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EL CAN FIEL Y LOS PASTORES ASESINOS

El gran Miguel de Cervantes nos representa, en una de sus novelas ejemplares, la decadencia de costumbres de su tiempo tal y como la ven dos perros, Cipión y Berganza, que narran sus aventuras el uno al otro. Ficción poética, pero que aspira a hacer comprender la realidad bajo velo de metáfora; y lo hace tan bien, a nuestro juicio, que puede reproducirse inalterada, casi cuatro siglos más tarde, a título de fábula capaz de hacernos entender la causa profunda de la corrupción que nos aflige y de la aparente imposibilidad de remediarla, cosa que nos aflige aun más. De ahí que nos parezca oportuno transcribírsela a nuestros lectores, con este único comentario: el evangélico "quien tenga oídos para oír, que oiga".

CIPIÓN.- Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres.

BERGANZA.- Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por parecerme que comía el pan de mi sudor (1) y trabajo, y que la ociosidad (2), raíz y madre de todos los vicios, no tenía que ver conmigo, a causa de que si los días holgaba, las noches no dormía, dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma (3) los lobos; y, apenas me habían dicho los pastores, ‘¡al lobo, Barcino!’, cuando acudía, primero que los otros perros, a la parte que me señalaban que estaba el lobo: corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al hato, sin haber hallado lobo ni rastro del, anhelando, cansado, hecho pedazos y los pies abiertos de los garranchos (4); y hallaba en el hato, o ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo. Desesperábame de ver cuan poco servia mi mucho cuidado y diligencia. Venía el señor del ganado; salían los pastores a recibirle con las pieles de la res muerta; culpaba a los pastores por negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos: llovían sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y ¡as!, viéndome un día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino estarme junto a él; que, pues el lobo allí venía, allí sería más cierta la presa.

Cada semana nos tocaban a rebato (5), y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agacheme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasmeme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al punto hacían saber a su amo la presa del lobo, débanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros. No había lobos, menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo, hallábame mudo. Todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. ‘¡Válgame Dios! -decía entre mí-, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quien será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?’.

sì sì no no

Notas:

1) "comía... sudor": alude al Génesis, 3, 19.

2) "ociosidad": es uno de los lugares comunes más transitados por los autores de la época, muy especialmente por M. Alemán: «Es la ociosidad campo franco de perdición, arado con que se siembran malos pensamientos, semilla de cizaña, escardadera que entresaca las buenas costumbres, hoz que siega las buenas obras, trillo que trilla las honras, carro que acarrea maldades y silo en que se recogen todos los vicios».

3) "a arma": alarma.

4) "garranchos": ramos desgajados, pinchos.

5) "a rebato": como "a arma", que dijo antes, pero engañosamente.

La trascripción procede del Coloquio de los Perros, pp. 283-285, de Miguel de Cervantes, Novelas Ejemplares (selección), Ed. Espasa Calpe (3ª edicion), Madrid, 1997.

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