que ha hecho a los mismos jóvenes, aún más que a los adultos. Debemos a este fenómeno generaciones de exacerbados, de viejos que nunca han sido jóvenes, y que en consecuencia, ni siquiera sabrán envejecer. ¿Qué es un joven? Es uno que hace su oficio de joven, es decir que se prepara para ser un adulto. Treinta años de vida escondida, tres años de vida pública y una buena fórmula; no se ha necesitado más para salvar al mundo. Hoy, no se quieren más vidas escondidas; por esto tantas vidas públicas no son otra cosa que lastimosos fracasos. Un fruto que madura en primavera se marchita en verano; no se encontrará entre la cosecha del otoño. Pedir a un joven de veinte años que piense como si tuviera cuarenta, es pedirle renunciar a sus veinte años y condenarle a no tener nunca cuarenta. El fracaso al que se le empuja y que no es otro que una absurda apuesta, será siempre para él el fracaso de su vida: quedará condenado a la esterilidad porque no habrá sabido esperar el tiempo de traer su fruto. Así, con el pretexto de las atenciones debidas a la juventud, nos olvidamos de la primera de todas, que es la de respetar la juventud, y el culto que damos a los jóvenes consiste en tratarlos como a viejos.

Católicos, vosotros que lleváis en vuestras manos el tesoro de un sabiduría de veinte siglos, y todavía siempre nueva, ¿de verdad podríais preguntar a estos jóvenes las cosas que vosotros tenéis la misión de transmitirles? Entonces, empezad a enseñar a los jóvenes a imponerse la disciplina necesaria para madurar el hombre que llevan dentro y que tomará vuestro lugar, cuando sea el momento. Pero haced sobre todo que haya para ellos un lugar que ocupar y que engrandecer. No les dejéis en herencia el vacío con el cual vosotros os conformáis».

 

He aquí palabras fuertes y veraces, que podrían meditar aquellos que dicen querer el bien de los jóvenes.

En el mismo orden de pensamientos, ahora os propongo releer los discursos de los “viejos” Papas a los jóvenes de entonces. San Pío X, por ejemplo, hablando el 8 de Diciembre de 1903 a los miembros de la Sociedad de la Gioventú Cattólica Italiana, cuyo programa era “Oración-Acción-Sacrificio”, habló así:

 

«En todos los tiempos los mayores fueron las cabezas y los dirigentes de los pueblos, y los jóvenes los brazos y los ejecutores fieles. Pero el tiempo presente querría invertido este orden. ¿Cómo es posible que consiga la victoria un ejército cuya dirección esté en manos de aquellos que, aun siendo generosos, no tienen un juicio maduro y profunda experiencia? La historia sacra nos recuerda el suceso de Roboam, que abandonó el consejo dado por los viejos, y siguió el de los jóvenes, que habían sido criados con él: vivió siempre dividido su reino, y obligado por Dios mismo a la inacción de sus milicias (IIIº Reyes, cap. 12). Procurad por tanto, oh amadísimos, recomendar encarecidamente a los jóvenes aquellas palabras del apóstol, de no querer adaptarse al espíritu del siglo, pero sí de reformar el siglo con las santidad de la vida (Rom.12, 2). Que no pretendan ser independientes, ni sustituir su presunción por aquella sabiduría que sólo puede ser dada por los superiores, por los experimentados consejeros y por los verdaderos amigos. Entonces, para vuestro gran consuelo, prosperarán todas las buenas obras y a cada uno de los jóvenes se podrá atribuir el elogio del Espíritu Santo al hijo de la tribu de Neftalí, que aun siendo el más joven de todos, nada hizo de pueril, y alejándose de aquellos de su edad, que llevaban incienso a los ídolos, se retiraba fielmente al templo para adorar al Señor y para ofrecerle los frutos y las primicias de su vida (Tob. 1, 4-6)».

 

 

El 25 de Septiembre de 1904, recibiendo a los miembros de la Jeunesse Catholique Française, cuyo programa era “Piedad-Estudio-Acción”, San Pío X les dio el ejemplo de Tobías; y en 1905, recibiendo a jóvenes deportistas, les dio estos consejos para inducirles a la fortaleza y a la piedad:

 

«Sed fuertes para custodiar y defender vuestra fe, cuando tantos la pierden; sed fuertes para conservaros hijos devotos de la Iglesia, cuando tantos le son rebeldes; sed fuertes para mantener en vosotros la palabra de Dios y manifestarla con las obras cuando tantos la han expulsado del alma; sed fuertes para vencer todos los obstáculos que encontrareis en el ejercicio de la acción católica, para vuestro mérito y para ventaja de vuestros hermanos. No tengáis miedo de que la Iglesia con estos consejos quiera imponeros grandes sacrificios o prohibiros los lícitos recreos; solamente quiere haceros notar el valor de vuestra edad, que es la edad de las bellas esperanzas y de los santos entusiasmos; de manera que en el otoño de vuestra vida podáis coger copiosos frutos, de cuyas flores estuvo llena vuestra primavera; y por esto sólo os recomiendo que pongáis como fundamento de todas vuestras obras el santo temor de Dios y la cristiana piedad. La piedad os es necesaria, porque debiendo ejercitar sobre vuestros compañeros un apostolado, necesitáis la ayuda que el Señor no otorga ordinariamente más que a los buenos que se la piden. La piedad os es necesaria para alcanzar el fin de vuestras obras con el buen ejemplo, porque dice el poeta: son más lentas en excitar los ánimos las cosas que entran por los oídos que las que se presentan a los ojos. A lo que añade el filósofo: el camino largo que se recorre con los preceptos se vuelve breve con los ejemplos. Que no se pueda aplicar a vosotros el conocido proverbio: predica bien, pero razona mal. La piedad os es necesaria no sólo para conservaros buenos cristianos, si no también para no degradar vuestra naturaleza de hombres. Estoy bien lejos de juzgar con severidad el tiempo presente, porque hay hombres óptimos en cada clase, en cada condición, en cada edad; pero sangra el corazón al ver a tantos jóvenes que habiendo olvidado ser cristianos, tienen por lo menos disminuida la dignidad humana. Alguien podrá decir que es exagerada esta proposición porque, si todos reconocen en muchos la indiferencia por la religión, y una casi total inobservancia de las prácticas cristianas, no todos consideran que se haya socavado la dignidad humana. ¿Quizás se encuentren, a pesar de todo, en muchos de estos indiferentes e inobservantes por lo menos las virtudes naturales? ¿Dónde está la razonable obediencia, el respeto a la autoridad, la justicia severa e independiente, el patriotismo desinteresado, la libertad respetada y, con estos principios insertados por Dios en nuestros corazones, aquél fundamental de no hacer a los otros lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros mismos?

¡Oh! Persuadiros, queridos jóvenes, que sin una buena base religiosa aun la simple honestidad natural se desvanece; y por lo tanto os aconsejo nuevamente que améis la piedad, que practiquéis la religión, y entonces estaréis fuertes también para vencer los respetos humanos, para no avergonzaros de ser cristianos católicos no solo de palabra sino con obras, y de este modo conservando en vosotros la palabra de Dios: es decir, siempre viva la fe recibida en el Santo Bautismo, volveréis fructífero vuestro apostolado porque vuestros mismos adversarios, que aparentemente os escarnecen, para sus adentros harán homenaje a vuestra virtud, y vosotros sin casi daros cuenta obtendréis en su conversión el más espléndido de los triunfos».

 

Tras estas santas palabras que me gustaría oír en la actualidad de Juan Pablo II, que quiere tanto a los jóvenes, no hay más que decir: “¡Así sea!”.

 

Un sacerdote

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Carta: Un sacerdote escribe a nuestra redacción española.

«Muy admirados amigos y doctos colaboradores de la revista:

 

Mucho me sirve para repasar temas teológicos y filosóficos su preciosa revista antimodernista. Hay temas que por no ser actuales en materia de historia de la Iglesia, o no caer fácilmente en las contradicciones doctrinales que estamos padeciendo, no tiene uno a mano esos preciosos datos escolásticos e informaciones oportunas al caso que aclaren más y mejor el contraste d e lo que se dice o se calla ahora y lo que la doctrina inmarcesible de la Iglesia Católica  siempre ha de defender con uñas y dientes. Incluso no me canso de leer lo que ya se sabe pero tan bien expuesto y con datos tan a la mano; es una delicia recibir su revista. Mejor título no lo han podido poner. Lo simple, no quiere decir sencillo, pero es incontestable. Es una vergüenza que los modernos “perros mudos” a que aludió el profeta Isaías, hagan la vista gorda a la evidencia y respondan con dos palabras diplomáticas, de cumplido, como eludiendo la caótica realidad, como me pasó recientemente cuando este año, mi obispo me prohibió (a través del párroco de San Marcelo de León) decir mi misa solemne, toda en latín, de Réquiem, por Franco, José Antonio y los gloriosos caídos, el 20-N como todos los años. Le escribí una carta de antología (ya publicada por Siempre P’adelante) con acuse de recibo. No tuvo valor para abrirla y me la rehusó. Se la envié al Nuncio y este se limitó a contestarme que “tomaba buena nota de mis escritos” y se limitó a felicitarme las Pascuas. Le repliqué diciéndole que no se moleste en escribir cartas así, que eso parece estar más escogido para diplomático que para pastor y que esa técnica solo tiene un nombre: ‘perros mudos’. Soy el capellán de la falange de León. Llevo muchos años diciendo esa misa en el centro de la capital (que tiene la placa de José Antonio en su frontispicio). Cada año, asisten más feligreses a esa misa.

 

Como en mis tiempos libres me dedico a la buena música, se me ocurrió componer ese último motete para tres voces graves. Y se me ocurrió por incluir al final esa hermosa frase Ubi Veritas et Justitia, ibi Charitas. Ciertamente donde hay amor, allí está Dios, pero es que el cimiento de ese tejado que remata la sobrenaturalidad del amor, está en la Verdad, pues el primer fruto del amor es la Justicia, el segundo la caridad y el tercero la poesía; no a la inversa. Espero les guste la “originalidad” de incluir esa expresión más necesaria y anterior a la caridad. Hoy, no se ama la Verdad y así nos luce el pelo. Hacemos mala teología porque nos apoyamos en malas filosofías.

Aquí, el clero baila al són de los tiempos. He dejado su revista a varios compañeros. No dicen nada. Aquí soy una isla que  o necesita islas a su alrededor. Mis superiores me evaden; otra cosa no pueden hacerme.

 

Felicitándoles el nuevo año, las nuevas publicaciones y su valor en la defensa de Dios y de su Iglesia, les saluda cordialmente en Cristo Rey y en María Reina, este cura raso»

 

Carta firmada

UN HOMENAJE INVOLUNTARIO A LA TRADICIÓN: LA PRETENDIDA CONTINUIDAD ENTRE EL “VIEJO” Y EL “NUEVO” RUMBO ECLESIAL

Un lector nos escribe:

«Rvdo. Sr. Director:

Leo su revista con interés y reconocimiento cada vez mayores, y saco de ella luz y aliento para seguir adelante en esta ‘noche’ tan oscura.

Me gustaría muchísimo un comentario suyo sobre lo que los ambientes denominados ‘conservado­res’ o ‘moderados’ saludaron como un acontecimiento memorable, es decir, la publicación por la editorial Ares del libro de Luigi Negri: Pio IX - Attualitá e Profezia. Se dijo lo siguiente al respecto en varios círculos, sobre todo en los más críticos con el, por así llamarlo, rumbo postconciliar: ‘¡Por fin un texto que hace evidente la continuidad sustancial entre el pontificado de Pío IX y el de Juan Pablo II, entre el Sílabo y la Dominus Iesus!’.

Creo que la operación, más allá de la buena fe del autor, es sólo un espejuelo para cazar alondras, y esconde un grave peligro para todos los ‘perplejos’, muchos de los cuales creerán, llevados de su ingenuidad, en la continuidad que así se finge. Pero espero un comentario suyo que aclare cómo están las cosas en realidad...».

Carta firmada

Una tentativa desesperada

No hemos leído el libro sobre el que nuestro suscriptor nos llama la atención, pero leímos otro que intenta lograr la misma cuadratura del círculo, esto es, hallar una continuidad allí donde la ruptura da en los ojos.

Pensamos que conocemos lo bastante a Pío IX y el nuevo rumbo eclesial para poder dar por seguro que los autores de esta desesperada tentativa no podrán demostrar jamás que los principios inspiradores del nuevo rumbo eclesial son conciliables con los principios católicos tradicionales, de los cuales fueron campeones y defensores incansables Pío IX primero, y todos los romanos pontífices después, hasta el concilio Vaticano II exclusive.

En cuanto a nosotros, como no podemos escribir un libro, nos detendremos en algunos puntos fundamentales, suficientes para probar la “curva en U” que trazó el concilio (la expresión no es nuestra, sino de un “conciliar”, el padre Sesboüe, S. I.).

Pío IX y le liberalismo político

Pío IX fue un enemigo incansable del “liberalismo político” y, en particular, del “liberalismo” que daba entonces los primeros pasos y que celebró en nuestros días su triunfo en el Concilio y lo sigue celebrando en el postconcilio.

Reconoció en el liberalismo político, que propugnaba la separación de la Iglesia y el Estado la pretensión de dar vida a una “civilización” sin Dios, no fundada ya en el derecho divino na­tural y positivo, sino en la libertad para el error y el mal (excepción hecha tan sólo de las más ineludibles exigencias del orden público); quienes quieren al Estado separado de la Iglesia -dijo- «abren el camino a la separación del orden natural y el sobrenatural, y preparan así la ruina de las costumbres de los pueblos y de todos los estamentos sociales» Alocución Consisto­rial del 9 de diciembre de 1854), porque «una vez quitada la religión de la sociedad civil y repudiada la doctrina y la autoridad de la divina revelación, se ofusca y se pierde también el concepto de justicia y de derecho natural, que tiene el mismo origen que aquéllas» (Alocución Consistorial del 11 de diciembre de 1862).

Lo que se está consumando en nuestros días, diríamos con el cardenal Siri, le da toda la razón  a Pío IX (carta a Monseñor Piolanti de adhesión a la Asociación de Promotores de la causa de Pío IX); ¡tan incapaz se muestra el hombre, sin la gracia de Dios, hasta de respetar el orden ins­crito en la naturaleza y, por ende, de vivir como hombre!

Por eso Pío IX se mostró incansable y firme en recordar a los soberanos de su tiempo los deberes que tenían para con Dios y el bien común de sus pueblos, y señaló en la separación de la Iglesia y el Estado la causa de todos los males que afligirían cada vez más a la sociedad y aca­barían derrocando de los tronos a los propios reyes.

¿Puede pensar nuestro suscriptor que Pío IX aprobaría el texto conciliar Dignitatis Humanae, que pretende, en nombre de la conciencia subjetiva, que los Estados, los católicos inclusi­ve, aprueben que se profesen públicamente las religiones falsas, y les reconoce a los que yerran el “derecho” a propagar sus errores, excepción hecha tan sólo de las más ineludibles exigencias de orden público?

Pío IX y el “catolicismo liberal”

Pío IX ve también con claridad en el “catolicismo liberal”, que quería oficiar de mediador en­tre la Iglesia y la sociedad moderna” (léase: liberal) y se oponía por eso a toda definición dogmática y a toda prescripción disciplinar que contrariase al “espíritu de los tiempos”, ve en el “catolicismo liberal”, decíamos, al enemigo interno de la Iglesia, al que temía más que a los “demonios” de la comuna de Paris. No vaciló en llamar por su nombre a las “razones” de los sedi­centes “católicos liberales”: «temor de sufrir los reproches de la que hoy llaman opinión públi­ca» y «amor a la popularidad y a los aplausos» (Discurso del 24 de mayo de 1 870).

Pío IX se percató de que los “católicos liberales” estaban dividiendo profundamente al mundo católico: «ellos -dijo- son mucho más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados [...] porque, retrayéndose de profesar ciertas opiniones reprobadas, aparentan probidad y pureza doctrinal, las cuales fascinan a los imprudentes amadores de la conciliación y engañan a los ho­nestos, que se opondrían al error declarado, y así dividen los ánimos, desgarran la unidad y enervan aquellas fuerzas que se deberían oponer unidas a los adversarios» (Per tristissima, 6 de marzo de 1873).

A Pío IX no le pasó inadvertido que los propios cardenales no se hallaban exentos del todo del “veneno pernicioso” del liberalismo (cardenal Pie); de ahí que les recordara lo siguiente, al res­ponder a las norabuenas del colegio cardenalicio con motivo de su 25º año de pontificado: «A vo­sotros y a mí Dios nos constituyó centinelas para velar día y noche por la seguridad de Sión [...] queremos decir de la Iglesia», pero «hay centinelas que creen, aduciendo vanos y especio­sos pretextos, que pueden acercarse al mundo y mostrarle que le aman [...] Los que desean ten­derle una mano amiga a este mundo, para establecer convenios con él, olvidan lo que el Apóstol San Juan nos dice claramente, a saber, que el mundo no conoce a Jesucristo [...] Y si el mundo no conoce a Jesucristo, o finge no conocerlo, ¿cómo es posible rendirle pleito homenaje y buscar sus favores?» (Discurso del 17 de junio de 1870).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado la “apertura al mundo” que quiso Juan XXIII? ¿Piensa que habría pronunciado alguna vez el discurso de apertura del Vaticano II, en el que el Papa Roncalli reprobó la lucha contra el liberalismo de todos sus predecesores? Se dis­tanció en dicho discurso (Gaudet Mater Ecclesia) de los «profetas de calamidades» que «no ven otra cosa que prevaricación y ruina en los tiempos modernos», y que no se percatan de que «es preciso reconocer los arcanos designios de la providencia divina en el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas»; exaltó, pues, como francamente ventajosa la separación de la Iglesia y el Estado, cosa que habían condenado sus predece­sores.

La “peor injuria” a la revelación divina

Con este discurso de apertura quedaba ya trazado el camino que iba a seguir el concilio: el del liberalismo político y del denominado “liberalismo católico”, que Pío IX había combatido y que acariciaba el propósito ni más ni menos que de conciliar la Iglesia con el “nuevo orden de cosas”, aunque éste se moviera en la línea del «alejamiento de un orden cristiano del mundo», según había advertido, en tiempos de Pío IX, incluso un anglicano como Benjamin Disraeli, famoso político inglés (Cf. si si no no del 15 de abril y 30 de abril del 2001: El Pontificado de Pío IX. Una Luz para nuestros Tiempos] ).

He aquí, en efecto, lo que pensaba Pío IX de los Estados aconfesionales (o pluriconfesiona­les), que el Vaticano II propugnó años adelante: «La igualdad de los derechos y de las confesio­nes religiosas [...] si se la quiere entender en el sentido de reconocer todas las religiones y tratarlas de mismo modo, infiere la peor injuria

que pueda hacerse jamás a la religión católica, única verdadera, fuera de la cual no hay salvación, y encierra el absurdo de revolver la verdad con el error, la luz con las tinieblas, con lo que pone por obra el monstruoso y fatídico prin­cipio del indiferentismo religioso, el cual [...] conduce necesariamente al ateísmo» (Carta al Emperador Francisco José del 19 de febrero del 1864).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado la Dignitatis Humane y la consiguiente liquidación de los últimos Estados católicos, entre los cuales se contaba Italia?

Pío IX y el ecumenismo

Pío IX escribió lo que sigue, al anunciar a todos los protestantes y acatólicos la convocato­ria del concilio Vaticano Iº: «Y en verdad, nadie puede negar ni poner en duda que Cristo, para aplicar a todas las generaciones humanas los frutos de su redención, estableció en la tierra sobre Pedro una sola y única Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica, y que le dio todo el poder necesario para que el depósito de la fe se conservara íntegro e inmaculado, y para que esta misma fe se comunicara a todos los pueblos, gentes y naciones [...] Empero, el que ahora considere y estudie atentamente la situación en que se encuentran las va­rias e incoherentes sociedades religiosas, separadas de la Iglesia católica [...] se convencerá fácilmente de que ninguna otra sociedad particular, ni todas juntas reunidas, constituyen ni son en manera alguna esta Iglesia una y universal que Cristo Nuestro señor estableció, constituyó y quiso que existiera, y de que ninguna de ellas puede considerarse tampoco como miembro o parte de esta misma Iglesia, pues que están visiblemente separadas de la unidad católica [...] Aprovechen, pues, todos los que no poseen la unidad y la verdad de la Iglesia católica, la ocasión de este Concilio, en que la misma Iglesia Católica, a la cual pertenecían vuestros padres, da una nueva prueba de su estrecha unidad y de su invencible vitalidad; y satisfaciendo las necesi­dades de su corazón, esfuércense por salir de ese estado, en el cual no pueden estar seguros de su propia salvación» (Iam vos omnes, 13 de septiembre de 1868).

El doctor Cumming, de Escocia, hizo preguntar si los disidentes podían presentar sus argumentos en el concilio. Pío IX respondió que «la Iglesia no puede permitir que se vuelvan a debatir errores que ya fueron cuidadosamente examinados, juzgados y condenados» y señaló en el Primado «el quid de la cuestión debatida entre los católicos y los protestantes; de tal disen­sión -dijo- fluyen como de su fuente todos los errores de los acatólicos» (Per ephemerides acce­pimus, dirigida a Monseñor Manning, 4 de septiembre de 1869).

¿Piensa nuestro suscriptor que Pío IX habría aprobado el diálogo ecuménico que puso en marcha el decreto Unitatis redintegratio, así como el diálogo interreligioso que empezó la declaración Nostra Aetate? ¿Piensa que habría aprobado el “malbaratamiento” ecuménico del Primado que se viene proyectando en las altas esferas desde hace algunos años?

Admisiones calificadas

Mas ¿por qué seguir documentando la ruptura? Ésta la admiten muchos sostenedores del concilio. Además del testimonio que referimos antes, el del jesuita Sesboüe, quien habla de “curva en U”, tenemos también el del entonces cardenal Ratzinger en Les principes de la théologie catholique, ed. Tequi, 1985. Escribe Ratzinger que la Gaudium et Spes (a la que se considera cada vez más como el «verdadero testamento del concilio») «es una revisión del Sílabo de Pío IX, una especie de contra-Silabo» (pp. 426 ss.); y luego de recordar que el Sílabo “trazó una línea de separación” con respecto al liberalismo imperante en el siglo XIX, precisa que la Gaudium et Spes (y, por ende, el concilio, cuyo “testamento” es) «desempeña», por el contrario, «el papel de un contra-Sílabo en cuanto que constituye una tentativa ofi­cial de reconciliación de la Iglesia con el mundo cual había llegado a ser éste después de 1789» [año de la Revolución Francesa], es decir, con el «espíritu de los tiempos

modernos» (vide sì sì no no, 31 de enero de 1986, ed. italiana, pp. 1 ss.: Vaticano II: Rottura o continuitá?).

Queda probado así que mientras que Pío IX declaraba al liberalismo inconciliable con la doc­trina católica (el Sílabo es un texto doctrinal), con lo que le cerraba el paso -igual que hi­cieron su predecesor Gregorio XVI y sus sucesores los Romanos pontífices todos hasta el concilio exclusive-, el Vaticano II, en cambio, fue una “tentativa oficial de reconciliación” con el mismo liberalismo. Las ruinas que se van acumulando en el mundo católico desde hace mas de 40 años evidencian la magnitud de su fracaso.

Así y todo, los esfuerzos que se realizan para hallar una continuidad allí donde es patente la ruptura tienen un significado: son un homenaje involuntario a la Tradición, cuya memoria se reconoce que la Iglesia católica no ha perdido ni perderá jamás.


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NO TENEMOS EL MISMO DIOS: UNA PRUEBA SENCILLÍSIMA

Recibimos y respondemos

«Rvmo. Sr. Director:

Me agradaría sobremanera que alguno de los valerosísimos articulistas de sì sì no no se encargara de comentar, en uno de los próximos números de la revista, la toma de posición de Su Santidad Juan Pablo II, quien afirmó públicamente y de manera inequívoca que cristianos, judíos y moros adoran al mismo e idéntico Dios, aunque bajo nombres diferentes, razón por la cual deben sentir que también la religión los hermana y los hace iguales en todo. Dejando aparte por el momento la enormidad de tamaña afirmación, que me turbó sobre todo encarecimiento, hago y les hago a ustedes humildemente una pregunta: a juzgar por lo que nos dicen al pie la letra los libros sagrados de las tres principales religiones monoteístas, ¿de veras tienen algo en común el Dios Padre de los cristianos, el Yahvé de los hebreos y el Alá de los musulmanes, aparte el hecho de imponer los tres a sus creyentes este mandamiento fundamental: “Yo soy tu único Dios y no te está permitido adorar a ningún otro Dios fuera de mi”?

Le doy las gracias por anticipado y le presento mis más devotas salutaciones en Cristo».

Carta firmada

Considerando que “libros sagrados”, es decir, libros escritos bajo el influjo de la inspiración divina, lo son nada más que los custodiados por la Iglesia Católica (Antiguo y Nuevo Testamento), hay un modo sencillísimo, sin necesidad de molestarse en consultarlos, de conocer y mostrar que nosotros, los cristianos, no tenemos “el mismo Dios” que judíos (la actual, que no cree en Jesucristo) y musulmanes: invitar a un judío o a un sarraceno a recitar el acto fe que recita todo cristiano y con el cual profesa las dos verdades principales de la fe cristiana, indispensables para la salvación: “Dios mío, creo firmemente todo lo que revelasteis y la santa Iglesia nos propone. Y creo expresamente en vos, único y verdadero Dios en tres personas iguales y distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y creo en Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó y murió por nosotros, el cual retribuirá a cada uno, según sus meritos, con la vida o la pena eterna. Quiero vivir siempre según esta fe. ¡Señor! aumentad mi fe.

Ningún judío o mahometano aceptará recitar este acto de fe, bien porque ninguno de ellos le reconoce autoridad alguna a la Iglesia, a la cual encomendó el Verbo encarnado la custodia y explicación infalible del “deposito de la fe”, ya porque el primero rechaza como una herejía, y el segundo como una “blasfemia” (cf. Alcorán, azora 1, aleya 110), que Dios, siendo uno en naturaleza, sea también trino en personas, y que Jesucristo sea el Hijo de Dios verdadero (los musulmanes enseñan también, por añadidura, que no fue crucificado en realidad).

Está claro que, al no poder recitar el mismo acto de fe, cristianos, moros y judíos no tienen el mismo Dios ni la misma fe. La astucia ecuménica, que no engaña a nadie (excepto a algunos pobres cristianos), estriba en oscurecer las dos verdades principales de la fe cristiana, como si fuesen marginales y no necesarias para la salvación, limitándose a destacar la unidad de naturaleza en Dios, que es el único punto común a las tres religiones “monoteístas”.

Pero, si bien se mira, los cristianos tampoco tenemos el mismo “monoteísmo” que el judaísmo y el Islam, porque mientras el monoteísmo de éstos afirma que Dios es uno en naturaleza y uno también en cuanto a la persona, el monoteísmo cristiano, en cambio, lo confiesa uno en naturaleza y trino en personas.

Así que no nos dejemos engañar. Es tiempo de fe (casi heroica) y de fidelidad. Y tampoco es menester escrutar los libros sagrados (los verdaderos, se entiende) para permanecer fieles; basta el catecismo de San Pío X, que resume exacta y límpidamente la fe constante de la Iglesia, que se funda solidamente en los libros sagrados, además de en la tradición.

De todos modos, remitimos, para un tratamiento más amplio, a sì sì no no, 15 de octubre de 1990, pp. 1 y ss.; 28 de febrero de 1991, pp. 1 y ss., y 15 de junio de 1991, pp. 1 ss.

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