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EL CASO EMBLEMÁTICO DE UN TEÓLOGO QUE “MUDÓ DE PARECER”

El 2 de enero de 1997, Su eminencia el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, declaró que el teólogo Tissa Balasurija, O.M.I. (Oblato de María Inmaculada), originario de Ceilán, había incurrido en la excomunión latae sententiae por haber negado, en su libro Mary and Human Liberation, los dogmas de la concepción inmaculada de María, la virginidad de ésta y su asunción a los cielos en cuerpo y alma (¡y menos mal que se trataba de un oblato de María Inmaculada!).

El mismo cardenal Ratzinger notificó también, en 1998, que se había levantado la excomunión susodicha debido a la enmienda del teólogo en cuestión. Sin embargo, se puede hallar en los anaqueles de las librerías (de las “católicas” sobre todo, por desdicha), desde hace algún tiempo, un libro titulado La Agenda del Nuevo Papa, que recoge una serie de intervenciones de “teólogos” y “teólogas” de los cinco conti­nentes, que le sugieren al sucesor de Juan Pablo II los puntos cruciales que ha de abordar du­rante su pontificado.

Entre estos “consejeros” del futuro Papa encontramos también a nuestro “hijo pródigo” arrepentido, quien, como chico obediente, no propone de nuevo sus herejías marianas, pero, a cambio, alberga la intención de demoler el cristianismo a ras de suelo.Presentamos aquí los pasajes más “interesantes” del teólogo “que mudó de dictamen”, a quien, con todo, hemos de reconocer el mérito, por decirlo así, de afirmar claramente lo que muchos otros piensan, sostienen y enseñan al abrigo de camuflajes camaleónicos. Después de un rápido travelín sobre los Papas del siglo XX, desde Pío XII, culpable de repri­mir «nuevas investigaciones teológicas como las de Theilard de Chardin, Karl Rahner e Yves Con­gar, quienes urgían mucho en pro de una mayor apertura de la Iglesia al mundo moderno» (1), hasta Juan XXIII, quien «trajo consigo tendencias revolucionarias con sus proyectos sobre la puesta al día de la Iglesia y con su candorosa apertura a la gente y a las tendencias modernas», y que finalmente, «quitó los cepos a la investigación teológica y a la acción de la Iglesia para que se impulsara a ésta a hacer crecer en el mundo las tendencias democráticas e igualitarias» (op. cit., p. 164), el teólogo Balasurija nos revela el motivo de que incluso algunos católicos rechacen la auto­ridad papal: «se debe a que están convencidos de que hay algo profundamente inadecuado en sus directrices o en su titular». ¿Y entonces? Entonces «el nuevo Papa puede ser un guía efectivo para mantener la paz en el mundo y quizás para crear un mundo más justo [¿a desempeñar este papel «humanitario” se ve reducido el vicario de Cristo?] si se abre a los signos de los tiempos y a los vientos de cambio que soplan en nuestro planeta» (!) (op. cit., pp. 165-166). 

 

¿En qué ámbitos deberá verificarse la “conversión” del nuevo Papa?

 

En el interior de la Iglesia

 1. Magisterio «Uno de los puntos que le causó problemas a la Iglesia Católica en el mundo -nos dice T. Balasurija, O.M.I.- fue la convicción de que sólo ella poseía la verdad plena y de que el reconocimiento de esta verdad era esencial para la salvación eterna de todos los seres huma­nos. Dicha pretensión condujo a la Iglesia Católica a una actitud de exclusivismo que le negaba poder salvífico a las demás fes y a cualquier otro líder espiritual distinto de Jesucristo» (op. cit., p. 166). 

 

Fuerza es admitir que Balasurija tiene las ideas mucho más claras que muchos otros tocante a lo que fue siempre la doctrina de la Iglesia Católica, y que le debemos reconocer, al menos, la honestidad de no tergiversar la enseñanza tradicional para su uso y consumo personales. Como quiera que sea, podemos tranquilizar a él y a todos los que comparten esta crítica suya: no estáis solos ni debéis tomarla con la postura que asumió la Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual ratificó, en la Dominus Iesus, que Jesucristo es el único salvador del mundo. En efecto, en tal documento no se adopta una posición “anacrónica” de tipo aut-aut. Basta releer los parágrafos 7 y 8: todas las religiones y todos los hombres participan del misterio de Cristo, por lo que no carecen de la gracia divina. Se trata tan sólo de un pequeño retoque dictado por la prudencia: en lugar de afirmar a boca llena el valor salvífico de toda religión en sí misma, basta con asegurar la conexión de toda religión con Jesucristo... ¡y ya está urdido el engaño! 

 

Cuanto a la exigencia según la cual es menester cambiar de idea respecto al objeto de las mi­siones: «no hay que buscar ya la conversión de las personas a la Iglesia como medio necesario de salvación...» (op. cit., p. 168), también aquí hay que saber lo que se dice.

Es suficiente con ampliar el con­cepto de Iglesia, sin limitarlo a la vieja y embarazosa Iglesia Católica, o bien, si se quiere, se puede seguir hablando de Iglesia Católica, aunque precisando que ésta no es tanto una reali­dad visible cuanto una realidad invisible, espiritual, mística...

Así puede entrar todo y lo contrario de todo en la “Iglesia Católica”, y se puede seguir hablando de “conversión” sin que esto sea óbice para el “diálogo ecuménico”. Una vez rechazado el criterio de la transmisión del dogma eodem sensu, eadem sententia, cualquier entendimiento es posible. 

 

2. Santificación «El nuevo Papa -escribe Balasurija- debe motivar a los cristianos a ser más altruistas y abiertos al reparto, más hospitalarios y disponibles, más capaces de amar y de sostenerse unos a otros. Éste es, naturalmente, el mensaje fundamental del cristianismo y de las religiones del mundo [...]. El nuevo Papa debería poner bien en claro que la misión de la Iglesia es la de construir una comunidad humana justa y pacífica...» (op. cit., p. 169). Claro que sí: ésta es, “naturalmente”, la enseñanza fundamental del cristianismo; y entonces, ¿por qué complicarse la vida diciendo que, “sobrenaturalmente”, el mensaje fundamental de Cristo es la salvación de las almas para la mayor gloria de Dios?

Una vez removido dicho adverbio em­barazoso (“sobrenaturalmente”), podemos luchar por fin, codo con codo, con todas las “religiones del mundo” para realizar «un reino en que todos compartan los bienes: de la tierra de manera equitativa viviendo en paz y alegría», y “tirar de las orejas” a los católicos occidentales, que «están tomando una porción indebida de los recursos del mundo, y la están defendiendo con su poder armado» (op. cit., pp. 170-171). Más: «Al nuevo Papa le incumbe el cometido de probar a poner remedio a siglos de incomprensiones y distorsiones de la enseñanza de Jesús [...] Así los cristianos pueden unir sus esfuerzos con los de las otras personas de buena voluntad, independientemente de las diferentes orienta­ciones de fe [...] Los valores fundamentales de las religiones mundiales pueden indicar a todos la sabiduría de la humanidad, inspirada en la racionalidad y la conciencia» (op. cit., p. 172). 

 

También podemos tranquilizar a nuestro “teólogo” sobre este punto: puede que, por morar en Ceilán, no se haya percatado de que esa invitación a todas las religiones para que sean cons­tructoras de paz, de justicia, etc., hace mucho que constituye el hilo conductor de la enseñanza de la mayor parte de los obispos y de los pontífices actuales, quienes proveen de ese modo “a poner remedio a siglos de incomprensiones y distorsiones de la enseñanza de Jesús”. 

 

3. Gobierno ¡Devolución y libertad! Éste debe ser, al decir de Balasurija, el lema que ha de inspirar la reforma de la estructura del gobierno eclesiástico. Hay que evitar lo que pasó, p. ej., en el caso de la contracepción, bajo el pontificado de Pablo VI, cuando, con la Humanae Vitae, «se llevó la contraria al parecer de importantes comisiones eclesiásticas, en detrimento de la pas­toral eclesial...» (op. cit., p. 175). Se debe poner fin al centralismo romano y dar más libertad a las Confe­rencias Episcopales. Más aún: «El nuevo Papa debería prestar seria atención al problema de la rápida disminución del clero activo en la Iglesia Católica» ¿Cómo? «O el Vaticano aprueba la ordenación de las mujeres -con tal que éstas quieran [¡cuánta delicadeza!]-, o se verá constreñido a considerar el hecho de que los laicos (hombres) administren la eucaristía [...] Ya se ha abandonado en gran parte, en todo el mundo, la práctica de la confesión auricular con un sacerdote [...] Otro problema a considerar es el de si la comunidad debe congregarse regularmente todos los domingos, visto el claro descenso de la participación en la misa dominical en la mayor parte de los países del mundo [...] El nuevo Papa liberaría en la Iglesia un fuerte potencial de inspiración y de energía creativa [¿una new age?] si convocara un nuevo concilio ecuménico [¡bis!] [...] Eso sería una apertura valiente al Espíritu y también al mundo del siglo XXI [mejor dicho: al «espíritu” del siglo XXI], que ha cambiado sustancialmente desde 1965, cuando terminó el Vaticano II» (2). 

 

No está mal como programa de reforma, o, por mejor decir, de revolución radical en la Iglesia. Proponer que se convoque un nuevo concilio nos parece muy coherente. En efecto, la tan cacarea­da “puesta al día” exige que se camine al paso de los tiempos, y ya se sabe cuán rápidos son los cambios hoy día. ¿Por qué, pues, no convocar un concilio periódicamente, quizás cada quince años, o incluso instituir de manera oficial un concilio permanente? 

Relaciones con el exterior

1. Apertura a las sectas heréticas y/o cismáticas Tissa Balasurija, O.M.I., responde al llamamiento de Juan Pablo II, quien pidió le ayudaran a reconfigurar el ejercicio del primado (que ya había sido reconfigurado en el acto mismo de no recabar más ministerio que el de presidir en el amor; cf. Ut unum sint), aconsejando: «Las otras iglesias estarían dispuestas a aceptar el primado del Pontífice Romano si no se entrometiera demasiado ni pretendiera gozar de autoridad sobre los demás en materia de fe y disciplina [un “papado-pelele” en la práctica] [...] Y sería digno de ver cuántas son las diferencias en cues­tiones dogmáticas tocante a las cuales no hay ninguna directriz clara por parte de Jesús o de la revelación divina. Las causas de la división son de origen eclesiástico más tardío...» (op. cit., pp. 177-178).¡Por fin dimos con la causa de todos los males: la Iglesia! No “la Iglesia de los orígenes”, como es obvio, en la cual se han “inspirado” siempre todos los herejes de todos los tiempos, sino la “más tardía”: la medieval, la teocrática de Gregorio VII, de Bonifacio VIII; la fastuosa del Renacimiento; la retrógrada y antiprogresista de Gregorio XVI, de Pío IX, de Pío X... ¡Papas todos fautores de divisiones, que no comprendieron las directrices de Jesús ni la revelación di­vina!¿Por qué diablos limitarse entonces a reformar el papado? ¿Por qué no abolirlo del todo y conjurar así en su raíz el peligro de que vuelvan las lóbregas sombras de la Iglesia “más tardía”, que sólo hoy se han disipado a la luz de Juan XXIII? 

 

2. Apertura a las religiones falsas 

«La Iglesia -escribe Balasurija- sostuvo por más de un milenio que toda la humanidad había caído irremediablemente a causa del pecado original. La doctrina decía que la salvación de di­cha caída universal se había verificado por medio de la muerte de Jesús, el Hombre-Dios, el único que podía ofrecer una reparación y satisfacción adecuadas a Dios Padre ofendido. A causa de esta teología y de sus límites culturales, la Iglesia Católica fue intolerante para con las otras desde el siglo IV hasta mediados del siglo XX, aproximadamente [no está nada mal, ¡un error que duró más de dieciséis siglos!] Los católicos pensaban que las otras fes no eran medios de santificación ni de salvación personal para sus seguidores [...] Es menester que los católicos investiguen mejor ‘por qué’ fueron intolerantes durante la mayor parte de sus 2000 años de historia» (op. cit., pp. 178-179).

¡Sí, cierto! ¿Cómo diablos se explica que la Iglesia, que el Señor fundó sobre Pedro, a la cual le garantizó la asistencia del Espíritu Santo y por ende, la infalibilidad, a la que prometió que el Maligno no prevalecería contra ella, cómo se explica, decíamos, que haya podido equivocarse durante casi toda su historia? También aquí bastará con usar de un poco de ingenio: pasar de la concepción tradicional relativa a la Iglesia (es decir, la que la define como visi­ble, jerárquica, católica y romana) a la concepción de una iglesia espiritual, que vive en el interior del corazón de cada cual, por lo que no es hacedero identificarla históricamente. De este modo, la Iglesia, la “verdadera”, la “originaria”, la democrática, liberal, humanitaria... habría estado presente, en estos dos mil años, en el corazón de los hombres “rectos”, de los hombres “de buena voluntad”, como Giordano Bruno, Juan Hus, Martín Lutero y todos los here­jes, cuya rehabilitación, a título de “profetas” incomprendidos por la Iglesia (finalmente li­berada e iluminada por Juan XXIII), ha asumido la “neoteología”. 

 

3. Apertura a la “secularización y a la modernidad” «A lo largo de los siglos -nos dice Balasurija-, la Iglesia Católica debió aprender mucho [sic] de la secularización de los pueblos occidentales [...] Tuvo que aprender de la sociedad secular el valor de conceptos e instituciones como la democracia, la libertad religiosa y los derechos de las mujeres [...] Si examinamos el ‘Sílabo de los errores’ de Pío XI [en rea1idad, es de Pío IX], del 1864, veremos qué lejos estaba entonces la Iglesia Romana de aquella racionalidad de la vida personal y social que estaba madurando en el mundo occidental [...] Hoy, to­cante a la familia, la Iglesia debe adoptar una actitud de escucha y darse cuenta de que hay comunidades indígenas que pueden aceptar la  poligamia o la poliandria como legítimas [¡mire usted dónde acaba la “racionalidad” de la vida social y personal], y de que en las modernas sociedades occidentales también la familia nuclear está dejando paso a formas de emparejamiento no selladas por el matrimonio» (op. cit., p. 180). ¡Faltaba la guinda sobre la tarta! 

 

Les ahorramos a nuestros lectores la continuación de los delirios del teólogo Balasurija, O.M.I., readmitido a la comunión de la Iglesia Católica por “benévola” concesión del cardenal Rat­zinger. Que cada cual considere qué “maravilloso ejemplo” se dio a la sazón de apertura y “tole­rancia” para con el descarriado y sus errores. Hemos ironizado algún tanto en este artículo, pero la realidad es muy triste. No podemos dejar de hacernos, ni dejar de hacer a quien corresponda, las siguientes preguntas:¿No son graves acaso todas las afirmaciones anteriores? ¿Por qué se deja entonces a su autor en la comunión de la Iglesia Católica? ¿Es que se comparten sus opiniones? ¿O bien se trata de negligencia por parte de quienes deben verificar la ortodoxia de las posiciones de este teólogo y religioso? ¿O es que ha habido presiones por parte de algún obispo, o incluso de alguna Confe­rencia Episcopal? 

 

En cualquier caso, ésta es una nueva prueba de que hoy los pastores, según profetizó Ezequiel, sólo se apacientan a sí propios: no cuidan ya el rebaño en lo más mínimo, pues ven venir al lobo y se dan a la fuga; peor aún -la “puesta al día” obliga-: ¡ven al lobo y le abren las puertas del redil!

Brunone

Notas:

 

(1) L'agenda del nuovo Papa, edición de L. de Paoli y L. Sandri, Editori Reuniti: Roma, 2002, p. 163.

(2) L'agenda..., op. cit., pp. 176-177. La idea de un nuevo concilio tomó cuerpo mediante una petición, firmada primero por treinta obispos, brasileños sobre todo, y luego por muchos otros obispos, hombres y mujeres católicos.

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