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¡SURSUM CORDA!

SAN ANTONIO ABAD Y LA CRISIS ARRIANA

Un sacerdote, desanimado, responde a nuestro artículo “Los Puntos Irrenunciables para una Curación de la Iglesia” (15 de septiembre del 2005, pp. 1 ss.) que la Iglesia es “ya incurable”. No es así. La fe nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y la historia nos confirma que a toda aparente victoria del enemigo le siguió siempre un renacimiento triunfal de la santa Iglesia de Dios. La fe y los santos nos aseguran también que nada de eso ocurre sin un permiso especial de la providencia divina, como lo atestigua el siguiente fragmento de “La Vida de Antonio”, escrita por san Atanasio.

“Una vez, mientras san Antonio estaba sentado, absorto en el trabajo, lo sorprendió una visión, y, gimiendo, pasó largo tiempo en dicha contemplación. Al cabo de una hora, vuelto hacia los presentes, gimió y se puso a rezar entre temblores; permaneció así largo rato, hincado de rodillas. Luego el viejo se levantó y rompió a llorar. Los presentes temblaban y, llenos de temor, deseaban que les contara algo. Lo apuraron tanto, que se vio forzado a hablar. Gimiendo mucho, les dijo: “Es mejor morir antes de que sucedan las cosas que he visto”. Los otros siguieron suplicándole, por lo que añadió, entre lágrimas: “La Iglesia está a punto de sufrir la ira de Dios; y de ser entregada a hombres semejantes a los brutos. He visto la mesa del Señor: en torno a ella había muchos que coceaban a las personas que se hallaban dentro con unas coces propias de bestias salvajes. He aquí por qué habéis oído mis gemidos. Escuché una voz que decía: -Contaminarán mi altar”.

Estas cosas vio el viejo. Dos años después se verificó la irrupción de los arrianos y el saqueo de las iglesias. Llegaron aquéllos hasta el extremo de arrebatar por la fuerza los utensilios sagrados y entregárselos a los paganos para que se los llevasen; además, obligaban a éstos a abandonar los puestos de trabajo para participar en sus reuniones, y así hacían lo que querían sobre los altares. Entonces todos comprendimos que las coces de los mulos que había presagiado Antonio representaban aquellas cosas que ahora los arrianos hacen como bestias.

Cuando tuvo esta visión, Antonio consoló a los presentes y les dijo: “Hijos, no os desaniméis. Así como el Señor está ahora airado, así y por igual manera proveerá luego a la curación. La Iglesia recobrará presto su belleza y resplandecerá como de costumbre; veréis volver a los perseguidos y a la impiedad encerrarse en su guarida, y la fe cristiana será proclamada por todas partes en plena libertad. Con todo, preocupaos de no dejaros contaminar por los arrianos: la suya no es la enseñanza de los Apóstoles, sino la de los demonios y su padre, el diablo; es una enseñanza infecunda, absurda, de una mente no recta, semejante a la irracionalidad de los mulos'“.

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