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HEMOS LEIDO PARA USTEDES

¡Oh, lo veo y lo comprendo harto claramente! La inmensa mayoría de los hombres de nuestros días te condena a muerte otra vez, y mucho más atrozmente que cuando fuiste condenado por el propio Pilato. Pilato, al menos, reconocía tu inocencia, mientras que el mundo de hoy te juzga verdaderamente culpable, puesto que tu ley se le opone diametralmente, por lo que ha jurado anonadarla, o, cuando menos, desnaturalizarla, cueste lo que cueste.

Contra ti, contra ti solo, se dirigen todas las conjuras de los malos; están resueltos a no darse reposo hasta que todos tus verdaderos adoradores sean sus aliados. (...)

Pero hay una herida oculta que te resulta más amarga todavía; un velo tupido me esconde el secreto de amor de tu corazón.

Mi corazón está desgarrado y te sigo por doquier para compartir tu pena; pero casi no oso hablarte de ella sino con mi llanto. Soy como un tierno infante que recibe, sin saber explicarlo, ciertas confidencias de su papá; si te pido explicaciones parece que, juzgándome demasiado débil para entenderlas, te contentas con mis lágrimas y con mostrarme la vehemencia de tu dolor.

Sí, lo entiendo; se trata de tus sacerdotes, mil veces más queridos para tu corazón que lo es la esposa más amada para su marido. Nada consuela a un amor herido, ni puede resolverse a castigar; y, sin embargo, ninguna compensación puede resarcirlo. (...)

¡Oh dignidad real de los sacerdotes! ¡Vuestra sola presencia aplastaría al ejército de los filisteos si tuvieseis la fe que merece de vuestra parte el “Rey de Reyes”!

Considerad, pues, lo que sois, lo que son los impíos, lo que son los cristianos, lo que es la Iglesia y lo que es la sociedad, lo que todos vamos a llegar a ser si Jesucristo no se revela.

Reconoced vuestra injusticia para con el Salvador, de quien lo habéis recibido todo, al cual nada le habéis dado, de quien todo podéis esperarlo, al cual no pedís casi nada.

Cesad, cesad de apoyaros en criaturas mortales, de esperar en los hombres, sean quienes fueren y cualesquiera que fueren sus recursos, para esperar sólo en Dios, que salvó al mundo y es el único que puede salvarlo aún. Apresuraos a llamar a la puerta del tabernáculo para decirle a Jesús que se levante y haga justicia a su Iglesia.

Sacerdotes, no retraséis más la liberación del pueblo de Dios, el consuelo de la Iglesia, la salvación del pueblo, con cifrar vuestra esperanza en los recursos de la política de los hombres; no obliguéis más al Señor, que no puede resistiros, a retrasar la gran intervención de su misericordiosa justicia.

¿De qué sirve repetirle siempre: “Señor, danos buenos magistrados, diputados honestos y ministros concienzudos”?

Decid, decid más bien: “Señor, ven tú mismo en nuestra ayuda. Tú solo eres el Salvador; no hay otro sino tú”.

Con la cruz, con lo que había de más vil en el universo, abatiste una vez a todos los poderes de la tierra y del infierno juntos. ¿Acaso te sirve hoy un instrumento mejor? Danos sólo una señal, y toda la tierra temblará; los impíos obstinados morderán el polvo, y los hijos de Dios se alegrarán. ¿Hasta cuándo, Gran Rey, soportarás que los enemigos de tu santo nombre insulten la piedad de tus fieles adoradores y exclamen con insolencia: “¿Dónde está, pues, su Dios?”.

Paolina Maria Jaricot

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EL ISLAM, ¿“AZOTE” DE DIOS?

Recibimos y respondemos

«Estimado Sr. Director:

Ahora que se ha aclarado definitivamente que los atentados que conmocionaron Londres hace tiempo fueron obra de neófitos islámicos, hijos de inmigrantes perfectamente integrados ya con los ingleses, resta por resolver el problema de cómo podemos defendernos en Italia de ataques análogos, que pueden provenir, en cualquier momento, de cualquier frecuentador de las mezquitas presentes en nuestras ciudades.

Así pues, no podemos hacer otra cosa que lamentarnos con retraso e inútilmente por haber dado vía libre, gracias a los ambiguos actos conciliares, al lema publicitario de los “tres monoteísmos” y de la “sociedad multiétnica y multirracial”.

Los árabes -directamente o por medio de personas interpuestas- se apresuraron a aprovechar la ocasión que se les brindaba, desde 1967 ya, de conquistar el occidente cristiano mediante la emigración, subvencionando con petrodólares las campañas abortistas de la década de los 70 y organizando una emigración salvaje de “desesperados”, mahometanos todos a machamartillo. ¿Y qué hizo nuestra jerarquía? Suprimió del concordato la “confesionalidad del Estado” y dio luz verde a la construcción de la mezquita de Roma.

La única esperanza que nos resta ahora es que Italia no se encuentre entre aquellas naciones que han de “perder la fe”, según se prevé en la profecía de Fátima, y que se propague aún más el rezo del Santo Rosario entre las familias y las iglesias».


Carta firmada

Estimado amigo:

Il Giornale del 23 de mayo del 2004 publicó la entrevista que le hizo Stefano Lorenzetto al obispo Cesare Mazzolari, misionero comboniano en el Sudán, en una zona que no estaba a la sazón completamente subyugada por el islam, lo que le permitía todavía cierta libertad de acción y de palabra (no sabemos si éste sigue siendo el caso en la actualidad).

La franqueza y el coraje de este obispo “de frontera” son admirables. Más aún lo son su clarividencia y la conciencia que posee de que no tendríamos tanto que temer de los agarenos si no fuéramos tan malos cristianos. Mucho nos tememos, por el contrario, que el Islam es el “azote” de Dios, como lo fueron a su tiempo los asirios para con el pueblo elegido. Dios terminará por quebrar la “vara”, igual que entonces, pero sólo después de haberla usado para corregir a sus hijos rebeldes.

Un mundo ciego y sordo

«Se está acercando el momento del martirio -dice el obispo-. Espero que el Señor nos dé la gracia de arrostrar esta efusión de sangre. Hace falta una purificación. A muchos cristianos los matarán por su fe, pero de la sangre de los mártires nacerá una nueva cristiandad [...] O bien Dios nos mandará a una persona carismática, capaz de abrir un camino nuevo, o bien permitirá un castigo, una prueba adecuada que nos restituya el juicio. Vivimos en un mundo ciego y sordo. Necesitamos un sacudión tremendo.

D. ¿Convierte usted a muchos musulmanes?

R. Ni por pienso. Acercarse a un islamita significaría condenarlo a muerte. Además, quien se convierte espontáneamente se ve luego forzado a huir; pero se le alcanza y castiga incluso a miles de kilómetros de distancia.

D. ¿Y hay católicos que abracen el islam?

R. Sí, por desgracia. Al menos tres millones se trasladaron al norte empujados por el hambre y tuvieron que pronunciar la shahada, la profesión pública de fe (islámica) (1), para obtener un trabajo. A los conversos se les marca con un hierro candente. Los marcan en una ijada, como a las vacas lecheras, para distinguirlos de los infieles.

D. ¿El Dios cristiano es el Alá de los musulmanes?

R. ¡Nooo! ¿Dónde ponemos en él a la Trinidad? Tampoco Cristo es el mayor de los profetas, ciertamente (para ellos, igual que Cristo no es Dios).

Una acogida propia de calzonazos

D. ¿Exagera quien habla de choque de civilizaciones a propósito del Islam y Occidente?

R. ¡No! Estamos sólo al principio. La Iglesia y [...] apenas está entreviendo ahora el desafío del islamismo [...] de ahí no se sale pensando que nosotros tenemos razón y ellos no. Nos jactamos de una tradición cristiana que no vivimos en los hechos. El moro tiene una constancia en la práctica, en el proselitismo, superior a la nuestra. Ya el mero hecho de enseñarte a decir sukran, gracias, es para él un ejercicio de apostolado, porque el árabe es la lengua del Alcorán.

D. No obstante, muchos de los hermanos de hábito de usted les conceden oratorios a los moros en Italia para que los destinen a mezquitas.

R. Serán ellos quienes nos conviertan a nosotros, no al revés. Sea cual fuere su lugar de asiento, tarde o temprano se vuelve la fuerza política hegemónica. Los italianos le dispensan una acogida propia de calzonazos. Pronto caerán en la cuenta de que los mahometanos han abusado de esta bondad al hacer llegar un número de personas diez veces superior al que se les había concedido. Son mucho más taimados que nosotros. A mí me echan abajo las escuelas y ustedes les abren las puertas de par en par. Si alguien es un ladrón, no le des una habitación dentro de tu apartamento.

Palabras y... hechos

D. ¿Rige la sharia (la ley islámica) en Sudán en toda su integridad?

R. El gobierno fundamentalista sostiene que la aplicará sólo a los islamitas. No se sabe qué le sucedería a un imputado cristiano, visto que no existe el derecho a la defensa jurídica.

D. Roberto Hamza Piccardo, secretario de la Unión de las Comunidades Islámicas de Italia, me dijo que las flagelaciones son simbólicas en Sudán, porque “el fustigador mantiene el Corán bajo el brazo para suavizar los golpes del zurriago”.

R. Conozco a ese señor. Si usted se para a escucharlo, le cuenta otras mil mentiras por el estilo.

D. Me dijo Piccardo que algunas prescripciones de la sharia que se aplican en Sudán, como la amputación de la mano, constituyen “diablurías muy poco frecuentes de jerifaltes locales que vejan a la gentecilla de agua y lana”.

D. No es verdad. Es el Estado el que más aplica la ley coránica, el que
corta manos y pies incluso a los musulmanes, y quien arresta sin pruebas.

D. Me dijo también que el líder Hassen El Turabi, “jurista insigne”, se opone a la aplicación de la pena capital a los apóstatas, es decir, a los mahometanos que se pasan a los infieles, en contra de lo que prescribe el Alcorán.

R. El Turabi es la persona más marrullera del mundo. Es inteligentísimo, es abogado, habla el inglés mejor que los ingleses y el francés mejor que los franceses. Tiene una lengua bífida. Nos llevará siempre al huerto. Le pongo un ejemplo concreto. Se afirma, en la versión en lengua inglesa de la constitución sudanesa, que la religión del Estado es el Islam y que a los demás cultos se les tolera; en la versión en lengua árabe, en cambio, no hay ni rastro de dicha garantía.
D. Pero en noviembre del año pasado, el Turabi fue a felicitar a Gabriel Zubeir Wako, arzobispo de Jartum, primer cardenal sudanés, recién empurpurado a la sazón. Usted mismo lleva 23 años en Sudán y nadie le ha tocado nunca ni un solo cabello.

R. Deberían mirarse también los cabellos que se han vuelto blancos. El castigo mayor que el árabe sabe infligir es la opresión, el sentido de falsedad. Si puede engañarte, lo hace de mil amores. Se jacta de su capacidad para enredarte; llamarlo embustero es hacerle un cumplido. A alguien como Bush el Turabi lo traería del cabestro dónde y cuándo quisiera, por no decir algo peor. Yo prefiero recibir un bofetón a que se mofen de mí y me engañen. Los moros te infunden miedo, te mantienen en un estado permanente de inseguridad.

D. ¿Existe la esclavitud en Sudán?

R. Ellos juran que no. Fueron a decirlo incluso a Ginebra. Sin embargo, mis misiones están llenas de ex esclavos. Rescaté personalmente a 150 en la década de los noventa, pagando por ellos menos de lo que cuesta un perro de raza: 50 dólares por las mujeres, 100 por los varones. Luego dejé de hacerlo porque me di cuenta de que podía convertirse en un circulo vicioso. Los usan como pastores o bien los mandan a servir a las familias árabes acaudaladas de Jartum. Los obligan a frecuentar las escuelas coránicas.

D. ¿Tiene miedo?

R. No haría el trabajo que hago si lo tuviese. Con el miedo no se sobrevive. Cuando me doy cuenta de que uno de mis sacerdotes tiene miedo lo aparto de la misión. Es una enfermedad contagiosa. Le pido a Dios que se me lleve el día en que me vuelva medroso.

D. ¿Volverá a Italia alguna vez?

R. Mi patria es Sudán. Prometí a mis fieles que no los abandonaría ni aun después de muerto. Saben ya dónde deben enterrarme.

D ¿Hay algo que mis lectores y yo podamos hacer por usted, padre?

R. Rezar mucho».

Nota del traductor:

(1) La profesión pública de fe islámica consiste en levantar la mano derecha, ante testigos, manteniendo el puño cerrado pero con el indice extendido, y pronunciar la siguiente fórmula en árabe clásico: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta».

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LA “APERTURA AL MUNDO”

“Si yo no fuera católico y quisiera encontrar cuál fuese hoy, en el mundo, la Iglesia verdadera, iría en busca de la única iglesia que no estuviese de acuerdo con éste; en otras palabras: iría en busca de la iglesia odiada por el mundo. En efecto, si Cristo está hoy en alguna iglesia en el mundo, debe de ser odiado todavía en ella como lo era cuando vivía sobre la tierra. Según esto, si quieres hallar a Cristo hoy, encuentra a la iglesia que no esté de acuerdo con el mundo; busca a esa iglesia a la que acusan de no estar a la altura de los tiempos, igual que acusaban a Ntro. Señor de ser un ignorante y de no haber estudiado jamás; busca a esa iglesia a la que los hombres escarnecen por su inferioridad social, así como escarnecían a Ntro. señor porque venía de Nazaret; busca a esa iglesia a la que acusan de tener demonio, como se acusaba a Ntro. Señor de estar poseído por Belcebú, príncipe de los demonios; busca a esa Iglesia a la que los fanáticos quieren destruir en nombre de Dios, del mismo modo que crucificaron a Cristo pensando que así servían a Dios; busca a esa iglesia que el mundo rechaza porque se proclama infalible, como Pilato rechazó a cristo porque decía que era la Verdad; busca a esa iglesia que el mundo se niega a recibir, igual que los hombres se negaron a acoger a Ntro. Señor”.

Esto lo escribió mons. Fulton Shen en el lejano 1957. Pero ya hacía tiempo que topos y termitas (modernistas y luego neomodernistas) estaban manos a la obra para “abrir” a la Iglesia al mundo, para ponerla de acuerdo con el mundo, ilusionados con la perspectiva de hacerse aceptar y amar por éste; pero Jesús Ntro. Señor nos advirtió de que el mundo “no puede recibir” al Espíritu de Verdad, “porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 4, 17): el mundo, que vive bajo el dominio del demonio, sólo conoce al espíritu de la mentira. En efecto, ¿qué es el mundo? El mundo “es la masa de los hombres que viven apartados de Dios: “masa concebida en el pecado”, “instalada” deliberadamente en el mal y, por ende, extraña o incluso hostil al Salvador y a su mensaje (...). Para el mundo no existe nada fuera de lo sensible. Lo invisible le es tan ajeno como la luz al ciego de nacimiento. No tiene noción alguna de lo que jamás pudo ver; de ahí la incomprensión, el rencor, incluso la aversión contra los que ven...” (Jean Deries, S. J., Les Evanqiles, vol. III).

En cambio, los modernistas primero y los neomodernistas después dieron oídos a las acusaciones del mundo, que decía que no podía aceptar a la Iglesia única y verdadera, la de Cristo, porque no marchaba con los tiempos, y dieron en reformar, según el “espíritu de los tiempos”, hasta su doctrina, esa doctrina de la que Jesús dijo: “no es mía, sino de Aquel que me envió”. Así, pues, la doctrina de Cristo no pertenece al tiempo, sino a la eternidad, y, como tal, no sabe de edad ni de envejecimiento; las ideas del mundo pasan de moda, pero la Verdad subsiste por siempre y es luz para todas las generaciones, desde la primera generación cristiana hasta la última, aunque con una sola condición: que el hombre consienta en aceptarla; al obrar así se abre a Cristo y se cierra al mundo.
sì sì no no

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OTRO TESTIMONIO MÁS SOBRE EL PADRE PÍO Y EL CONCILIO

Recibimos y publicamos

Respetable redacción de Si Si No No:

Gracias por su revista, una de las poquísimas voces verídicas en el caos del postconcilio.

El padre Pío habló de esta manera al inicio del concilio: “Ahora comienza la torre de Babel”, y luego: “Éste es un concilio que desconcilia”; y mandó decirle a Pablo VI, por conducto de mons. Del Ton (el latinista del Vaticano), que “se apresurara a clausurarlo; cuanto más tiempo pasa, peor es”.

A cuatro obispos sudamericanos que habían ido a San Giovanni Rotondo durante el concilio -los obispos italianos lo tenían prohibido-, el padre Pío les dijo: “dejad en paz a la Virgen y poned en práctica los diez mandamientos”. Era el periodo del concilio en que se dijeron cosas enormes sobre la Virgen.

Carta firmada

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¡SURSUM CORDA!

SAN ANTONIO ABAD Y LA CRISIS ARRIANA

Un sacerdote, desanimado, responde a nuestro artículo “Los Puntos Irrenunciables para una Curación de la Iglesia” (15 de septiembre del 2005, pp. 1 ss.) que la Iglesia es “ya incurable”. No es así. La fe nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y la historia nos confirma que a toda aparente victoria del enemigo le siguió siempre un renacimiento triunfal de la santa Iglesia de Dios. La fe y los santos nos aseguran también que nada de eso ocurre sin un permiso especial de la providencia divina, como lo atestigua el siguiente fragmento de “La Vida de Antonio”, escrita por san Atanasio.

“Una vez, mientras san Antonio estaba sentado, absorto en el trabajo, lo sorprendió una visión, y, gimiendo, pasó largo tiempo en dicha contemplación. Al cabo de una hora, vuelto hacia los presentes, gimió y se puso a rezar entre temblores; permaneció así largo rato, hincado de rodillas. Luego el viejo se levantó y rompió a llorar. Los presentes temblaban y, llenos de temor, deseaban que les contara algo. Lo apuraron tanto, que se vio forzado a hablar. Gimiendo mucho, les dijo: “Es mejor morir antes de que sucedan las cosas que he visto”. Los otros siguieron suplicándole, por lo que añadió, entre lágrimas: “La Iglesia está a punto de sufrir la ira de Dios; y de ser entregada a hombres semejantes a los brutos. He visto la mesa del Señor: en torno a ella había muchos que coceaban a las personas que se hallaban dentro con unas coces propias de bestias salvajes. He aquí por qué habéis oído mis gemidos. Escuché una voz que decía: -Contaminarán mi altar”.

Estas cosas vio el viejo. Dos años después se verificó la irrupción de los arrianos y el saqueo de las iglesias. Llegaron aquéllos hasta el extremo de arrebatar por la fuerza los utensilios sagrados y entregárselos a los paganos para que se los llevasen; además, obligaban a éstos a abandonar los puestos de trabajo para participar en sus reuniones, y así hacían lo que querían sobre los altares. Entonces todos comprendimos que las coces de los mulos que había presagiado Antonio representaban aquellas cosas que ahora los arrianos hacen como bestias.

Cuando tuvo esta visión, Antonio consoló a los presentes y les dijo: “Hijos, no os desaniméis. Así como el Señor está ahora airado, así y por igual manera proveerá luego a la curación. La Iglesia recobrará presto su belleza y resplandecerá como de costumbre; veréis volver a los perseguidos y a la impiedad encerrarse en su guarida, y la fe cristiana será proclamada por todas partes en plena libertad. Con todo, preocupaos de no dejaros contaminar por los arrianos: la suya no es la enseñanza de los Apóstoles, sino la de los demonios y su padre, el diablo; es una enseñanza infecunda, absurda, de una mente no recta, semejante a la irracionalidad de los mulos'“.

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LA IGLESIA NO PUEDE PACTAR CON UN MUNDO QUE RECHAZA A CRISTO (PíO IX)

A quienes nos invitan a tenderle la mano, por el bien de la religión, a la civilización actual -escribe Pío IX-, les preguntamos si los hechos son tales como para inducir al Vicario de Cristo en la tierra, constituido por Ntro. Señor para defender la pureza de su doctrina celestial y apacentar sus corderos y ovejas confirmándolos en ella, les preguntamos, decíamos, si los hechos son tales que puedan inducir al Papa, sin gravísimo cargo para su conciencia ni grandísimo escándalo de todos, a trabar alianza con la civilización actual, por obra de la cual acaecen tan grandes males, nunca bastante deplorados, y se promulgan tan horribles opiniones, errores y principios falsos, que se oponen diametralmente a la religión católica y a su doctrina (...). Dicha civilización moderna, mientras favorece cualquier culto acatólico (...), mientras concede subvenciones a las personas y a las instituciones acatólicas (...) se vale de toda clase de medidas y procedimientos para disminuir la eficacia saludable de la Iglesia (...), concede libertad absoluta a cualquier escrito y discurso que combata a la Iglesia y a quienes le son francamente afectos (...), anima, nutre y fomenta la licencia...

¿Podría el Romano Pontífice tenderle la mano alguna vez a semejante civilización y trabar pactos y una sincera alianza con ella? Restitúyanse sus nombres a las cosas, y esta Santa Sede será coherente consigo misma, ya que fue siempre patrona y nodriza de la civilización verdadera .

Pero si se quiere designar con el nombre de civilización un sistema fabricado adrede para debilitar y acaso destruir también a la Iglesia de Cristo, a buen seguro que nunca la Santa Sede ni el Romano Pontífice podrán conciliarse jamás con tamaña libertad.

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AL AÑO DE LA DEFUNCIÓN DE JUAN PABLO II

LAS RAZONES DE NUESTRO SILENCIO
Un lector nos escribe:

“Estimados amigos:

(...) No conocí el periodo preconciliar, pero vivo con malestar la pérdida del sentido de lo sagrado, el mal gusto, etc., que hoy se propagan subrepticiamente en la Iglesia. Mi formación es jurídica, por lo que carezco de la preparación teológica que se requiere para valorar los documentos del concilio, del magisterio actual, etc. Sea como fuere, creo que la Iglesia debería cultivar más el sentido de lo sagrado, y también el de lo bello, en lugar de mortificarlos como se hace hoy.
 

Vengo ahora al motivo de este escrito. Me turbó mucho la posición de silencio total que asumió el quincenal de ustedes con ocasión de la muerte de Juan Pablo II. ¡¡¡Se había muerto el Papa!!! ¿Es que son ustedes sedevacantistas?

Podrían haber tomado ustedes motivo de la muerte de Juan Pablo II para efectuar una interpretación crítica de su pontificado y distanciarse del tono laudatorio y en sentido único de muchos comentadores (televisivos sobre todo).
 

Juan Pablo II fue de seguro una gran personalidad, bien que contradictoria. Seguramente fue un hombre de Dios, y a su modo un místico también, aunque precisamente a causa de su actitud las misas papales se caracterizaron demasiado a menudo -sobre todo las celebradas en el curso de sus viajes- por un ambiente propio de un estadio. ¿Qué decir, en efecto, de la exasperación del aplauso, que Juan Pablo II favoreció, sin duda; de aquella multitud de concelebrantes con sombreritos colorados; de las monjas con bolsito y zapatillas de tenis, etc.? Todo esto me horrorizó con frecuencia.
Así que era obligada una crítica (pero hecha con caridad). ¡Por eso encuentro injustificable el silencio ante su muerte!

¡Saludos cordiales y buen trabajo!”.

Carta firmada


La crisis actual no se limita a la pérdida del sentido de lo sagrado y de lo bello (ésta no es más que su consecuencia), sino que atañe a la fe ante todo. No es menester una gran preparación teológica para advertirlo; basta la fe viva y vivida, amén del conocimiento de las verdades fundamentales que todo cristiano tiene el deber de conocer. De hecho, el católico que conozca lo suficiente el misterio de la Sma. Trinidad y rece con fe a las tres personas divinas no puede dejar de preguntarse cómo diablos es posible que nosotros los cristianos, quienes profesamos la unidad de la naturaleza y la trinidad de las personas en Dios, tengamos, como pretende el lema propagandístico ecuménico, “el mismo Dios” que los judíos y los moros, los cuales rechazan la Sma. Trinidad. Y el católico que, por lo menos, rece con fe los domingos “Creo (...) en la Iglesia una, santa”, no puede dejar de preguntarse de dónde salió la pluralidad de “iglesias” de que se habla después del concilio, y por qué demonios la Iglesia no es ya santa, sino “pecadora”, de arte que se siente la obligación de pedir perdón de sus delitos por todas partes. Más aún: el catecismo de san Pío X, que resume la fe constante de la Iglesia, pregunta en el nº 124: “¿Quién está fuera de la comunión de los santos?”. Respuesta: “Está fuera de la comunión de los santos quien está fuera de la Iglesia, o sea, los condenados, los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados”. El católico que recuerde eso o vuelva a leerlo no puede dejar de preguntarse por qué milagro a todas estas categorías, que estaban “fuera de la Iglesia” hasta el concilio, se las considera hoy en comunión con ella, bien que no “plena” (sin excluir a los precitos, visto que se nos dice que el infierno está vacío). Podríamos seguir documentando por largo tiempo la oposición que se da entre la doctrina católica y lo que hoy se nos vende por tal.

La dolorosa realidad (no nos referimos a nuestro suscriptor, sino que hablamos en general) es que el concilio y la crisis subsiguiente sorprendieron a los cristianos no sólo en un estado de fe muerta (¿cuántos católicos se cuidaban de vivir en estado de gracia?), sino, además en un estado de deplorable ignorancia religiosa (¿cuántos sabían, al menos en teoría, qué es el estado de gracia y por qué es lo más precioso que el hombre puede poseer en esta tierra?).

“Mas de una vez -escribía mons. Olgiati en su precioso Sillabario del Cristianesimo (Silabario del Cristianismo, 1956)-, en reuniones juveniles, donde me hallaba ante jóvenes que frecuentaban la comunión y eran dignos de elogio en grado sumo por el coraje y la audaz franqueza que mostraban al profesar la fe, incluso en público, probé a preguntar: -¿Qué es la “gracia”? O bien: -¿En qué consiste “el orden sobrenatural” y en qué difiere del natural?

Las respuestas que obtuve nunca dejaron de convencerme de que la ignorancia de los principios del cristianismo es enorme hasta entre los mejores cristianos practicantes.

Y también vosotros, los que leéis esto, si debieseis explicar lo que entendéis por “gracia”.. ; pero basta ya: no sé que resultado daría vuestro examen.

(...) Por lo demás, no se lo digáis a nadie: respondeos sólo a vosotros mismos en el secreto de vuestra conciencia:

¿Es verdad o no que no se os daría una higa por que las personas de la Sma. Trinidad fueran una sola en lugar de tres, o fueran dos, o cinco? Mejor dicho- ¿es verdad o no que si Dios no hubiese revelado este misterio, os habríais quedado tan panchos, sin que vuestra vida religiosa experimentara modificación alguna?

¿Y qué significa todo eso sino una ignorancia absoluta del catecismo? ¿No os parece que vuestra ignorancia religiosa debe de ser mucho más honda que un abismo si el primero de los misterios principales de la fe os deja tan olímpicamente indiferentes?

Muchos protestan porque mientras que en los primeros siglos, en las escuelas del catecumenado, instruirse en el cristianismo sicnificaba convertirse y los cristianos de entonces contribuían a cambiar la fe del mundo, o sea, a instaurar una nueva civilización, los cristianos de hoy, en cambio, amenazan con andar a reculones y volver a la civilización pagana. Nada más injustificado que tales protestas: los cristianos de entonces conocían el cristianismo; los de hoy ni siquuiera lo estudian, persuadidos como están de conocerlo por ciencia infusa”.

Podemos comprender ahora por qué el modernismo, cuya esencia estriba, como el protestantismo, en la negación del orden sobrenatural (naturalismo), engañó y arrastró consigo a tantos católicos valiéndose de su ignorancia religiosa culpable (pues tal es la ignorancia religiosa de un católico). Debemos añadir que el deber de conocer las verdades de fe es tanto mayor cuanto más instruido se halla uno en el campo profano, porque la falta de equilibrio entre la cultura profana y la religiosa es ocasión de crisis y de peligrosas desorientaciones, tanto más cuanto que la escuela “laicista” o “aconfesional” es una fragua óptima de enemigos de la fe, o cuando menos de escépticos.

Bien es verdad que no es el conocimiento religioso el que salva: lo que salva es la práctica de las virtudes cristianas; pero ésta no se da sin conocer las verdades religiosas.

Esto supuesto, vengamos ahora al motivo de nuestro silencio al morir Juan Pablo II.

Pensamos que nuestro lector nos escribió antes de recibir el número de julio pasado, en cuya página 7 le explicábamos a otro suscriptor los motivos cristianos que nos habían aconsejado el silencio con ocasión de la muerte del Papa Wojtyla. Añadimos aquí que el sedevacantismo no se cuenta entre dichos motivos.

No somos sedevacantistas; más aún, demostramos en varias ocasiones la ilogicidad y la esterilidad de dicha posición (cf. Si Si No No, 31 de octubre del 2003).

Ilogicidad porque constituye una postura que se funda en el siguiente silogismo:

1) El Papa siempre es infalible
2) Este Papa se equivoca
3) Luego no es Papa

No obstante, la premisa primera es falsa, porque la Iglesia no ha enseñado jamás que “el Papa siempre es infalible”, sino que enseñó y enseña que el Papa es infalible cuando, pronunciándose en materia de fe y de moral, habla ex cathedra, es decir, empeñando en el grado sumo su autoridad magisterial (y también cuando se limita a transmitir la enseñanza constante y universal de la Iglesia, en la cual está en juego la infalibilidad de toda ésta). La Civiltá Cattolica puntualizaba lo siguiente en el número del 4 de marzo del 1902:

“Pero ¿es que cae todo bajo esta enseñanza infalible? Aquí está el quid de la cuestión, que muchos desdeñan alegremente (y de ese desdén provienen luego los escándalos susomentados) [y hoy el escándalo de los sedevacantistas ante la crisis abierta por el concilio].

Una cosa puede estar fuera de la esfera de la infalibilidad del magisterio eclesiástico de dos maneras, o sea, por dos razones: o porque está fuera del objeto de la infalibilidad prometida a la Iglesia, o porque está fuera del sujeto al que se prometió la infalibilidad.

Son objeto de la infalibilidad todas las verdades que atañen a la fe y las costumbres, o que tienen una conexión necesaria con éstas. El sujeto de la infalibilidad es doble: el Papa, incluso sólo, y la Iglesia junto con su cabeza cuando ejercen la autoridad docente en su grado supremo. Este último punto ha de recordarse bien para no llamarse a engaño, pues que rara vez la Iglesia o el Papa pretenden usar en el grado máximo su poder en el ejercicio de la potestad docente, sino que pueden muy bien, y suelen hacerlo así de ordinario, exhortar, aconsejar, permitir, mandar, sin que quieran propiamente definir nada ex cathedra con sentencia irreformable” (las negritas del texto corresponden a las cursivas del original).

También hoy está aquí “el quid de la cuestión, que muchos desdeñan alegremente”, metiéndose por ello en atolladeros peligrosos.
La de los sedevacantistas es asimismo una postura estéril porque los compromete en polémicas inútiles con los católicos fieles a la Iglesia de siempre sólo porque no comparten su opinión.

Constituye, por último, una postura imprudente y peligrosa, porque los enreda en una serie de cuestiones insolubles y porque, peor aún, es posible que los conduzca a un cisma irreparable.

Así se pierden los sedevacantistas en oscuros atolladeros, aunque tienen delante, para superar el escándalo de la hora presente, la senda segura que le muestran el sensus fidei y la doctrina católica. Ésta nos dice que al Papa no le incumbe el cometido de “inventar” una nueva religión, sino el de “transmitir” el depósito de la fe y explicarlo “fielmente” (Vaticano I); de ahí que cuando un Papa rompa con la Tradición al proponer o imponer opiniones y utopías personales opuestas al depósito de la fe (como el ecumenismo), no obre como Papa y no tenga derecho alguno, con respecto a tales asuntos, a la obediencia de los fieles, a quienes, por el contrario, les corre el deber de resistirle por fidelidad a Cristo Ntro. Señor y a su Iglesia.

Conque no fue el sedevacantismo el que nos sugirió el silencio con ocasión de la muerte de Juan Pablo II. Bien es verdad que había muerto un Papa (no el Papa), pero un Papa que había puesto a prueba nuestra fe durante años, a veces duramente (piénsese en Asís con el Buda sobre el tabernáculo; en el beso que dio al Alcorán; en las libaciones en honor de los antepasados que realizó en los bosques de Togo, y en el signo de Shiva con que se hizo signar su frente de vicario de Cristo). ¿Qué habríamos podido decir nosotros de su pontificado? Hablar mal habría sido una repetición inoportuna amén de inútil; hablar bien habría sido mentir y desmentir la “lectura crítica” que durante años nos creímos obligados a hacer. Optamos por el silencio, y ése fue el modo de alejarnos del “tono laudatorio” no sólo de muchos comentadores televisivos, sino, además, del de publicaciones tocante a las cuales no logramos comprender por qué diablos se batieron durante años en defensa de la sagrada Tradición si el pontificado de Wojtyla había sido realmente cual ellas lo describían en sus conmemoraciones fúnebres. Una de tales publicaciones llegó a definir a Juan Pablo II como “defensor de la fe” (¡sic!) y a calificar de “fecundo” su magisterio. ¿Acaso la muerte de un Papa nos autoriza a mentir y a tachar de un plumazo años de resistencia legítima y obligada?

Juan Pablo II “fue de seguro una gran personalidad”, escribe nuestro lector. Lo dudamos mucho (y no somos los únicos). Pero la cuestión es otra: no se es Papa para exhibir la propia personalidad, sino para “confirmar en la fe” a los hijos de la Iglesia y para trabajar en la propagación del reino de Cristo entre quienes siguen fuera de ella; de ahí que Juan Pablo II no habría sido de fijo un gran Papa ni aunque hubiese sido “una gran personalidad”, como que arrojó la perplejidad, el indiferentismo y hasta el escándalo entre los hijos de la Iglesia, y eximió a los que están fuera de ésta del deber de entrar en ella o de volver a su seno. Y a buen seguro que tampoco fue “un hombre de Dios”, por los mismos motivos recién expuestos, pues con dicha expresión se denota a un administrador fiel de la doctrina y de los misterios de Cristo (v. II Tim 3, 17; 1 Cor 4, 1).

Cuanto a lo de “místico”, recordemos que existen un misticismo verdadero y otro falso, y que el primero exige, ante todo, la fe íntegra y pura: un místico “a su manera” es un falso místico o, cuando menos, un no-místico.

Como es evidente, la ruptura de nuestro silencio se acompañó asimismo, inevitablemente, de la obligada “lectura crítica”, sin que por ello faltáramos a la caridad ni para con el difunto (a quien, repetimos, dejamos al juicio de Dios por lo que toca a las intenciones que tenía y su responsabilidad efectiva), ni tampoco para con nuestros hermanos, como que, por el contrario, habría constituido una gravísima falta de caridad no haber gritado “¡al lobo!” mientras las ovejas de Cristo corrían peligro de ser devoradas una a una por esa impostura, por esa falsa caridad que es el ecumenismo.

Esperamos que nuestro suscriptor no lleve a mal que le sepa a hiel algo de lo que hemos dicho: la hiel no está en nuestro corazón; pero estamos convencidos de que, cuando está en juego la fe, raíz y fundamento de nuestra salvación personal, la amarga verdad debe preferirse a las más dulces mentiras.

Hirpinus

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NOTAS DE UN CATÓLICO PERPLEJO -1ª PARTE-

«Estimadísimos redactores de sì sì no no:

Soy miembro de la orden tercera franciscana. Hace aproximadamente diez años que vivo y trabajo en Irlanda con mi familia.

Les remito algunas notas, muchas de las cuales se basan en mis precisas y documentadas experiencias personales.
La jerarquía actual me muestra un Cristo que no reconozco, una Iglesia con la cual no me identifico ya. ¿Soy sólo un nostálgico o, por el contrario, doy en el clavo? Pero lo cierto es que no quiero renegar de la fe en que fui bautizado. Hagan ustedes con mis notas lo que mejor les parezca: usarlas en todo o en parte, o tirarlas a la basura eventualmente. ¡Hágase todo por amor de Dios! Sólo una cosa les pido humildemente: rueguen por mí.
[Carta firmada]

P. S. Los escritos que cito están a menudo en lengua inglesa; de ahí que mi versión pueda resultar menos precisa si se la compara con las correspondientes traducciones en italiano».

¿Miembros de la misma Iglesia?

También este año, según mi costumbre, acudí a la iglesia, en compañía de mi familia, para confesarme la víspera de Navidad. Por motivos de horario, fui a la parroquia de un centro vecino, Greystones para ser exacto, en lugar de ir a la iglesia de mi pueblo. Por desgracia, me tocó un sacerdote joven, el cual, francamente, no sé a qué religión pertenecía, pero a la mía seguro que no, pese a que ambos nos confesamos miembros de la Iglesia Católica. Me dijo (como hicieron otros en el pasado) que pecado es tan sólo lo que personalmente reputo por tal, no lo que los otros me señalan como culpa, el Papa inclusive. Me dijo asimismo que el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, o el Directorio de Pastoral Familiar editado por la C.E.I. (Conferencia Episcopal Italiana), no contienen más que opiniones personales, y que lo mejor sería que consultara textos de teología.

Le respondí al confesor, educadamente pero con firmeza, que me importaba un pimiento lo que dijeran los teólogos; lo que me interesaba sobre todo era seguir el magisterio real de la santa iglesia romana (el único problema estriba en comprender cuál es el magisterio real: ¿el precedente al concilio Vaticano II o el siguiente, que contradice al primero, al menos en los hechos?). Al cabo, el cura joven me dio la absolución con esta fómula: «El Señor te ha perdonado tus pecados; vete en paz» (o algo por el estilo).

Como albergaba dudas sobre la validez de la absolución (estaba sobre aviso porque ya tenía noticia de afirmaciones estrambóticas de este jaez), busqué de inmediato a otro confesor para compartir con él mis dudas. Por suerte, encontré al cura de mi pueblo, quien, después de haberme escuchado, me hizo repetir la confesión y me absolvió a renglón seguido. Esto me indujo a pensar que también él consideraba inválido el sacramento precedente, pues de otro modo me habría despedido sin escuchar mi confesión.

Lutero y el concilio

La Documentation Catholique y otros documentos diocesanos franceses refieren que la Comisión Católico-Luterana declaró lo siguiente: «En las ideas del concilio Vaticano II podernos ver mucho de cuanto Lutero demandaba, como la descripción de la Iglesia en tanto que ‘pueblo de Dios’ [idea asumida también por el Nuevo Código de Derecho Canónico: una idea democrática, no ya jerárquica, de la Iglesia]; el énfasis marcado en el sacerdocio de todos los bautizados; el derecho del individuo a la libertad de religión. Otras exigencias de Lutero en su tiempo fueron aceptadas por la teología y la praxis de la iglesia actual: uso de la lengua vulgar en la liturgia, posibilidad de comulgar bajo las dos especies, así como una teología y una celebración renovadas de la eucaristía».

Me pregunto al respecto: ¿no declararon herético y cismático al protestantismo el concilio de Trento y los papas siguientes?
Si paramos mientes en el razonamiento citado, echaremos de ver que no son los protestantes y / o sus comunidades los que retornan a la Iglesia Católica, sino que es ésta la que se está protestantizando lentamente (!).

Cuando triunfa el antitriunfalismo

No se hacen ya procesiones en muchos países, no porque los fieles carezcan de interés, o debido a alguna decisión política, sino a causa de las nuevas teorías pastorales, las cuales, embargo, no dejan de sostener, curiosamente, que es urgente se tomen iniciativas para lograr la participación activa del “pueblo de Dios”. En 1969, un párroco de la región de Oise (Francia) fue destituido sin más ni más por su obispo, quien había prohibido la tradicional procesión del Corpus Christi.

Una novedad

Es posible leer el siguiente texto en ciertas iglesias: «¡Aplaude para agradar a Dios!». Sabía que san Agustín exhortaba a cantar porque quien canta reza dos veces, pero ahora me entero de que aplaudir durante la misa agrada a Dios. ¿Qué puedo decir?

“Extravagancias” eucarísticas

a. En la instrucción papal Inaestimabile donum se prescribe que las formas deben ser de grano puro; asistimos, por el contrario, a misas celebradas con formas de harina integral (de color marrón), con hogazas fermentadas cuyas migajas se esparcen por toda la iglesia durante la comunión, etc. Un obispo católico americano recomendó también que las hostias consistiesen en pequeños pasteles hechos con leche, huevos, levadura de dulce, miel y margarina, ¿Es válida la consagración de tales chucherías?

b. En la misa dominical retransmitida en Francia el 22 de noviembre de 1981, se reemplazó el copón por cestos que los asistentes se pasaban unos a otros, para depositarlos a continuación en el pavimento con lo que quedaba de las especies sagradas. En Poitiers, en el Jueves santo de ese mismo año, una celebración espectacular estribó en la consagración indiscriminada de hogazas y jarras de vino, puestas en mesas donde cada uno podía servirse a su gusto.

¿Ésta es la presencia real?

¡A propósito! Transcribo aquí a continuación lo que dijo de la presencia real el decano de la facultad de teología de Estrasburgo: «También nosotros hablamos de presencia de un orador o de un actor, significando con ello una cualidad diferente de la mera presencia geográfica. Después de todo, alguien puede estar presente en virtud de un acto simbólico que no cumple físicamente, sino que otras personas realizan por fidelidad creativa a sus intenciones fundamentales. Por ejemplo, el festival de Bayreuth [renombrado festival de música sinfónica] hace presente, sin duda, a Richard Wagner de una manera harto superior a la que puede verificarse con recitales o conciertos ocasionales dedicados a su música. Me parece que deberíamos colocar la presencia de Cristo dentro de esta última perspectiva».

¿Ésta es la presencia real? ¿Ésta es la Iglesia Católica? ¿Dónde está Roma? ¡Un decano de una facultad teológica afirma que la presencia real de Nuestro Señor en la santa misa puede parangonase a la de Wagner en el festival de Bayreuth! Pero, ¿es que han perdido el seso?

La Santa Misa

¿Qué es la santa misa?; y el cura, ¿no es más que el “presidente de la asamblea”?

a. Pierres Vivantes, editado por la Conferencia Episcopal Francesa, que los niños que reciben la instrucción catequética están obligados a usar, reza: «Los cristianos se reúnen para celebrar la eucaristía: es la misa... Proclaman la fe de la Iglesia, ruegan por el mundo entero, ofrecen el pan y el vino. El sacerdote, que preside la asamblea, recita la gran plegaria de hacimiento de gracias». ¿Cuál es dicha gran plegaria de hacimiento de gracias? ¿Y no es el sacerdote quien consagra las sagradas especies y celebra la santa misa? ¿Qué se hizo de la Iglesia Católica?

b. La Conferencia Episcopal Suiza se expresaba así en un folleto: «La cena [¡sic¡] del Señor cumple, ante todo, la comunión con Cristo. Se trata de la misma comunión que Jesucristo trajo a la tierra durante su vida cuando se sentaba a la mesa con los grandes pecadores, y se continúa en la comida eucarística desde el día de la resurrección. El Señor invita a sus amigos a reunirse y Él estará presente entre ellos». ¿Es así de verdad?

c. El centro Jean Bart, el centro oficial de la archidiócesis de Paris, declara que «en el centro de la misa hay una narración». Pero ¿no es una acción la santa misa?

d. Se lee en una hoja volante del Centro Nacional para la Liturgia Pastoral de Francia: «La asamblea es el primer sujeto de la liturgia». La hoja volante continúa así: «La asamblea es el primer sujeto de la liturgia; lo que importa no es el ‘funcionamiento’ de los ritos, sino la imagen que la asamblea se da a sí misma y la relación que los cocelebrantes (es decir, los fieles) crean entre sí» (P. Galineau, arquitecto de la reforma litúrgica y profesor del Instituto Católico de París).

e. Las AA.DD.AA.PP. (Asambleas Dominicales en Ausencia del Presbítero) deberían ayudar a los fieles a santificar los días de fiesta, a falta de un cura, mediante la oración, pero de hecho no son más que una especie de misa carente de la consagración (el término inglés usado es dry Mass: “misa seca”. Según el Centro Regional para Estudios Sociales y Religiosos de Lille, la carencia de consagración se debe sólo al hecho de que «hasta nueva orden, los laicos no tienen el poder de realizar este acto [la consagración]» (¡!).

La ausencia del sacerdote puede ser hasta intencionada, «para que los fieles puedan aprender a obrar de manera autónoma». El susodicho P. Calineau escribe en Demain la Liturgie que las AA.DD.AA.PP. son sólo una «transición educativa hasta que se opere un cambio de mentalidad». El mismo concluye, con una lógica desconcertante, que sigue habiendo demasiados curas en la Iglesia: «demasiados, sin duda, para que las cosas puedan evolucionar con rapidez».

f. Me resulta raro el hecho de que en el pasado, cuando la gente se movía poco, la única lengua litúrgica era el latín o las usadas en las localizadas liturgias de las iglesias orientales; ahora, en cambio, en la era de la comunicación, de la globalización, la Iglesia se ha regionalizado, ha asumido una óptica de campanario, creando las conferencias episcopales (unas a modo de “iglesias nacionales”) e innumerables lenguas litúrgicas, allende enormes problemas: doctrinales, interpretativos, logísticos, etc. ¡En la era del turismo de masas y de los viajes (de trabajo y de placer) es fácil encontrarse en misas donde no se comprende nada precisamente a causa de la lengua vernácula!

g. ¿Sigue habiendo misas privadas? Seguramente no las hay en estas latitudes, donde están “abrogadas” o se las penaliza con fuerza. En Italia existen o existían, porque me acuerdo de haber sido testigos de un par de ellas. También aquí se dan dos pesos y dos medidas.

h. Aníbal Bugnini fue el arquitecto de la nueva misa. Al hacer eso tuvo también como colaboradores, más o menos secretos, a seis ministros protestantes, que fueron los doctores siguientes: George, Jasper, Shepherd, Kunneth, Smith y Thurian. La nueva misa se acercó así tanto a las sensibilidades protestantes, que el susomentado “pastor” Thurian (de la comunidad de Taizé) afirmó que el fruto de la nueva misa «será la posibilidad de que las comunidades acatólicas puedan celebrar un día la cena del Señor usando las mismas plegarias de la Iglesia Católica» (La Croix, 4/3/1969): él mismo se hizo ordenar después sacerdote católico, sin convertirse ni abjurar de sus errores.

Otros protestantes dijeron: «La nueva plegaria eucarística ha abandonado la falsa perspectiva del sacrificio ofrecido a Dios». Tenemos también las palabras del propio Bugnini, quien manifestó sin rubor que la nueva misa constituía una abrogación del pasado: «Los cambios forman parte de una renovación fundamental (...) una mudanza total (...) una nueva creación» [cf. La reforma de la liturgia, BAC mayor, Madrid 1999; N. del E.] (no una evolución del rito tradicional romano, como se nos quiere hacer creer hoy, al parecer).

Dulcis in fundo, monseñor Dwyer, arzobispo de Birmingham, portavoz del Sínodo Episcopal, dijo: «La reforma litúrgica [...] no os engañéis: ¡es ahí donde empieza la revolución!».

El escritor americano Green, converso al catolicismo (después del concilio cayó en el agnosticismo a causa de éste), sentenció que la nueva reforma litúrgica es una copia cutre de la liturgia anglicana: basta parangonarla con la “misa” herética. Considero realmente curioso que se quiera placer a toda costa a los hermanos separados, contraviniendo todo el magisterio precedente al concilio Vaticano II. Vistos los resultados concretos, pienso que es vergonzoso y herético esconder la verdad en aras de una falsa visión ecuménica. Es inútil que el Papa condene esto de labios para afuera cuando en hecho de verdad también él cae en idénticos errores y tolera que otros sigan haciendo lo mismo (volveré a ello en el párrafo 17, con algunos ejemplos).

i. Parafraseando a quien critica de buena fe al movimiento carismático (renovación del espíritu) porque nació con un pecado original, es decir, el haberse desarrollado a partir de una idea protestante, débese decir lo mismo de la nueva misa. Cuando murió el cantautor Giorgio Gaber, se hizo resonar en la iglesia una de sus canciones al final de la celebración de la santa misa. Ya se puede asistir en las iglesias a espectáculos de todas clases: conciertos varios, bailes, teatro de comedia; todo el mundo hace lo que le parece. En la catedral de Chartres (Francia) se prohibió a unos jóvenes peregrinos “lefebvrianos” que celebraran la Santa misa, mientras que catorce días más tarde se abrieron sus puertas de par en par para celebrar un concierto de música “espiritual”, en el cual la protagonista danzante era una ex monja carmelita.

j. Me regalaron hace poco precisamente dos misales en latín e inglés de la santa misa “preconciliar”; están como recién salidos de la imprenta y parecen novísimos, como que nunca se han usado aunque se publicaron en torno al 1965. Nadie puede negar que entre la liturgia actual y la precedente se da una evidente ‘disolución’ de continuidad: con el concilio se creó una fractura teológica relativa al significado mismo de la santa misa, al menos en los hechos concretos (¡esto es innegable!). Como quiera que sea, le doy las gracias al sacerdote que tan amistosamente me hizo ese bello regalo. Ahora puedo conocer la misa que la iglesia ha celebrado durante siglos.

k. El Oseervatore Romano del 26 de octubre del 2001 trató de la autorización dada a los fieles católicos de rito caldeo para asistir a las misas de la iglesia asiria (nestoriana y cismática), además de para recibir los sacramentos de la eucaristía, confesión y unción de enfermos. Dicha autorización se concedió, según se alegó, porque los fieles de rito caldeo, diseminados por morar en una vasta área y no disponer de bastantes sacerdotes, no pueden cultivar de otro modo su espiritualidad. Todo está en línea con la actual orientación ecuménica, pero también contrasta todo netamente con la enseñanza preconciliar en globo. Basta leer la encíclica Mortalium Animos, de Pío XI. Lo que la iglesia asiria tiene, sobre todo, es un problema de validez tocante al sacramento de la eucaristía, puesto que hace siglos que los oficiantes no pronuncian la fórmula de la consagración en una de las tres anáforas, la de Addai y Mari. Son varias las hipótesis que explican tal defecto: un error del copista de entonces, una omisión en virtud de la ley del arcano (aún difundida en Oriente) y otras más. Para Roma, en cambio, la anáfora de Addai y Mari es válida -aunque carezca de la fórmula consecratoria- porque es antiquísima. Eso es “ecuménicamente correcto”, pero ¿es la verdad?. [cf. sì sì no no 121 de Agosto-Septiembre 2002, ed. Española ;N. del E.]

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